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El forajido

Nacido en un rancho al costado del camino en el campo. Criado por padre y madre ausente, el único apoyo que tuve fue la maldad innata en el hombre... y así empezó todo. Primero desafié a las leyes dictadas para tener a los pobres a raya, y después empecé a robar el ganado de las estancias vecinas. Pero una noche no conté con la presencia de los hijos de los burgueses que jugaban en el granero a la noche. De un grito avisaron a sus padres y con armas me salieron a correr, pero yo siempre fui más rápido y maté a toda la familia en el crudo invierno de este costado del planeta. Desde esos tiempos, hace años, me buscaron. Enormes recompensas ofrecen por mi cabeza, mi destino está en las manos de Dios, a quien cada noche me encomendé para que derrame su enojo sobre los ricos pecadores que persiguen a un pobre descarriado, y sobre las vías del ferrocarril prometí eterna fidelidad al Señor y que cuando llegue el momento, que me juzgue Él y toda su Corte Celestial.



Y un buen día me dirigí hacia el pueblo sin saber que buscaba, sin embargo un impulso natural me impulsaba a ir donde todos me tenían miedo. Yo era un secreto a voces, lo sabía todo el pueblo, pero el miedo los comía por dentro... tal vez será por los detalles de mis asesinatos o por los falsos rumores que divulgaban los habitantes mayores de mis tiempos. Creían que era la encarnación del diablo o algún gualicho del desierto, también que era un fantasma maldito que busca venganza por el homicidio de sus hijos y su mujer o un hombre al que la locura lo llevó a desafiar a la parca y pudo vencerla... dos veces. Todos me imaginaron como un bravo corcel que galopa en la oscuridad, cuando en realidad soy un caballo viejo y triste cuyas extremidades están atrofiadas de tanto correr en el sentido contrario de lo establecido, fuera del sistema y de todo lo que eso implica. El desierto y los campos en toda esa inmensidad me pertenecía, es decir, la soledad, la melancolía, las mujeres perdidas, la herencia nunca heredada, el ganado y rebaño robados, el legado nunca esparcido.
Y en la entrada del pueblo la gente se empezó a esconder, hubo gritos y corridas. De pronto al frente de mi apareció el nuevo comisario, un chico joven, con su revolver en la mano apuntándome. Estaba tembloroso y pálido, el sabía a quién le estaba por disparar. En ese momento le pedí que Dios me haga un último favor, que me dieran un funeral digno... y que no me diera el tiro final en la cara. Llegó la hora de la retirada, y parece que la esperé durante muchos años, hasta que cuando ese día arribó, me quise escapar por última vez.

— Dispárame.
— ¿Qué?
— Vamos, antes que me arrepienta.
— Usted a cometido varios...
— ¡Vamos, libérame! ¡Libérame de mi maldición!



Y en un fogonazo blanco instantáneo e intenso me desperté sobre el enorme desierto mientras miraba al cielo. El joven comisario se acercaba lentamente, y cuando llegó a donde me encontraba, me apuntó con su revólver una vez más para salvar mi alma. Y en el final, mis labios dibujaron una sonrisa.
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