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Vuelve el carbón.

Vuelve el carbón


El carbón protagonizará la próxima revolución energética.


En las últimas décadas ha sido relegado por otras fuentes energéticas más eficaces o menos contaminantes. Ahora, un ambicioso plan mundial para inyectar bajo tierra las emisiones de las centrales térmicas, podría colocar el carbón a la cabeza de las energías limpias.

El negro corazón de las colinas del sur de Illinois es un inmenso pozo de carbón bituminoso. En la superficie, cientos de metros por encima de las 211.000 millones de toneladas de rocas orgánicas que forman este depósito, uno de los más grandes de Occidente, tiene lugar un ejercicio de alquimia moderna. Cada día, la superplanta energética de 275 megavatios FutureGen oxida parcialmente ingentes cantidades de la oscura materia prima, convirtiéndola en la preciosa electricidad que nutrirá a 275.000 hogares estadounidenses.


Este será el aspecto de FutureGen, la planta limpia que en 2012 abastecerá a 275.000 hogares de EE.UU.


Habitualmente, el proceso arrojaría a la atmósfera una sucia nube de CO2, dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno, pero de las instalaciones sólo emana un leve zumbido. Es más, ni una sola chimenea salpica el paisaje. Y es que FutureGen es la primera central térmica totalmente “limpia” del planeta.

● Las nuevas centrales estarán listas en cinco años

Según el Departamento de Energía de Estados Unidos, en sólo 5 años esta futurista escena será una realidad. Las obras empezarán en 2009 en Illinois o en Texas, pero la empresa, en la que participan diversos países y consorcios internacionales y en la que se invertirán 1.000 millones de dólares, es sólo una de las numerosas acciones que se están tomando en todo el mundo para reconvertir el carbón en la más importante fuente de energía del futuro inmediato.



Las estimaciones más optimistas consideran que las vetas de este material garantizarán un suministro constante durante los próximos 250 años. Está claro que como materia prima puede propiciar el desarrollo de la India y China, solventar en Estados Unidos y en buena parte de Europa las importaciones de gas natural y, en definitiva, acabar en gran medida con nuestra dependencia del petróleo. De hecho, según el Servicio Geológico del Estado de Illinois, sólo el carbón de sus yacimientos tiene mayor valor calorífico que todos los depósitos de petróleo de la península Arábiga. Sin embargo, su procesado es muy agresivo para el medio ambiente, lo que requiere instalar equipamientos especiales para reducir la contaminación del aire. O, como asegura gráficamente el Consejo para la Defensa de Recursos Naturales de EE UU (CDRN), “si lo quemamos como hemos venido haciendo hasta ahora, el planeta está frito”. Eso y la dificultad y riesgos que entraña su extracción ha relegado el carbón durante décadas a un segundo plano.

● Una fuente constante de contaminación

Y es que hoy la inmensa mayoría de las plantas térmicas que usan este material se cuentan entre los puntos industriales más contaminantes. Se calcula que las más grandes generan cada año una neblina tóxica similar a la que producirían dos millones de vehículos. La revista Newsweek señala en un reciente informe especial sobre el futuro de la energía que “por cada tonelada de combustible que queman, sus chimeneas arrojan dos de dióxido de carbono”. En definitiva, el carbón es el responsable de una tercera parte de los gases de efecto invernadero. Es más, David G. Hawkins, director del CDRN, indica en un estudio publicado en Scientific American que “a lo largo de su vida útil, estimada en unos 60 años, las nuevas plantas que operen en 2030 podrían arrojar tanto CO2 a la atmósfera como ha sido liberado por todo el carbón quemado desde la Revolución Industrial”. Para entonces, según el Departamento de Energía de EE UU, el consumo se disparará hasta los 10.600 millones de toneladas, casi el triple que hoy.


En 1935, ya se obtenía carburante a partir del carbón. Hoy se intenta usar esa misma tecnología de forma menos contaminante.


