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El leñador.




Hace mucho tiempo, vivía en la entonces árida llanura de Suruga un leñador de nombre Visu. Era un hombre muy alto y fuerte, y vivía en una cabaña con su mujer y sus siete hijos.




Un día, Visu recibió una visita de un viejo monje, que le dijo: "Honorable leñador, he observado que no rezas nada en todo el día"

Visu contestó: " Si tu tuvieras una mujer y una gran familia que alimentar, nunca tendrías tiempo para rezar".

Éstas palabras pusieron furioso al monje, y le habló a Visu, mostrándole el horror de poder ser reencarnado en una rana, tortuga, ratón o insecto durante millones de años, si no oraba más a menudo. Las imágenes que Visu vió en su mente, no le gustaron nada, y le prometió al monje, que a partir de entonces, rezaría más.

"Reza y trabaja", le dijo el monje mientras se alejaba por el camino.





Desafortunadamente, Visu no hacía otra cosa que rezar. Oraba durante tooooodo el día, y no hacía ningún trabajo, de modo que sus campos de arroz se echaron a perder, y su familia se estaba muriendo de hambre. La mujer de Visu, que nunca había discutido con su marido, ahora estaba muy enfadada y, señalando los delgados cuerpos de sus hijos, exclamó: " ¡Visu! ¡Levanta ahora mismo, coje tu hacha y haz algo más útil que quedarte ahí murmurando plegarias!"

Visu estaba tan asombrado de lo que su mujer había dicho, que le llevó algún tiempo encontrar una respuesta adecuada. Cuando lo hizo, sus palabras sonaron como truenos en los oídos de su pobre y equivocada esposa.

"Mujer,"dijo, "Los dioses van primero. Eres una criatura impertinente hablandome de ese modo, así que no quiero saber nada más de tí!" Visu agarró su hacha, sin mirar alrededor para despedirse, y dejó la cabaña, atravesó el bosque, y subió al Fujiyama, donde una densa niebla le ocultó de la vista.
Cuando Visu se había sentado en lo alto de la montaña, oyó un suave sonido de pisadas, e inmediatamente después, vió una cría de zorro meterse en una madriguera.




Ahora Visu se sentía extraordinariamente afortunado de haber visto un zorro, y, olvidando sus plegarias, se levantó y corrió aquí y allá con la esperanza de ver otra vez alguna de esas criaturas de nariz afilada.

Estaba a punto de abandonar la caza, cuando llegó a un claro en mitad de un bosque. Vió a unas mujeres sentadas al lado de un arroyo jugando al go.



El carpintero estaba tan fascinado que no podía hacer otra cosa que sentarse y mirarlas. No había ningún sonido; sólo el suave click de las piedras en el tablero y el rumor del arroyo. Las mujeres no advirtieron la presencia de Visu. Parecía que estaban jugando a un juego que no tenía fin, y que absorbía toda su atención. Visu no podía quitar los ojos de las mujeres. Miraba su largo pelo negro y las pequeñas manos que salían de las grandes mangas de sus ropas para mover las piedras.

Después de estar sentado durante bastante tiempo (aunque a él le había parecido sólo una tarde de verano), vió que una de las jugadoras hizo un movimiento erróneo. "¡No puede quitar esa piedra, encantadora señorita!" exclamó emocionado. En ese momento, las mujeres se convirtiron en zorros y echaron a correr.

Cuando Visu intentó perseguirlas, vió para su horror que sus muslos estaban terriblemente arrugados, su pelo era muy largo, y su barba le llegaba hasta el suelo. Descubrió, además, que el mango de su hacha se había convertido en un pequeño montón de polvo.

Después de muchos dolorosos esfuerzos, Visu fue capaz de ponerse de pie y caminar lentamente hacia su pequeño hogar. Cuando llegó al lugar, se sorprendió al no ver la cabaña, y, viendo a una anciana mujer que paseaba por allí, la dijo: " Buena mujer, estoy sorprendido de que mi cabaña ha desaparecido. ¡Salí esta mañana y ahora por la tarde, ya no está!".

La anciana, que creía que hablaba con un loco, le preguntó su nombre. Cuando él se lo dijo, exclamó: " ¡Bah! ¡Debes estar realmente loco! ¡Visu vivió hace más de 300 años! Se fué de casa un día y nunca regresó".

"¡Trescientos años!" murmuró Visu. "No puede ser posible.¿Dónde está mi querida esposa y mis niños?"

"¡Enterrados!" dijo la anciana, " Y, si lo que dices es cierto, los hijos de tus hijos también. Los dioses han prolongado tu miserable vida en castigo por haber desatendido a tu mujer y a tus hijos."

Las lágrimas caían por el rostro de Visu y dijo con un hilo de voz: "He perdido mi humanidad. He rezado mientras los que quería se morían de hambre y necesitaban el trabajo de mis entonces fuertes manos. Vieja mujer, recuerda mis últimas palabras: " ¡Si rezas, trabaja también!".

No sabemos cuanto más duró Visu con vida, pero se dice que su espíritu sigue rondando por el monte Fujiyama las noches en que la luna brilla plenamente.
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