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La Real Orden de las Perdularias 6

-¿Y eso que tendrá que ver?-le pregunté, muy digna
-Que lo tuyo siempre ha sido la prosa.
-Pero nunca es tarde para empezar algo nuevo en la vida.
Pero ella no iba a quedarse tranquila. Era como un perro de caza, que una vez que ha agarrado a su presa, ya no la suelta ni aunque le maten.
-Algo hay. ¿Y si no por qué te encierras en el baño para hablar por teléfono?
-Porque sois unas cotillas y mis asuntos de trabajo requieren tranquilidad. La gente que asesoro tiene graves problemas y quieren calma para hablarme de ellos.
-Ya-siguió ella chascando la lengua con aire sabihondo. ¿Y a cual de tus clientes le llamas tú cariño mío?
Y ahí caí como una tonta, como un animalillo en la trampa.
-Asquerosa cotilla, ¿cómo te atreves a vigilarme?
Apenas hube hablado me di cuenta de que ella se había limitado a lanzar un globo sonda y yo había picado como una incauta. Pero como en el fondo Dios es justo y se apiada de sus criaturas, la pobrecilla Claudia vino a salvarme, sin darse ni cuenta de que lo hacía. Se levantó del sofá y vino a sentarse a mi lado. Desde que la había acompañado de compras me miraba como a una especie de hermana mayor a quien confiarse. No sabía si ese dudoso honor me convencía demasiado, pero en todo caso, me aproveché de ello para tirar balones fuera.
-Todo eso son cosas normales-resumió con la sencillez de la juventud y la buena fe. Lo mío es más grave
-Desde luego que si-se añadió Luisa Fernanda. Tienes que ir al médico. Yo te acompaño-se ofreció.
Leo empezó a soltar una barbaridad y ya iba caminando como un tren de mercancías en dirección a la ofensora, pero Leticia tuvo el tino de ponerse delante y yo le eché una mirada de aviso, lo cual hizo que las cosas se calmasen, al menos de momento.
-Vamos a ver-empecé con la mayor ecuanimidad posible-intentemos no sacar las cosas de quicio. Luisa Fernanda, haz el favor de salir de tu mundo talibán y tratar de entender que el amor no entiende de sexos, ni de edades…
-Ni debiera entender de secretos-me interrumpió Sara Patricia, pero enseguida se calló y me hizo un gesto de disculpa.
-Estaba diciendo que nadie puede juzgar a los demás en estos temas ni en nada, si vamos al caso. Y tú, chiquilla-le dije a la pobre niña, que estaba encogida en un extremo del sofá, abrazándose a sí misma, ¿quién ha dicho lo que es normal y lo que no? Deja de pensar en esos términos. Si es cierto que te gustan las chicas, ¿qué problema puede haber?
-Yo diría que tienes una suerte inmensa, guapa-me atajó Leticia. Ojala a mi me gustasen las mujeres, me hubiese ahorrado un montón de disgustos.
-Tú no haces prueba-dictaminó Sara Patricia. Tienes una tendencia enfermiza a salir de todos los sitios colgada del brazo del peor gilipollas que por allí circule en ese momento.
Antes de que las dos se liasen del moño encima de la alfombra, intenté mediar y poner paz. Aunque por una vez, y sin que sirviese de precedente, tenía que estar de acuerdo con Sara Patricia. Todavía no se me había borrado de la mente y dudo que alguna de las demás pudiese olvidar cuando a esa pobre chalada se le dio por cartearse con un presidiario. La muy mema decía que simplemente estaba encerrado por un robo sin importancia. No se cuánta importancia tuvo ese supuesto robo, pero su mujer no debió de quedar muy contenta cuando un viernes por la noche, en lugar de sacarla a cenar al consabido restaurante chico o en su defecto a una grasienta hamburguesería, decidió que era mejor plan descuartizarla en la bañera de la familia con un hacha afilada y tirar sus trozos al contenedor de basura de la esquina. Todo muy romántico e inofensivo. Cierto que el asqueroso escribía unas cartas muy románticas, dignas de un Cyrano de Bérgerac. Ave María Purísima, la de cosas que habíamos pasado juntas. Así que ahora el que a esta niña le gustasen las mujeres me parecía pecata minuta. Mejor, así nos contaría como es el asunto entre féminas. Aunque quizá era mucho suponer, porque la pobre estaba tan asustada que yo dudaba mucho de que llegase alguna vez a algo con alguien, ni de su sexo, ni del opuesto, ni nada de nada. Habría que buscarle ayuda profesional; pero no de Sara Patricia, por Dios, que no era cuestión de acabar con la líbido de la criatura por siempre jamás. Sinceramente, no se en qué mal momento se me ocurrió hacerme cargo de tantas chaladas; mejor me hubiese ido en un convento de verdad, de esos donde las monjas se limitan a llevar la toca, hacer dulces, bordar manteles, cantar en el coro y hacer negligés y ropa pecaminosa que luego se vende a precios prohibitivos. Por eso yo he decidido lo de las camisetas militares; que no se si a los hombres les gusta, pero a mi en todo caso me ponen mucho. Y eso es lo importante. Además, son baratas, de algodón y lavan muy bien.
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