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Otorgaron los premios Houssay a 16 científicos sobresalient

En el auditorio de la Sociedad Científica Argentina, fundada hace más de 130 años que a poco de crearse auspició la expedición del Perito Moreno a la Patagonia, se entregó ayer el Premio Houssay 2009 a 16 investigadores sobresalientes del sistema científico nacional. Este año, además, se entregó por primera vez la Distinción Investigador de la Nación.

La lista incluye a algunas de las más destacadas personalidades del ambiente científico y tecnológico local, distribuidos en dos categorías: la de investigadores menores de 45 años (que recibieron 20.000 pesos cada uno) y la de científicos premiados por su trayectoria (con 30.000 pesos).

Además del ministro de Ciencia, la ceremonia contó con la presencia en el estrado de visitas infrecuentes en este ámbito académico, como la ministra de Industria, Débora Giorgi, y la presidenta Cristina Kirchner, encargada de entregar la medalla y el diploma a cada uno de los científicos.

En el rubro menores de 45 se distinguió a los doctores Julio Rossi (en Física, Matemática y Ciencias de la Computación), Galo Juan de Avila Arturo Soler Illia (en Química, Bioquímica y Biología Molecular), Esteban Gabriel Jobbagy Gampel (en Ciencias Biológicas, Agrarias y Veterinaria), Gustavo Esteban Romero (en Ciencias de la Tierra, el Agua y la Atmósfera, y Astronomía), Daniel Alonso (en Ciencias Médicas), Ernesto Schargrodsky (en Ciencias Sociales), Gustavo Martínez (en Ciencias Humanas) y Pedro Julián (en Ingenierías, Arquitectura e Informática).

Entre los premiados por su trayectoria figuran Jorge Zgrablich (en Física, Matemática y Ciencias de la Computación), Rodolfo Brenner (en Química, Bioquímica y Biología Molecular), Jorge Crisci (en Ciencias Biológicas, Agrarias y Veterinaria), Vicente Barros (en Ciencias de la Tierra, el Agua y la Atmósfera, y Astronomía), Horacio Cingolani (en Ciencias Médicas), Emilio De Ipola (en Ciencias Sociales), Ezequiel Gallo (en Ciencias Humanas) y Esteban Brignole (en Ingenierías, Arquitectura, Informática).

Fue precisamente el ingeniero Brignole, especialista en termodinámica de procesos graduado en la Universidad Nacional del Sur, quien resultó ganador de la Distinción Investigador de la Nación.

Como correspondía, el ánimo de los investigadores fue entusiasta. Tal vez lo más curioso de esta nueva edición de los premios Houssay radique en que dos de los elegidos -el nanotecnólogo Galo Soler Illia, y el matemático Julio Rossi- no sólo son colegas en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, sino que también fueron compañeros durante toda la escuela secundaria, en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

"En esa época, mientras esperábamos el 15 en Plaza Italia, desarrollamos nuestros primeros teoremas y una teoría muy completa sobre los colectivos", bromeó Soler Illia.

Esta vez, el grupo de premiados no incluyó a ninguna científica. Un hecho sugestivo, pero que la licenciada Gabriela Trupia, titular de una subsecretaría del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, se apresuró a dejar en claro descartando cualquier forma de discriminación: "Las comisiones encargadas de fallar los premios estaban integradas por mujeres y hombres por partes estrictamente iguales", aseguró.



Derechos y deberes, un juego a dos bandas


Ayer, la entrega de los premios Houssay, la distinción más importante que otorga el sistema científico a sus investigadores, le ofreció al ministro de Ciencia la oportunidad de recordar algo que sólo un científico puede decirles sin inmutarse a sus colegas: que si bien en los últimos tiempos se registraron máximos históricos de incorporaciones al Conicet, de retornos de investigadores residentes en el extranjero (768) y de obras de infraestructura (según el funcionario, 352 por un valor de 190 millones de pesos), todo esto no es gratis, sino que exige responsabilidades crecientes.

"Esto no se ha hecho para mejorarles la vida a los investigadores -dijo-. Durante mucho tiempo, a los científicos se les dio muy poco... pero no se les pidió nada a cambio. Muchos pensaban: «Hacemos lo que nos gusta y encima nos pagan». Tomaban la investigación como una actividad deportiva, por así decirlo, y tenían que conformarse con lo que había."

A continuación agregó: "Este esfuerzo requiere una contraprestación: queremos que los científicos contribuyan a mejorar la calidad de vida de la gente, [...] a generar trabajo de calidad, que el conocimiento que se genera en el ámbito científico se traduzca en empresas de base tecnológica. Pero esto -aclaró- no debe ser leído como un mandato para que los investigadores básicos se dediquen a resolver problemas concretos. La mejor manera de cumplir con este precepto es hacer ciencia de calidad, ya que los avances más grandes han surgido de la investigación básica y muchas veces por casualidad".

Claro que lo mismo vale a la inversa: así como a los investigadores se les pide que cumplan con los deberes que tienen para con la sociedad que les permite educarse y ejercer su pasión, que transfieran su conocimiento y formen recursos humanos de excelencia, el Estado tendrá que estar a la altura de su propio compromiso. Eliminando obstáculos burocráticos que frustran iniciativas, acercando la ciencia a la actividad productiva, y requiriendo el conocimiento experto para la resolución de los complejos problemas que presentan las comunidades modernas. Y que todo eso se haga no en raptos espasmódicos, sino sostenidamente, más allá de una administración determinada.

En estos tiempos, ya es inadmisible pensar, como se dijo antes de guillotinar a Lavoisier, en 1794, que "la república no necesita de sabios".


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