Así las cosas, para que el carbón se convierta en una fuente de energía limpia debe cambiar la forma en la que las centrales lo procesan. En las más antiguas, se quema para calentar agua y transformarla en vapor que hace mover turbinas. En muchos casos, estas obtienen menos del 40% del potencial energético del combustible. Las más modernas, de ciclo combinado, oxidan el carbón a altas presiones en un gasificador; luego se utilizan turbinas más eficientes, capaces de alcanzar el 50% del aprovechamiento energético. En las más avanzadas, el gas de síntesis o singas que sale del gasificador, y que es en esencia un compuesto de monóxido de carbono e hidrógeno, se hace reaccionar con vapor. El gas resultante, rico en hidrógeno, se quema para generar electricidad. Pero las plantas como FutureGen no sólo optimizarán el uso del carbón, sino que eliminarán el CO2, “secuestrándolo” y encapsulándolo a gran profundidad en acuíferos salinos, esto es, en formaciones areniscas cuyos poros están llenos de agua salada, o en campos petrolíferos ya explotados. Los otros contaminantes, convertidos en sólidos inertes, se almacenarán en zonas seguras.

En realidad, estas técnicas de gasificación no son nuevas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los expertos alemanes usaron un método similar para conseguir singas, que luego reconvertían en gasoil. Hoy, igualmente se plantea adaptar viejas estrategias a la tecnología actual. Es el caso de la licuefacción del carbón, un avance que se remonta a la década de los años 20 del siglo pasado y que, entre otras cosas, ha sido utilizado para obtener combustible para vehículos. La producción de este carburante alcanzará 1,8 millones de barriles al día en 2030. De momento, las centrales que lo producen son muy contaminantes, pero con las técnicas de secuestro del CO2 se estima que los coches impulsados por carbón licuado serán un 30% más limpios que los de gasolina.

● Todo listo para empezar a secuestrar dióxido de carbono

Aunque la captura y almacenamiento geológico del dióxido de carbono requiere su separación y transporte a depósitos naturales subterráneos, según Hawkins, “todos los componentes técnicos necesarios para llevarlo a cabo están ya disponibles”. Es más, las empresas cuentan con una sólida experiencia, ya que llevan años utilizando CO2 para extraer petróleo de campos maduros. De hecho, en la actualidad se inyectan para ese fin 35 millones anuales de toneladas de este gas. Eso sí, para que el secuestro de carbono se convierta en una herramienta eficaz para combatir el cambio climático, los expertos indican que las compañías deberían empezar a trabajar en ello en los próximos tres años. Las dudas se centran en si es recomendable hacerlo en grandes cantidades durante largos periodos de tiempo. Por ejemplo, en un experimento realizado en la formación geológica de Frio, en Texas, se inyectaron 3.000 toneladas de CO2 a 1.600 metros de profundidad. Si bien se comprobó que quedaba fijado en los poros, acidificaba el agua, lo que disolvía la arenisca y liberaba hierro y otros metales. Aun se investiga si este fenómeno es o no beneficioso, ya que si bien deja espacio para inyectar más gas, los metales liberados podrían migrar a la superficie.

A mediados de marzo del año pasado se puso en marcha en la planta térmica de Elsam, en Dinamarca, el proyecto CASTOR, uno de los mayores planes de captura de dióxido de carbono del mundo, financiado con fondos del VI Programa Marco comunitario. El proyecto es en esencia un ensayo a gran escala para estudiar cómo podrían modificarse las salidas de gases de las centrales eléctricas con el fin de eliminar el CO2. Y es que la UE debe reducir drásticamente sus emisiones si quiere alcanzar los objetivos establecidos por el protocolo de Kioto y el acuerdo de Lisboa y que, en definitiva, establecen una disminución de hasta el 50% de las mismas en 2020. Así las cosas, la UE considera en esencia probado que se puede capturar el dióxido de carbono que emiten las térmicas, una actividad que supone el 24% de todas las emisiones europeas. David King, consejero científico del gobierno británico, es de la misma opinión y, de hecho, opina “que la captura de este gas es la única opción para salvar el planeta”.


Rosario de efectos secundarios


El carbón difícilmente puede ser más sucio. En esencia, los procesos industriales encaminados a convertirlo en energía suponen una actividad sumamente destructiva que tiene un impacto masivo en las personas y en el medio ambiente.
Estos son algunos efectos:


● MINERÍA.

A pesar del desarrollo tecnológico, la extracción del carbón sigue siendo un oficio arriesgado. Cada año, cientos de miles de personas son diagnosticadas de afecciones pulmonares como consecuencia de su trabajo en las minas.

● ENTORNO.

Las explotaciones y el transporte del carbón generan escorias, destruyen el paisaje y contaminan el agua de las zonas circundantes. Aunque las leyes exigen que las áreas afectadas se restauren, esta operación no suele hacerse de una forma eficaz. Además, a menudo se recurre a especies foráneas para sustituir a las que se habían retirado, lo que altera el ecosistema.

