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Leyenda Urbana: La Carretera Maldita

Leyenda Urbana
La Carretera Maldita


Podemos ver desde el quitamiedos un coche parado en el arcén en medio de la noche, iluminando con sus faros el porvenir y emitiendo intermitentemente su iluminación anaranjada. Si nos acercamos, descubrimos que es uno de estos coches nuevos tan fantásticos, compactos, poco dados al consumismo y de mecánica silenciosa. Probablemente sea un coche coreano, o quien sabe si japonés, el que aparece ante nuestros ojos. Su carrocería es de un blanco reluciente, recién lavado con mimo, y la luna trasera, al lado izquierdo, luce una “L” de color verde reflectante. Si nos aproximáramos hacia la ventanilla nos encontraríamos al otro lado, en el asiento del conductor, a una chica joven, la cual trastea su teléfono móvil y lo maldice por no permanecer encendido el suficiente tiempo como para poder siquiera cargar la agenda. Al fin y al cabo la culpa es suya: si hubiese recargado la batería a tiempo, antes de salir de casa, ahora no se encontraría en tal eventualidad. El caso es que, debido a su ignorancia, cree que mantener los intermitentes encendidos en señal de emergencia es una medida suficiente de seguridad, aunque no lo estimo oportuno pues se encuentra parada en una carretera estrecha y con arcén aun más estrecho.
Afortunadamente, ningún vehículo transcurrió dicha carretera durante los instantes en que la joven conductora permaneció invadiendo buena parte de ella. Y digo afortunadamente porque se trata de una carretera sinuosa y angosta, poco placentera para la conducción, a no ser, claro está, que uno sea amante del riesgo. Dicha vía zigzaguea sin cesar a lo largo de la sierra y en algunos tramos el asfalto está incluso levantado. Por otro lado, algún que otro barranco avanza en paralelo al camino.
Nuestra protagonista, rendida en batalla a su teléfono móvil, decide reemprender la marcha, así que pulsa el botón que desactivará la señal de emergencia, echa un escueto vistazo por el retrovisor izquierdo, acaba de calibrar el derecho gracias a una palanquita de funciones electrónicas y arranca, revolucionando excesivamente el motor por miedo a que éste se cale.

