Check the new version here

Popular channels

¿Indeciso sobre si hacerle eutanasia a tu perro o no? Pasate

Hace unos años leí un relato en una revista de animales (pelo pico pato) que realmente me tocó el corazón y me dejó muy sensible. Hoy estoy pasando por una situación parecida e intenté recrear el relato que leí con todos los detalles que recuerdo del mismo. 

-------------------------------------------.-----------.--------.----.----.--------.---------
Cuando traje a mi perro a casa él tenía unos pocos meses. Lo trajimos estando en un pésimo estado. Yo no lo recuerdo, pero me lo contaron.Él fue mi regalo de cumpleaños y fue motivo de gran emoción para mí ya que siempre deseé tener un perro. Hasta acá todo lo que cuento es contado por mi familia porque no recuerdo nada de eso.
Ahora sí,  todo esto lo cuento por experiencia propia.
Se llamaba Huesos y era una cruza entre cimarrón y vaya a saber qué más. Era un perro tan enérgico que sorprendía, comía relativamente mucho en comparación con su tamaño, ya que pesaba unos quince kilos, era un perro mediano. Siempre que podía correr lo hacía y era de su encanto dar largos paseos conmigo.

Le gustaba ir a la playa, comer restos de comida humana y cosas normales de perros. 
Dormía a los pies de mi cama, aunque siempre intentaba dormir a mi lado en la cama. Sin embargo, nunca lo dejé por miedo a llenarme de pelos. Nunca durmió a mi lado en la cama aunque siempre lo quiso.
Los años se pasaban volando, y de un tierno cachorro pasó a ser un veterano feliz. Seguía manteniendo las mismas ganas de jugar, de correr y de saltar. Era el perro más fiel que jamás conocí. La única diferencia era que si de joven adoraba salir a pasear fuera cual fuera el clima, en invierno ahora prefería quedarse junto a la estufa y salir sólo para hacer sus necesidades. 
Seguía siendo el mismo, pero ahora estaba más gordito por ya no correr tanto como de joven y tenía la cara blanca de las canas. 

A sus 12 años estaba sano y feliz. No podía pedir más. 

Pero siempre llega el momento. 

Comenzó a comer menos, y como siempre comía mucho fue algo que se notó muchísimo; se le empezaron a notar los huesos y rechazaba cualquier bocadito entre comidas. Si antes comía más de lo necesario ahora comía mucho menos de lo necesario. 

Lo llevé al veterinario, con la esperanza de que si algo malo le estaba pasando, tuviera solución. 
Le hizo una revisión básica, concluyó en que la edad le estaba afectando, le dio unos medicamentos y chau.
Le daba su dosis diaria pero no sólo no mejoraba, empeoraba con el paso del tiempo. Estaba cada vez más decaído y me partía el alma verlo así.
Entonces busqué otro veterinario y lo llevé. Enseguida vio que algo andaba mal y lo revisó a fondo.
Tenía un cáncer que se le extendió al resto del cuerpo.
Cuando me dijo eso sentí como si me hubiera clavado un cuchillo.
 Estuvimos hablando y él me dijo que si no moría en esta semana, lo haría en la otra.
Ese hombre fue el mejor veterinario que conocí porque al estar yo llorando mantenía su actitud profesional de consuelo.

Me propuso la eutanasia y yo le dije que no sería capaz de verlo morir. Entonces él me dijo que lo piense y me dio su numero personal para llamarlo en cualquier hora del día si era necesario.

Me fui a mi casa y me quedé con mi perro. Lo estuve acariciando todo el día. A la noche no me podía dormir. Lo acosté por primera vez a mi lado en la cama y acosté mi cabeza en su pecho para escuchar sus latidos del corazón. 

Eran las tres de la mañana y lo sentí llorar. Me senté y lo miré a los ojos. En sus ojos vi lo mucho que me amaba. Conozco sus ojos como a mi mano. Siempre me gustó mirarlos. Y en ellos vi que deseaba descansar. Que el dolor era demasiado. Que quería irse de una forma digna.
Me decidí en el momento, o lo contemplaba morir sin poder hacer nada o le daba lo que quería. Era el momento.
Agarré el teléfono y llamé al veterinario. Le expliqué que quería la eutanasia y en el momento. Me dijo que fuera al consultorio, que en quince minutos estaría allí.
Lo agarré en mis brazos y lo metí en el auto. Siempre me había costado agarrarlo pero ahora era una pluma.

Cuando llegué el veterinario me explicó que en cuanto le inyectara la dosis tardaría unos 30 segundos en hacer efecto. Que la muerte sería indolora y el estrés que sentía Huesos se reduciría en 10000.

Aun así,  sabiendo que no sentiría dolor era duro pensar en que mi perro iba a morir. Huesos era para mí un hijo.
Pero saber que no iba a sentir dolor me aliviaba un poco.
Le dije que no sería capaz de ver cómo moría,  así que le pedí para quedarme afuera.
Él me dijo que mi perro me adoraba y que si iba a morir lo último que quería ver era a su dueña con la que tanto había compartido en vida. Esa fue mi motivación, entré y lo comencé a acariciar.
El médico le comenzó a inyectar la dosis, yo no paraba de acariciarlo y decirle "Te amo Huesos, te amo" en sus ojos veía agradecimiento por darle una muerte tranquila, y aunque no podía hablar juro que sentí que me respondía "Yo más"

0
0
0
0
0No comments yet