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"Ya no nos saquean".

"Leer te pone a pensar.
Leer te da más".




Y dicha semejante pavada, hace unos días me vengo acordando cuando Evo dijo, creo que a finales de 2012, "están en crisis porque ya no nos saquean".
Yo conocí el asunto por un meme que vi en feis, precisamente en el perfil de un español, y si no gugleo hace unos minutos, todavía no hubiera sabido si fue verdad o fue sólo un chiste. Les tengo que decir que tampoco vi comentarios muy irascibles en el feis, si acaso uno que preguntaba "¿eso dice el indígena ese?". A día de hoy yo tampoco tenía muy claro si se refería a España, a EEUU, a Europa o a Occidente en general.
Yo sobre saqueos en Bolivia sólo conozco algunas menciones de los españoles de hace 500 años.
Y mis conocimientos de economía abarcan hasta que "cuando aumenta la oferta, va disminuyendo la demanda".
Por eso me estaba preguntando si se puede saquear de otra forma que no sea a punta de pistola. O si se puede saquear sin una presencia militar. Al menos hace falta algún tipo de "presencia" en el lugar de saqueo.

Pues hace unos días que estoy leyendo sobre la WWII, y encontré unos datos muy curiosos sobre eso del "pillaje" que me hicieron acordar irremediablemente a Evo.
La mayoría de notas que les copio a continuación son de un libro publicado en 2008 por un tal Götz Aly:

El soldado alemán Karl Moritz fue uno de los primeros en cruzar la frontera polaca en 1939.
Posteriormente fue destinado a la París ocupada. Allí los alemanes se dedicaban básicamente a dos cosas:
-Hacer compras (muchas de las cuales enviaban a sus familias en Alemania).
-Ligar con chicas.
Era tan común verlos acarrear bolsas que los franceses los llamaban "escarabajos de la patata".

Y dice Aly en su libro:

Todos los soldados alemanes diseminados por los territorios ocupados cobran íntegro su salario civil. Además, su familia recibe el 85 por ciento de ese salario. Este dinero da mucho de sí, porque Alemania ha intervenido las monedas nacionales de los países ocupados (en este caso, el franco francés) y les ha impuesto una tasa de cambio muy favorable al marco alemán. Un marco se cambiaba por veinte francos, lo que significaba un 25 por ciento de mejora con respecto al tipo de cambio anterior a la ocupación. Los soldados alemanes forman parte de un sistema de expoliación estatal que redistribuye los dividendos del saqueo entre todos los alemanes. ¿Cómo? El salario del soldado alemán se paga en la moneda del país. Se le recomienda gastar allí su dinero para comprar lo que pueda y mandarlo a casa. Este saqueo se realiza de diversas maneras, a menudo pagando en vales de la caja de crédito del Reich RKK, que solo circulan en la Europa ocupada y que el banco nacional de cada país está obligado a aceptar sin consideración de las consecuencias inflacionistas.
Los soldados alemanes vaciaron literalmente las tiendas de Europa, enviando a casa millones de paquetes. Los destinatarios eran sobre todo mujeres. Cuando se habla a las receptoras, hoy ancianas, de aquellos paquetes, todavía se les iluminan los ojos: zapatos de África del Norte, terciopelo, seda, licores y café de Francia, tabaco de Grecia, miel y tocino de Rusia, enormes cantidades de arenques de Noruega, pieles de Ucrania, por no hablar de los innumerables regalos desde Rumanía, Hungría e Italia.
La correspondencia del escritor Heinrich Böll, que fue soldado durante toda la guerra, es reveladora: dondequiera que va lo domina la pasión de comprar aprovechando el cambio ventajosísimo que el banco del Reich impone a la moneda local. En 1939 envía a la familia café desde Rotterdam; en 1940, mantequilla, jabón, cosméticos, zapatos y utensilios de manicura desde Francia. Tentados por la codicia, sus padres le remiten dinero oculto en libros y tartas para que lo invierta en adquirir y enviarles más maravillas a bajo precio. En 1943 está destinado en Crimea y envía a casa mantequilla y salchichas. Allí resulta herido y lo hospitalizan en Ucrania, desde donde la familia sigue recibiendo chocolate y jabón. «El calculado enriquecimiento individual en perjuicio de los pueblos ocupados hizo surgir [...] el sentimiento de la pequeña felicidad [...]: así surgieron millones de lealtades».