● EMISIONES.

Las centrales térmicas producen compuestos químicos nocivos, como dióxido de carbono, azufre, óxidos de nitrógeno y mercurio. El dióxido de azufre, en concreto –el carbón genera 1.650 veces más de este compuesto por kilovatio-hora de electricidad que el gas natural–, puede formar partículas que provocan lluvia ácida y lesiones pulmonares. Los óxidos de nitrógeno se combinan con hidrocarburos, lo que origina una neblina tóxica denominada smog. El mercurio, por su parte, se acumula en los tejidos de los peces y puede dañar el sistema nervioso si es consumido.



● Una docena de nuevas plantas en la Unión Europea

Aunque para los grupos ecologistas se trata de una iniciativa aún poco estudiada, la nueva estrategia energética de la UE plantea la construcción en el Viejo Continente de 12 plantas de demostración de tecnologías limpias del carbón. El objetivo es que se encuentren operativas en 2015. Además, las autoridades comunitarias también planean reestructurar las centrales de carbón y gas ya existentes, para que incorporen los nuevos sistemas de captura y almacenaje de CO2 antes de 2020.

Aún tiene que desarrollarse el marco legal, pero la idea es que para ese año todos los socios de la Unión estén trabajando en esta tecnología. Las cosas no pintan tan bien en Oriente. Y es que, si bien China y la India también participan en el proyecto FutureGen, lo cierto es que aproximadamente cada semana se abre una nueva planta térmica en su territorio, por lo que muchos expertos sospechan que el cambio en estos países será lento. Aun así, el plan también parece atractivo para el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que estima que el planeta tiene capacidad geológica para almacenar 2,2 billones de toneladas de CO2, más de lo que probablemente generarán las centrales durante todo el siglo XXI. Julio Friedmann un experto en secuestro de dióxido de carbono del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore de EE UU calcula que es suficiente como para depositar las emisiones de todas las centrales de ese país –uno de los más contaminantes por esta fuente– durante 1.000 años, aunque señala que será un opción en uso como máximo durante un siglo. “Para entonces debería haber otra forma de obtener energía que no sea quemar carbón”.

España apuesta al negro




Según un estudio de la Unión Europea, en 2005 España dedicó cuatro veces más ayudas públicas al carbón –unos 1.100 millones de euros–, que a Investigación y Desarrollo (I+D). Aun así, la industria relacionada con esta materia prima en nuestro país se encuentra en franco retroceso... al menos hasta ahora.
El Gobierno quiere apuntarse a la iniciativa europea sobre el desarrollo de centrales de carbón limpias. A nadie se les escapa, sin embargo, que otros países, como EE UU, disponen de más recursos que dedicar a esta cuestión y que su puesta en marcha supone gastos multimillonarios. Y es que las autoridades comunitarias calculan que sólo en Asturias, que cuenta con 2.800 megavatios de potencia térmica instalada, la reconversión requiere inversiones de hasta 2.000 millones de euros.
De momento, el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) lidera un proyecto presupuestado en 90 millones de euros que tiene como objetivo evitar las emisiones contaminantes de las centrales energéticas de carbón. Para ello, está preparando una planta experimental cerca de Ponferrada, en León, que según los responsables del Ciemat se constituirá como el centro de referencia sobre captura y almacenamiento de CO2 en nuestro país.
En principio, el Gobierno ha establecido que los primeros proyectos deberían estar en marcha en los próximos dos años. Sin embargo, las dudas sobre la importancia e incluso la viabilidad de esta iniciativa ya planean en el horizonte. Según recoge Reportero Digital de León (www.reporterodigital.com/leon), algunos científicos de renombre, como el biólogo vallisoletano Miguel Delibes de Castro, o incluso el que fuera director del Ciemat, César Dopazo, se han manifestado abierta mente escépticos sobre la utilidad real de esta tecnología. Además, el ministro de industria Joan Clos admitió el pasado febrero en León la existencia en Asturias y Aragón de otras iniciativas similares a la que se proyec ta en Ponferrada, lo que causó cierta confusión en los sectores implicados. Eso sí, finalmente confirmó que el Ciemat-Bierzo liderará los distintos estudios a nivel nacional.

Fuente:
http://www.muyinteresante.es/index.php?option=com_content&task=view&id=223&Itemid=61


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