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Chencho, mi amigo

Chencho, Mi Amigo



Durante nuestra vida en familia hemos tenido muchas mascotas, perros, gatos, conejos, cuyos, pollos, patos, peces, canarios, ¡hasta unos guajolotes tuve alguna vez! Algunos de ellos muy entrañables, como la Bola que era una perrita callejera que decidimos adoptar, o a XXXX que compramos en una tienda de mascotas, y que se encontraba en mal estado y que solo estuvo con nosotros algunos meses.

Pero nada como mi Chencho que no fue una mascota sino un miembro más de la familia.
El era un gorrión doméstico que llego con las primeras lluvias del 2013. El pobre se había caído del nido y permanecía bajo el árbol piando para que lo recogieran sus padres cuándo la menor de mis hijas lo vio y fue a avisarnos. Le pedimos que esperara a que sus padres lo recogieran y llevarán nuevamente al nido, por lo que mi hija y sus amigas montaron guardia en la acera de enfrente del árbol por dos horas hasta que empezó a llover y mi hija decidió que era momento de llevarlo a casa.

El animalito estaba en sus primeras plumas y por supuesto no sabía comer por sí solo, por lo que esa tarde lo acomodamos con unos trapos en una caja de zapatos y le preparamos papillas de pan remojado y se las dimos de a poco en poco. Así paso la noche y al día siguiente le pedimos a nuestra hija que volviera a llevar al pajarito bajo el mismo árbol donde lo encontró.
Mi hija esperó otro par de horas pero sus padres no lo recogieron por lo que decidimos adoptarlo. La mayor de mis hijas lo llamó Chencho.
En los siguientes días mi hija pequeña la hizo de nodriza de Chencho, le daba de comer, le arregla su cajita de zapatos y, por las mañanas lo sacaba al patio para que recibiera el sol. Al paso de los días, empezó a salir de la caja de zapatos cuándo lo sacábamos al patio y daba brinquitos de aquí para allá. Así, lo dejábamos a sus anchas en el patio donde tenemos también algunos cuyos y recibía la visita de otros gorrioncitos.

Sin embargo, una mañana que lo sacamos a sus baños de sol y que estaba sin supervisión nuestra, un zanate, que es un pájaro parecido a los cuervos, decidió hacer de nuestro Chencho su desayuno por lo que lo cogió con sus patas. Ya estaba por llevárselo cuándo mi hija mayor lo vio y le grito ¡¡¡Chencho!!! El Zanate se espantó y lo soltó. En el recuento de los daños, el malvado pájaro había lastimado el ojo izquierdo de Chencho por lo que quedo tuerto.

En ese momento sabíamos que no podíamos ya dejarlo ir y tendríamos que quedárnoslo.

Fuimos a comprar una jaula adecuada para que pudiera seguir tomando sus baños de sol, la visita de sus amigos gorrioncitos y protegerlo de nuevas visitas de los Zanates.

Desde ese día esa fue su rutina, por las mañanas lo sacábamos en su jaulita y por las tardes lo metíamos a la casa. Ya cuándo aprendió a volar, la puerta de la jaula permanecía abierta cuándo estaba dentro de la casa.

Mi hija mayor fue quien entonces se hizo cargo de Chencho: Todas las tardes era su mamá, lo sacaba de la jaula y el feliz revoloteando hasta posarse en sus hombros y gozaba esconderse entre sus cabellos o su ropa, eran sus nidos preferidos, o bien, se subían los dos al cuarto de mi hija para que ella avanzará en sus tareas o para que descansaran en la cama… y Chencho feliz. Con nadie más subía las escaleras más que con ella.



Claro que Chencho convivía con todos, le gustaba mucho ver la tele sobre todo con películas animadas donde hubiera muchos colores vivos o brillantes, ayudaba a mis otros hijos en sus tareas o a mi esposa en la cocina, mi turno era cuándo llegaba de la oficina ya en la tarde-noche y cenar, Chencho en su jaulita o en la sala, en esos momentos no le gustaba estar con nosotros en la mesa del comedor, sino hasta después de un año de estar con la familia decidió que ya era momento de cenar junto con nosotros. Fue una gran alegría para la familia tenerlo en nuestra mesa y compartir con Chencho nuestros alimentos, básicamente para él era como un buffet, el escogía sus alimentos de la variedad que le presentábamos.

Ya para dormir en la noche, se metía en su jaula y la tapábamos con una toalla, hasta el amanecer siguiente que se despertaba con el trinar de los otros gorrioncitos en el patio y el mismo solicitar lo sacáramos, claro, en su jaula. Y tuvo muchos amiguitos gorrioncitos y tortolitas que lo visitaban y nosotros para incentivar también esas visitas les dejábamos pan y tortillas a los visitantes para que comieran junto con Chencho, claro él en su jaulita y ellos del otro lado de su puerta.