Así había millones de alemanes encantados con la guerra, ya que elevaba su nivel de vida.
Todas las familias alemanas tenían algún soldado destinado en alguna parte de Europa:


El pillaje y el expolio de la Europa ocupada, y especialmente el saqueo de los bienes de los judíos, revierten sobre la población alemana y le aseguran la prosperidad que merece un pueblo de señores. París es una fiesta Durante toda la guerra, Alemania estará bien provista y alimentada, aunque en los países ocupados la población esté hambrienta e incluso muera de inanición. Así compra el Führer la complicidad de su pueblo. Cuando en abril del 45 el oficial británico Julius Posener regresó a su natal Alemania (de la que había huido por ser judío), se sorprendió por el aspecto de la gente: «Tenían buen semblante, buen color, estaban llenos de ánimo y estaban muy bien vestidos. Un sistema económico sostenido hasta el final por millones de brazos extranjeros y el pillaje de todo el continente mostraba aquí sus resultados».

De momento, la guerra se revela un estupendo negocio para el ciudadano alemán. «Los nazis no hicieron de los alemanes ni fanáticos ni señores (Herrenmenschen) convencidos, sino más bien pequeños aprovechados y ventajistas del mismo modo que el Estado se transformó en una máquina de pillaje, los alemanes corrientes se dejaron corromper y sobornar y los soldados se convirtieron en atracadores prepotentes.» Si ese latrocinio más o menos encubierto se fomenta entre la tropa, imaginemos cómo roba el Estado. Alemania requisa las reservas de oro de los bancos nacionales (y de los bolsillos y dentaduras de los judíos) y lo vende a Suiza, que lo paga en francos helvéticos. Con ese dinero, Alemania compra cuanto necesita en España, Suecia, Portugal, Rumanía, Turquía, Italia y otros países satélites que a su vez adquieren oro en Suiza con el dinero adquirido.


Göring decía: «Cuando veáis alguna cosa que el pueblo alemán pueda necesitar, debéis arrojaros sobre ella como un perro de caza sobre su presa. Hay que cogerla [...] y enviarla a Alemania».

La guerra ha sido la tabla de salvación para las finanzas del Reich, que estaban al borde de la bancarrota. Ahora hay que procurar que, además, sea un negocio rentable. Los alemanes arramblan con el trigo de los almacenes, con las máquinas de las fábricas, con el metal de las minas, con la piedra de las canteras y con el petróleo del subsuelo...: con todo lo que se pueda transportar. En toda la Europa ocupada, los costes del ejército alemán corren a cargo del país ocupado, bajo el concepto «contribución del gobierno para su protección general» e «indemnizaciones de ocupación».
Incluso «la atención odontológica a militares alemanes, incluidas las coronas y puentes de oro, la pagaban los países en los que estuvieran destinados». «Los alemanes no aportaron directamente a los impuestos de guerra ni un céntimo». Como parte de esa explotación sistemática de los recursos de los países ocupados, hay que consignar el trabajo de los millones de trabajadores extranjeros esclavizados en Alemania. Quizá el único país donde los alemanes no cubrieron sus gastos de ocupación fuera la URSS, cuyas industrias y reservas de oro puso Stalin a salvo detrás de los Urales.



Y bueno, muchachos, fíjense que acá no eran blancos explotando a indígenas

Todo esto me hizo plantearme una pregunta muy preocupante y bastante triste:

¿No es posible que todos tengamos un buen nivel de vida sin explotar a otros?
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