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La Mafia Financiera de los Legionarios de Cristo (parte 2)



La “mega misión” de Semana Santa realizada por Juventud y Familia Misionera es otro gran negocio. Según datos oficiales, participan 10 mil personas y cada una paga una inscripción de mil pesos. Otro negocio es la Fundación Lazos para ayudar a escuelas pobres. En todos los casos llega una mínima parte a los necesitados.

–¿Conoció algún caso concreto de donativos utilizados para fines distintos?

–La Legión tiene un sistema de administración centralizado. Por tanto, todo, todo, todo lo que entra va a Roma y de ahí se distribuye conforme a presupuestos consolidados. Los donativos son mercadotecnia para conseguir dinero, no se aplican al fin presentado.

–¿Se destinan a obras sociales?

–Las obras sociales son negocios. Según decía el padre Maciel, no hay mejor negocio que los pobres. Prueba de que no hay acción social de los legionarios es la prelatura de Cancún-Chetumal. En 1970 el papa Pablo VI encomendó a los legionarios el territorio de Quintana Roo. Después de 43 años, ninguno de los dos obispos habla maya, ningún legionario en el mundo habla maya. La zona maya de Quintana Roo está en completo abandono pastoral.


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Que los pobres son buen negocio lo saben bien en el Banco Compartamos, la líder indiscutible de lo que los especialistas llaman “microfinancieras”, entidades especializadas en el otorgamiento de créditos en pequeña escala.

Las microfinancieras atienden a un grupo sin acceso a servicios financieros. El sector de la población que los bancos tradicionales no quisieron atender ha resultado un gran negocio: las microfinancieras cubren un mercado de 12 millones de mexicanos, familias de bajos ingresos.

Una de las empresas más representativas de este fenómeno es el Banco Compartamos. Sus críticos dicen que ha prostituido el concepto de crear un banco para los pobres, como lo concibió Muhammed Yunus, Premio Nobel de la Paz 2006 precisamente por haber fundado en Bangladesh un banco para gente que no es sujeto regular de crédito.

Compartamos conduce el negocio como cualquier banco ordinario: busca el beneficio de los inversionistas, no de los clientes.

Maneja pequeños préstamos realizados a prestatarios demasiado pobres como para que les concedan crédito en un banco tradicional. En teoría posibilitan que muchas personas sin recursos puedan financiar proyectos productivos por su cuenta.

Con esa filosofía empezó como una organización no gubernamental, fundada por un grupo católico llamado Gente Nueva, y durante mucho tiempo siguió los preceptos del Banco de los Pobres, el Grameen Bank, de Muhammed Yunus, la microfinanciera más exitosa del mundo.

Pero Compartamos es hoy una sociedad comercial con fines de lucro que cotiza en la Bolsa Mexicana de Valores, muy lejos de esos primeros ideales. Es considerada la institución de microfinanzas más grande de América Latina y el banco más rentable en México.



Cobra intereses que van de 4 a 6 por ciento mensual (hasta 70 por ciento anual), o lo que es lo mismo: entre 13 y 20 veces más que la inflación mensual promedio reportada por el Banco de México. Eso la ha hecho polémica.

Por eso Yunus, el gurú de los microcréditos, acusó en un viaje que hizo hace algunos años a México:

“Si un banco convencional cobrara las mismas tasas que Compartamos, ¿qué pasaría? ¡Sería linchado! Pero si se trata de prestar a los pobres, de alguna manera resulta aceptable en México.

“Si el Banco de México, por ejemplo, aumenta un cuarto de punto la tasa de interés, se estarían escribiendo editoriales y levantando la voz. Pero hacia las tasas que se cobran a los pobres hay una total insensibilidad”.


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“No hay mejor negocio que los pobres”, escuchó decir a Marcial Maciel el sacerdote Pérez Guajardo, pero la frase no tenía un sentido retórico.

Maciel descubrió hace décadas que los pobres, con sus enormes limitaciones de recursos, podían, no obstante, ser un gran negocio. Por eso se creó el Banco Compartamos, una de las piezas clave en este laberinto interminable de sociedades, fundaciones y empresas que constituyen el centro neurálgico del poder económico de la Legión.