Le espera un largo viaje hasta su destino. Bueno, largo si tenemos en cuenta la dificultad de la vía a transcurrir y la velocidad que habrá que llevar en ella, si bien, a la hora de la verdad, no debe recorrer más de veinte quilómetros –exigente prueba para quien lleva tan poco tiempo con la “L” en la luna trasera.
Con la precaución esperada por alguien sensato y prudente, la chica va ganándole metros al asfalto. Primero a decenas, luego a centenares y, finalmente, a millares, a medida que pasa el tiempo.
Cuando ya se encontraba a unos dieciséis quilómetros de su destino, ocurrió un hecho inesperado: en medio de la niebla que había surgido de repente, tenuemente iluminada por algún farol solitario puesto al tuntún por el ayuntamiento, un potente coche alemán, del 89 y de color negro gastado, se aproximaba a buena velocidad hacia ella con las luces apagadas. La chica no pudo distinguir su presencia hasta que dicho vehículo no se encontró a una veintena de metros y, asustada, procedió a hacerle largas con las luces de su coche. Instintivamente, nuestra protagonista había frenado casi hasta el punto de pararse ante tal sorpresa y, a través de los espejos retrovisores, pudo ver cómo el coche negro también estaba reduciendo su velocidad, tal y como atestiguaban sus pilotos traseros de freno. Mientras ella, con el corazón palpitante aun, empezaba a maldecir y a recuperar lentamente su velocidad, no cesaba de echar vistazos hacia atrás por el retrovisor interior y, así, pudo ver cómo el vehículo con el que se había cruzado estaba maniobrando para cambiar de sentido y ponerse, por tanto, tras ella. Por si alguien lo desconocía, diré que dichos vehículos, a pesar de ser grandes berlinas, están dotados de un sistema de dirección magnífico así que, en pocas maniobras, el coche negro se situó tras el de nuestra chica y encendió las luces. Ella se mostró temerosa, pero trataba de tranquilizarse argumentando que quizá fuese algún despistado, aunque empezó a aterrarse cuando comprobó que el vehículo que la seguía empezaba a ganar velocidad de forma alarmante y no tardó en devolverle las largas con insistencia. Ella, alarmada totalmente, se arrimó al lado derecho de la calzada y redujo la velocidad con tal de dejarse adelantar, por si fuese esa la intención de su “seguidor”, pero éste se mantuvo tras ella, habiendo reducido ya peligrosamente la distancia de seguridad y habiendo activado los intermitentes derechos. Le estaba diciendo claramente que quería que se detuviese en el arcén.
La chica se había convertido ya en un puro nervio. ¿Debía obedecer al desconocido? ¿Y si se tratase de la policía? Pero pronto descartó dicha idea por un simple motivo: un policía, aunque fuese de incógnito, tendría alguna forma de identificarse, ya fuera con una sirena acústica o luminosa. No. En tal caso debía ser una especie de loco, un psicópata, un pirado. ¡Y encima pretendía que se detuviese! ¿Para qué? Para nada bueno, eso seguro.
La chica no pudo contenerse más y empezó a pisar el acelerador con mala ansia, resuelta a huir de ese desconocido. No tardó en recordar la tópica leyenda urbana del asesino de las largas, ya saben, la fórmula es clásica: un psicópata conduce de noche por una carretera de mala muerte con las luces apagadas y cuando alguien le hace largas, se pone a perseguirle y a incordiarle hasta que le provoca un accidente, sea directa o indirectamente, a causa de la presión psicológica que produce tener un coche gigantesco tras el de uno, rugiendo y casi rozando parachoques con parachoques, lo cual desemboca en que el perseguido acelere de puro miedo y termine perdiendo el control.
Estaba claro, se trataba de eso. ¿Quién le iba a decir que en España también había gente que se dedicara a estos quehaceres, los cuales parecen americanos por excelencia? En fin, es lo que tiene la globalización.
Volviendo a la historia, nuestra chica, con estas ideas en mente, no pudo evitar aumentar peligrosamente su velocidad, siendo perseguida con insistencia por el coche alemán, el cual llevaba encendidas sus luces de cruce y las antiniebla delanteras –pues no hay que olvidar que la niebla reinaba aun en el ambiente y, de vez en cuando, lanzaba fogonazos de luces largas. En medio del silencio de la noche, y teniendo en cuenta lo silencioso del motor del coche de la chica a pesar de ir sobrerevolucionado, reinaba a sus anchas el rugido del motor sajón, el cual se caracteriza por su potencia mecánica, sonora e incluso vibradora.
La velocidad fue en aumento, los volantazos se sucedían peligrosamente y la goma empezaba a dibujar en el asfalto, mientras el coche de procedencia oriental, de modesto motor, chirriaba, desacostumbrado a ir tan revolucionado durante tanto tiempo. Sin duda, la chica debería haber subido de marcha, pero se la debe perdonar, pues me imagino que en una situación de tal tensión en lo que menos se piensa es en el motor del vehículo propio. Se veía acorralada: si frenaba, su perseguidor le daría caza y quien sabe si le golpearía, pudiendo llevarla a caer por el precipicio colindante, el cual machacaría la blanda carrocería de un coche de hoy en día, así que tan solo le quedaba acelerar y confiar en los instrumentos electrónicos de seguridad al volante.
Finalmente, tras varios minutos de persecución, fue uno de dichos sistemas de seguridad el que entró en acción aunque, en este caso, no hizo más que agravar la situación: para impedir un sobrecalentamiento del motor, éste había sido apagado electrónicamente y se negaba a encenderse ante la insistencia de la chica. Mientras, el vehículo avanzaba por inercia en medio de la carretera en la que ya varios jóvenes habían perdido la vida.
Aterrada, echó la vista al retrovisor por enésima vez, como no había dejado de hacer desde el fatídico momento, y comprobó cómo su eterno perseguidor se le acercaba, triunfante, rociándola de largas e invitándola a parar con el intermitente derecho. De hecho, no tenía más opción. La chica, aterrorizada, detuvo el coche en el escaso arcén derecho y encendió las luces de emergencia. Por última vez, echó una mirada asesina al teléfono móvil que, de ser por ella, habría usado ya hacía mucho tiempo. Pudo comprobar cómo el vehículo alemán se paraba tras el suyo, cómo la puerta del conductor se abría y salía de él un hombre que se dirigía hacia su ventanilla con tal de verse las caras. Ella, presa del pánico, no pudo ni gritar aunque era lo que su instinto primario le reclamaba con todas las fuerzas. Buscó inútilmente con la mirada cualquier objeto contundente que pudiera servirle en su defensa. Mientras, los pasos avanzaban hacia ella disturbando el silencio y la serenidad de la noche.
Paralizada de terror, se mantuvo con los ojos cerrados y los músculos agarrotados hasta que los nudillos golpearon la ventanilla. Rendida y sometida, cansada ya de luchar y dispuesta a conformarse con lo que el destino le aguardara, bajó su ventanilla y encontró ante sí a un hombre de mediana edad, algo rechoncho y calvo, alguien de aspecto poco amenazador, realmente, que le dijo:
Simplemente te quería dar las gracias por el aviso. Si no llega a ser por ti, ¡quién sabe si llego a provocar un accidente!
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