Check the new version here

Popular channels

viví 30 dias en cuba y te lo cuento. 2º parte (impactante)

se fue otro día terrible para la comida, el peor hasta el momento. Entre el amanecer y la media noche comí arroz, frijoles y azúcar que sumaban un total de 1,000 calorías. Me desperté a las tres de la madrugada y me acabé el arroz. No quedaba más que un puñado de frijoles, dos yucas, unos cuantos plátanos, tres huevos y una cuarta parte de calabaza.

Quedaban nueve días.

Fui a la tienda de racionamiento, encontré a Jesús y compré café, medio kilo de arroz y un poco de pan, todo a precio cubano, 14 pesos en total, alrededor de 60 centavos de dólar. Ese fue el fin del dinero. Pero con restos de comida y la generosidad de varios cubanos y un estómago encogido hasta el tamaño de una nuez, sería suficiente. Sabía que iba a conseguirlo.

El día siguiente caminé hasta la casa de Elizardo Sánchez, el activista pro derechos humanos. Una hora y diez minutos cada trayecto.

–Todo está bien ahora –dije, delirando por el bajo nivel de azúcar en la sangre–. Hasta las prostitutas me dan dinero.

Estuve en su casa una hora. Me ofreció un vaso de agua.



Finalmente había llegado el día de la gran huida. No mi marcha, para la que todavía faltaban ocho días, sino el alcohol. El líquido fermentado marrón había dejado de borbotear tras cuatro días –cuando el contenido alcohólico alcanza el 13 por ciento desactiva el resto de la levadura. Esterilicé la manguera de jardín y, utilizando una percha doblada, la fijé sobre la rejilla de la olla a presión. Encendí una cerilla y en diez minutos tenía vapor de alcohol, y después un goteo regular de condensación hacia el interior de la botella de whisky vacía que tenía en un cuenco con hielo.

Era un ignorante y una deshonra para mis raíces en Virginia porque calenté demasiado el líquido fermentado y no conseguí deshacerme del primer vino de baja graduación, un alcohol áspero e incluso tóxico. Pero después de cuatro horas el alambique había producido un litro de bebida lechosa y yo tuve la ingenua idea de dejarlo antes de que los posos la envenenaran. Debería haber procedido a una segunda destilación, para refinarlo, pero me daba igual. A las cuatro de la tarde finalmente me senté con un vaso de alcohol blanco y tibio.

Treinta segundos después de empezar a beber me dolió la panza. El contenido alcohólico era bajo, pero también lo era mi tolerancia, y no tardé en marearme. Vino el jardinero y probó un poco, con una expresión triste. Me desperté a medianoche con dolor de cabeza y así seguí la última semana de mi estancia. Dolor de barriga instantáneo, levemente borracho, dolor de cabeza. Las primeras dos o tres horas valían la pena. Cuando me fui de La Habana no quedaba una sola farola encendida.



Tampoco quedaba mucho de mí. A mediados de febrero me encaminé una última vez a la Riviera y me pesé en el gimnasio. Había perdido seis kilos y cuarto desde mi llegada.

Más de seis kilos en treinta días. Había perdido unas 40,000 calorías. A ese ritmo, en primavera estaría tan delgado como un cubano. Y muerto en otoño.

Acabé con unas pocas comidas pequeñas –lo que quedaba del arroz feo, una última yuca y una cuarta parte de una calabaza. El día antes de mi marcha irrumpí en mi alijo de emergencia y me comí los palitos de sésamo del avión (60 calorías) y abrí la lata de refresco de fruta que había llevado de las Bahamas (180). El sabor del líquido rojo me estremeció: amargo con ácido ascórbico y lleno de azúcar para imitar los sabores del zumo de verdad. Era como beber plástico.

Mis gastos totales en comida fueron durante todo el mes de 15.08 dólares. Al final había leído nueve libros, dos de ellos de unas mil páginas, y escrito la mayor parte de este artículo. Había estado viviendo con los ingresos de un intelectual cubano y, de hecho, siempre escribo mejor, o al menos más rápido, cuando estoy en la ruina.

Mi última mañana: no desayuné después de no haber cenado. Utilicé la moneda de la prostituta para coger un autobús al aeropuerto. Tuve que caminar los últimos minutos hasta mi terminal y casi me desmayo en el camino. Se produjo un momento tragicómico cuando un hombre de uniforme me apartó de la fila en los detectores de metales porque un agente de inmigración creía que me había quedado más de los treinta días que me permitía el visado. Fueron necesarias tres personas, contando repetidamente con los dedos, para probar que seguía en el trigésimo día.

Cené y desayuné en las Bahamas y gané dos kilos. De vuelta en Estados Unidos, engordé otros tres y medio. Cambias de nacionalidad y cambias de peso. ~











0
0
0
0
0No comments yet