Ya verán qué tan complejo es este racimo de nombres y siglas, aunque al final todos llegan a un punto negro: los Legionarios y su superior general.

El origen central del banco legionario se halla en la asociación civil Compartamos, fundada en noviembre de 1998 por José Ignacio Ávalos Hernández, presidente de Un Kilo de Ayuda, organización y marca propiedad de los legionarios.

La marca se encuentra registrada por Promoción Bundoran, empresa cuyo consejo de administración encabezaba hasta hace poco la cúpula más cercana a Marcial Maciel: los sacerdotes Luis Garza Medina, Evaristo Sada Derby y Álvaro Corcuera.

Ávalos Hernández desempeñaba el doble cargo de presidente de Un Kilo de Ayuda y de Compartamos AC. Como secretario figuraba otro legionario: Armando Olivieri Sangiacomo, quien ha fungido como apoderado legal de Cobreces, SC, la firma controladora de la franquicia de los colegios Del Bosque y propietaria de la marca Regnum Christi, movimiento bajo el cual se integran las 500 consagradas laicas.

Compartamos AC nació con un capital de sólo 4 mil pesos, que dos años después se había multiplicado casi por 5 mil.


El 30 de octubre de 2000 Compartamos AC se integró como accionista mayoritario de Financiera Compartamos SA, con una exhibición de más de 19 millones de pesos, para quedarse con 40 por ciento del capital total.

El segundo accionista en importancia fue Accion Gateway Fund, organización con sede en EU, dedicada a apoyar el esquema de microcréditos. Aportó 20 por ciento del capital.

Otros 16 inversionistas reunieron el resto de los recursos, entre ellos Carlos Labarthe Costas y José Luis Labarthe Hernández, integrantes de la familia fundadora del Colegio Kipling, así como Fernando Landeros, director de México Unido y presidente de la Fundación Teletón, ambas organizaciones ligadas a la Legión.




Fue tal el éxito de la Financiera Compartamos que a mediados de mayo de 2005 aumentó su capital a 379 millones de pesos. Un año después, el gobierno de Vicente Fox autorizó a Compartamos a convertirse en un banco, con un capital de 427 millones.

Lo que había nacido como una asociación altruista se convirtió en un más que lucrativo negocio.

Pasaron algunos años de jauja y el 28 de abril de 2009 ocurrió otro movimiento en la sociedad mercantil. Ese día se formalizó ante notario público el cambio de nombre de Compartamos AC –principal accionista del banco– a Promotora Social México AC.

El presidente de Un Kilo de Ayuda fue ratificado en la asamblea como presidente de la nueva organización. Se consolidaba como el vínculo directo de los legionarios en el banco.

Aunque los Legionarios de Cristo ya habían entrado en una severa crisis por la reiterada revelación de los abusos sexuales contra jóvenes seminaristas cometidos por Marcial Maciel y por la difusión de los detalles de su “doble vida”, los pobres no les fallaron.

Los créditos a las familias mexicanas de más bajos recursos y las tasas de interés y las multas por incumplimiento que Banco Compartamos les cobra, proporcionaron los recursos y el combustible para que en sólo 15 años el capital con que inició la organización se multiplicara 342 mil veces.

Para abril de 2013 Promotora Social México ya poseía 544 millones de acciones del banco –32.8 por ciento del capital –, con valor de mil 368 millones de pesos.

Los legionarios consolidaron así uno de los puntales de la trasnacional financiera en que convirtieron a la orden: en México el banco ya tiene 500 sucursales, sobre todo en zonas populares, y ha comenzado un proceso de invasión a otros países.

Su modelo de microcréditos caros a gente pobre llegó a Latinoamérica.

En 2011 abrió Compartamos Guatemala y adquirió la Financiera Crear en Perú. En puerta está la expansión a Honduras, El Salvador y Panamá, en donde ya registraron su marca.

