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Ya es la hora (por Fernando Peña)

Es muy angustiante sentirse desprotegido. ¿Quién produjo lo que está pasando? ¿El pibe chorro? ¿La Presidenta? ¿o nosotros…?

Fernando Peña.




Es muy angustiante sentirse desprotegido. Es aterrador. ¿Quién produjo lo que está pasando? ¿El pibe chorro? ¿La Presidenta? ¿Néstor? ¿El hambre? ¿Arslanian? ¿Scioli?, ¿o nosotros…? “Se viene una guerra civil”, dice la gente y creo que la guerra civil ya está instalada. La guerra civil no es solamente lograr matar al otro sino que basta con la intención, la idea, las ganas. Mientras se mueren de hambre en algún lugar de Jujuy, se mueren de dengue en el Chaco, aquí en la 31 matan por un plasma, Macri se saca los ojos con el matrimonio, un fiscal casi es linchado en Lanús y por un raspón en el auto se baja un taxista y acribilla a otro en Barrio Norte. ¿Es o no es eso una guerra civil?

¿Qué es lo que definiría por completo el estado de guerra? ¿La cantidad de muertos por hora? Como nunca la sociedad está crispada, enojadísima, salvaje. Se respira algo irrespirable. Nos estamos ahogando.

Lo que pasó con el fiscal lo pinta de cuerpo entero. Es una barbaridad, literalmente. No hay excusa ni justificación para que un grupo de gente casi mate a un funcionario. ¿Cuán lejos están de los pibes que mataron al pobre señor que comía tranquilo en su casa? Por eso hablo de guerra civil.

Estamos a punto de matar al panadero porque la medialuna salió fea, estamos a punto de matar a la maestra porque le puso un uno al nene, estamos a punto de matar al conductor del tren porque sufrió un desperfecto.

Ya no nos protege nadie, ni la policía, ni los bomberos, ni el Gobierno. Es casi inconstitucional. No tenemos garantías para nada. Ni siquiera tenemos la garantía de que el de al lado no nos va a matar porque sí. ¡Es espantoso vivir así! ¡Es una locura!

No entiendo cómo nos quedan ganas de protestar siquiera. Dan ganas de quedarse sentado en un banquito a esperar que nos afanen y nos maten.

Hasta aquí sería el contenido de una opinión de algún periodista pasable de algún diario. Ahora viene la mía, la drástica, la de un animal… Es lógico que pase todo lo que está pasando, es casi normal y natural. ¿Qué esperábamos? El mundo entero está acabado, desesperado, terminando. Ya no tengo esperanzas. Mientras se derriten los hielos y nos están por tapar los océanos, mientras hay terremotos que nos entierran, mientras hay volcanes que nos queman vivos, hay cataclismos, hay avalanchas y tormentas nunca vistas perdemos el tiempo pensando en la inseguridad, en los Kirchner, en los Scioli o en los otros que puedan venir…

Es hora de renunciar a los trabajos inmediatamente, es hora de amarse sin parar, es hora de hacer ese viaje que nunca pudimos hacer, es hora de coger sin forro, de andar desnudos por las calles, de sacarnos un cacho de carne con los dientes a ver a qué sabemos, es hora de subir las escaleras mecánicas al revés, de comer de todo en un lugar carísimo y hacer un Dios se lo pague, de llamar a un amigo y decirle que estuvimos enamorados de él toda la vida, es hora de sacarle la mujer a tu mejor amigo, de romper las vidrieras y sacar todo lo que queramos… total. Es hora de romper la dieta y morfarnos todo, de tocarle el culo a ésa que va en el tren, de putear al tachero porque escucha el programa de radio que no nos gusta, de empujar a la gente por la calle porque no avanza, es hora de vestirnos de cualquier cosa, de regalarles flores a todos, de cantar a los gritos en un concierto de Bruno Gelber, es hora de sacarnos los dientes a ver cómo quedamos y también es hora de hacer fogatas y reunirnos. Es hora de desenterrar a nuestros padres, nuestros padres muertos, hablo de los cadáveres, y decirles todo lo que nunca les pudimos decir y con las manos llenas de tierra y barro volver a enterrarlos, taparlos bien y pasarnos las manos por la jeta. Es hora de meternos cosas por el orto a ver qué sentimos, es hora de ponernos plumas y conquistar un territorio y es hora de que con las mismas plumas bajemos las escaleras de un teatro de revistas y le toquemos la pelada a un viejo en primera fila, es hora de volar un avión sin haber tomado un curso y de subirse a un velero de noche, desamarrarlo, subir la vela y que el viento disponga, es hora de comprarse cuatro plasmas gigantes y ver dibujitos animados todo lo que nos queda de vida.

Es hora de decidirnos, de zambullirnos, de proclamarnos, de perdonarnos, de asumirnos y de autoflagelarnos. Es hora de hacer lo que se nos antoja, lo que se nos canta el ojete, lo que se nos venga en gana y lo que mejor nos calce.

Es hora ya de la despreocupación apocalíptica y del desparpajo total. Es la hora de cada uno de nosotros, de no tener ni miedos ni vergüenzas porque no y porque sí y porque tampoco. Es hora de cagarnos encima y lavar el pantalón en una fuente, es hora tal vez de tocarle el timbre a Amalita Fortabat a ver si está muerta o viva, por simple curiosidad no más. Es hora de entrar de prepo a un canal de televisión y cruzarse en cámaras o hasta de proponerle matrimonio a Pepito Cibrián. Es hora de hacer cualquier cosa, lo que quieras, sin dudarlo, sin pensarlo más, es hora de impulsarse de lleno a cualquier cosa. Es hora de ir derecho a la Casa Rosada y romperla toda a mazazos, total, instituciones ya no existen y democracia ya tampoco.

Es hora de pintarnos los labios y dejarnos un beso en el espejo para cuando volvamos.

Es hora de hacernos la paja en público y de día.

Es hora de cortarle el pelo al de adelante en el colectivo.

Es hora de hachar un árbol.

Es hora de dar vuelta una mesa enorme llena de cosas.

Es hora de vivir como se debe, a lo loco y sin pensar…

Y es hora de darnos cuenta de que esto ya está pasando.


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