Con nosotros, Chencho era un miembro más de la familia, dormía con mi hija por las tardes, acompañaba en sus tareas a mis otros hijos, nos acompañaba a ver la tele o a cenar. Se dejaba querer, le gustaba picar los labios de mi hija mayor y con nosotros se dejaba besar sus plumitas. Le gustaba “bañarse” en las hojas blancas de papel y eso ocasiono que más de una vez se hiciera popo en las tareas escolares de mis hijos.

Tuvo muchos cambios en el transcurso del tiempo que estuvo con nosotros. Casi al año de estar con nosotros, dejo de cantar y solo piaba. Un par de meses después le dio por ya no volar tanto y se la pasaba caminando en el piso dentro de la casa atrás de nosotros, hasta pensamos en ponerle un pequeño cascabelito para saber donde andaba. Se estaba humanizando creo.

En la noche soy el último que se queda despierto por asuntos de trabajo, solía dejar a Chencho en algún sillón de la sala cubierto con algún cojín para que se acurrucara y durmiera un poco en lo que terminaba mi trabajo y lo llevara a su jaula. Hacia esto porque por sus cambios, a pesar de que tapábamos la jaula con su toalla y le habíamos puesto una camita dentro, se quedaba muy inquieto y se paseaba por el piso de su jaula de un lado para otro sin poder dormir.

Este último sábado 4 de Octubre, no tuve corazón para llevarlo a su jaula y decidí que podíamos dormirnos juntos, con Chencho en la palma de mi mano a manera de cunita. Así estuvimos algunos minutos hasta que decidí llevarlos a su jaula y apagar las luces de la casa. Realmente me peso dejar solo a Chencho y yo creo que también a él lo deje triste.

Al día siguiente, domingo 5 de Octubre como de costumbre sacamos a Chencho en su jaula y nos pusimos a darle al quehacer, que preparar los desayunos, que ir por la despensa, arriba y abajo con la limpieza de la casa… y Chencho hecho bolita en un rincón de su jaula, un pedazo de pan de caja asomaba de su jaula y sus amiguitos se lo estaban devorando sin que Chencho hiciera algo. Eso llamo mi atención y siendo que también estábamos preocupados porque ya no volaba tanto, decidí sacarlo de su jaula y llevarlo en la palma de mi mano para limpiarle sus alitas con agua tibia de la pileta, cuidando de no mojar su cabecita y lo dejamos en los sillones de la sala para que se secará mientras mi hija la menor terminaba sus tareas escolares. Él se acurruco debajo de un cojín.

A eso de las 2 de la tarde mi hija la mayor regreso de pasear con el novio y pregunto por Chencho, se lo pasamos de debajo del colchón, del que no se había movido para nada y ella lo tuvo acurrucado en sus manos. Después de una hora, me avisa que ve raro al Chencho, él ya tenía una de sus patitas engarrotada y se le veía muy decaído. Lo tome de sus manos y empecé a exhalar por mi boca algo de aliento para calentar el cuerpo de Chenchito. Él por un momento se ánimo y aleteo como queriendo incorporarse así que se lo deje a mi hija indicándole que lo calentara. Ella lo envolvió en una franela y exhalaba de su aliento en el cuerpo de nuestro Chencho.

Después de una media hora, mi hija nos anuncia que había muerto Chenchito. Lo tome entre mis manos queriendo resucitarlo pero ante la evidencia solo acerté a envolverlo en la franela y depositarlo en un mueble que tenemos en la sala, tal vez esperando a que despertará y nos siguiera alegrando con sus trinos. Ella ya no tuvo ánimos, despidió al novio y se fue a su cuarto. Nosotros pasamos al comedor solo para comer de manera inercial, consternados, sin ánimos y hasta incrédulos.

Ya a eso de las 7 de la tarde, mi hija me pidió que lo enterráramos en el patio, que es el cementerio de todas nuestras mascotas. La deje escoger el lugar para nuestro Chencho y cabe. Mi hija lo deposito cubierto de un trapito rojo de seda para que la tierra no lo ensucie. Al final plantamos una Nochebuena encima de su cuerpecito.

Al día de hoy nos sigue ocasionando dolor el no tener a nuestro Chenchito. La casa de pronto se ha quedado silenciosa, sin sus trinos, sin nuestras risas. Nos queda todos estos recuerdos de lo vivido con Chenchito y las gracias de permitirnos convivir con él este último año y meses en que fuimos felices compartiendo nuestra vida con Chenchito, mi amigo, mi hijo.

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