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Una esperanza viva

Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
Romanos 5:5-6


Para asirnos de la esperanza… la cual tenemos como segura y firme ancla del alma.
Hebreos 6:18-19

Una esperanza viva


«La esperanza es lo último que se pierde»; este es un dicho popular. En el lenguaje común, la esperanza es la realización probable pero nunca segura de nuestros deseos.
En cambio la esperanza del creyente es una certeza, pues descansa en las promesas de un Dios vivo, un Dios que no puede mentir. No es un sentimiento, sino un acto de fe. Nuestros sentimientos fluctúan, pero nuestra esperanza es firme, pues está basada en Dios, quien no cambia. ¿Por qué el creyente está tan seguro de lo que le espera? Porque Dios lo dijo. Es salvo, y su salvación con todas sus consecuencias descansa en una obra perfecta, cumplida una vez para siempre por Jesús.
Su futuro es tan seguro como su salvación actual. El cristiano espera el regreso de Jesucristo, quien llevará a la gloria a los que rescató. Está seguro de la promesa del Señor: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3).
A pesar de las dificultades, las tristezas y los sufrimientos que debe atravesar a lo largo de su vida, el cristiano aguarda “la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13). No se trata de una esperanza vaga y estéril, sino de una esperanza renovada y firme: “He aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:18). ¡Estamos esperando a Jesús!
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