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El mejor amigo que alguna vez tuve.

Él sólo sabía mirarme como un miembro de su manada y, para él, eso era la familia. Él sólo sabía protegerme. Era negro pero tenía sus patas mezcladas con un amarillo claro y, también, tenía unas manchas del mismo color en el rostro. No era de ninguna raza en especial, era mezcla de ovejero alemán y policía.
Le gustaba jugar, le gustaba ir a la calle conmigo y escuchar una simple palabra salir de mi boca. Hacíamos carreras, las cuales, obviamente, él ganaba. Esa era la palabra que tenía que salir de mi boca para que él se largue a correr: "Carrera".
Le encantaba esperarme. Recuerdo que se sentaba fuera de mi casa y cuando yo salía, él me seguía dos cuadras para luego volverse a sentar. Luego, cuando volvía, a una cuadra él ya me reconocía. Se levantaba de inmediato y corría hasta mis pies para llenarme de besos hasta, luego, caminar esa cuadra juntos.
Recuerdo que, a veces, salía a jugar con la perrita de al lado, que por cierto es parecidísima a él. Jugaba con ella hasta que lo entrabamos.

No le gustaba verme mal. Quizás se daba cuenta en mi rostro cuando estaba triste, no lo se, pero él se acercaba a verme fijamente, se ponía entre mis piernas, acostándose, y no decía nada. No ladraba, ni siquiera hacía algún intento para que juguemos, como solía hacer.
Tampoco le gustaba verme llorar. Cuando yo era más chica, salía al patio llena de lágrimas, me arrodillaba y lo abrazaba. Él se movía para que no lo abrace hasta lograr que lo suelte, me miraba fijamente y me limpiaba las lágrimas con sus lenguetazos. En esos momentos, deseaba que tuviera pulgares para limpiarme las lágrimas como una persona normal pero me parecía mucho más tierno que, sin pulgares, logrará hacerlo igual.
Odiaba ver a alguien hacerme daño. Me protegía de la mínima cosa. Nadie podía pegarme, ni siquiera jugando, o empujarme delante de él. Inmediatamente comenzaba a ladrar y corría mostrando sus dientes a la persona que, según él, me había hecho daño. Incluso, una vez, llego a acorralar a una amiga porque me había golpeado en el hombro.
Nunca me mordió. Lo máximo que alguna vez hizo fue gruñirme y sólo cuando estaba mal o le dolía algo porque yo no podía entenderlo.

Ese perro se crío conmigo. Lo trajeron a casa cuando él era chiquito, tenía apenas unos meses y yo tenía tres años. Fuimos creciendo juntos pero hubo problemas. Cuando yo tenía 12 años, él se enfermo. Tenía displasia de cadera, no es una enfermedad común y sólo los perros grandes la sufren. Ésta enfermedad es altamente heredable y los ovejeros alemanes son los que más sufren esta enfermedad, que no es nada más ni nada menos que descaderarse, eso es la displasia. Desgraciadamente él la heredó de su padre que era un ovejero alemán. Así que ya no podía caminar correctamente ni correr como antes. Era realmente espantoso verlo caminar así, incluso algunas veces se caía y yo salía corriendo detrás a ayudarlo. La mayoría del tiempo vivía acostado pero, muchas veces, caminaba. Ya no lo dejábamos salir afuera como antes por los autos, los mismos perros y su enfermedad. Así que él sólo se manejaba en el patio de mi casa, que es bastante grande por lo que para él solo estaba bien. Pero eso no nos impidió seguir jugando. Jugábamos, ya no como antes, incluso ya no tanto como antes pero lo hacíamos.

Poco después de eso, otro gran problema apareció. Otra estúpida enfermedad. Estaba peor que antes, se notaba que algo le dolía demasiado y estaba acabando con él. Una vez más llamamos al veterinario, él ya ni caminaba, vivía acostado. Fue ahí cuando ese veterinario me dio, de nuevo, una noticia nada agradable. Nos dijo que tenía un tumor en el corazón, que no era muy común y que solía agarrarle a los perros de edad avanzada. Y, luego de eso, otra estúpida noticia. "La quimioterapia no ayudará, no hay cura."
Ese día estaba hecha un estropajo. Él estaba acostado dentro de casa. Me acerqué, me senté a su lado y lo acaricié. "Si pudiera hacer algo para que te quedarás conmigo, lo haría sin duda alguna. Vales más que muchas personas." Esas fueron las últimas palabras que le dije.

Pasaron dos días después de eso. El veterinario se lo había llevado un día completo y lo trajo a casa otra vez. Ese día no pude hablar, ni jugar, ni nada con él. Llegué a mi casa tarde, eran como las ocho de la tarde. Salí al patio muy contenta, le había escrito una carta y se la quería leer. Sentía que cuando le hablaba, él entendía. Digan lo que digan, él me entendía. Me habían dicho que ya no iba a durar mucho, así que quería despedirme de él adecuadamente. A pesar de que era un perro, para mí era mucho más que eso.

Fui al patio, no lo encontré. Pensé que, quizás, estaría escondido así que lo llamé por su nombre pero nadie apareció. Pensé que, quizás, se lo había llevado el veterinario otra vez así que entré a mi casa y le pregunté a mi abuela dónde estaba pero ella sólo me dijo "No lo se, pregúntale a tu mamá." Noté sus ojos llorosos pero no le dí demasiada importancia. Busqué a mi mamá y le pregunté. "Vení, vamos a sentarnos que tenemos que hablar" fueron sus palabras y sabía que algo malo venía y no podía pensar en algo mejor. Así que minutos más tarde soltó esas terribles palabras que no quería que dijera. Él ya no estaba y se había llevado con el gran parte de mi infancia y gran parte de mi corazón. Él fue el mejor amigo que alguna vez tuve.

Nunca pude despedirme de él de la manera que yo hubiera querido. Sólo espero que, este donde este, sepa que toda mi vida lo amé y que toda la vida que me queda por delante también lo voy a amar. Ya pasaron cuatro años y todavía lo extraño como si se hubiera ido ayer.


Es increíble como alguien que no te puede hablar puede entregarte todo su amor, y cuando se va deja el vacío más grande en el corazón.

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