Además, lanzó la Red Yastás, que ofrece pagos de servicios y recarga de tiempo aire, y el año pasado organizó Aterna, un nuevo servicio de microseguros.

Insiste el sacerdote Pérez Guajardo: “Por eso Maciel decía que no hay mejor negocio que los pobres”.

Eso decía Marcial Maciel, cuyos seguidores en algún momento soñaron con canonizarlo por ser un modelo de cristiandad.

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Es muy probable que las clases de ingeniería industrial a las que Luis Garza Medina asistió en la Universidad de Stanford hayan contribuido a forjar un pensamiento organizado, sistemático, como el que se requiere para controlar una intrincada red de decenas de instituciones y empresas.

Tez blanca, rasgos finos, cara alargada, peinado de raya al lado, Luis Garza Medina parece un seminarista sosegado y con cierto aire angelical, pero detrás de esa imagen se esconde un sofisticado cerebro capaz de articular complejas operaciones financieras en varios continentes.

Educado en el seno de una familia acaudalada en la que la obtención de ganancias se convirtió en un objetivo de vida, Garza Medina dio muestras del talante empresarial heredado de una de las familias fundadoras del Grupo Monterrey y a temprana edad se convirtió en una pieza clave en los planes de Marcial Maciel.




Uno de los ocho hijos del clan Garza Sada –su hermano Dionisio, el mayor de la prole, era hasta hace poco presidente del Grupo Alfa–, Luis fue acogido en el primer círculo del fundador de los legionarios muy pronto: a los 32 años ya era vicario general de la orden, un auténtico número 2 con amplísimos poderes.

Maciel Degollado no se equivocó al elegirlo. Garza Medina sacó a relucir sus dotes y fue el creador de una de las redes financiera-empresarial más redituables que jamás se hayan conocido dentro de la Iglesia católica.


La mano financiera de los Legionarios comenzó a operar a mediados de los años ochenta a través de una concentradora llamada Horizons Inc, creada en 1987 y cuya sede se encontraba en Connecticut, en donde los legionarios habían edificado su primer seminario en EU.

Con los años, se cerraron unas empresas y se abrieron otras que las sustituían. Tras la sacudida de 2006 por el escándalo de pederastia de Maciel, hubo reacomodos en la estructura empresarial de la congregación. Algunas empresas se extinguieron y fueron creadas otras, para suplir sus actividades.

En el centro de la estrategia Garza Medina colocó entonces una institución que sirve para manejar multimillonarios recursos y obtener elevadas ganancias: el Grupo Integer, el holding que opera como tesorería y a través del cual se articula el manejo de la red de escuelas, colegios y universidades que los legionarios tienen en México y el mundo.

Y utilizando al grupo como sombrilla, Garza Medina dio forma a un brazo financiero que le permitía invertir cuantiosos recursos propios y ajenos en acciones bursátiles en todo el mundo. Le puso por nombre Integer Ethical Funds (IEF), lo constituyó el 15 de mayo de 2007 y lo dotó de un capital inicial de un millón 250 mil euros.

Con oficinas en el número 1 del Boulevard Royale, en Luxemburgo, un país al que aún se le considera un paraíso fiscal para efectos prácticos, el fondo de inversión es el resultado de una alianza empresarial entre el Fidelis Internacional Institute, organización controlada por la Legión, y el banco privado Pictet, con sede en Ginebra, Suiza, una de las instituciones en las que Raúl Salinas de Gortari (hermano del ex presidente de México, Carlos Salinas) depositó millones de dólares en los años noventa.

Dirigido por dos prominentes miembros de los legionarios, el Integer Ethical Funds advierte que capta recursos para ser invertidos “con valores judeocristianos” en empresas que cumplan con esos mismos valores y que, a la vez, proporcionen “resultados financieros excepcionales”.

Garza Medina aplicó una visión única: creó el instrumento ideal para recolectar miles de millones de dólares propiedad de una infinidad de órdenes religiosas que se sentirían a gusto confiando su fortuna a lo que en los hechos es un banco de inversión con presuntos valores cristianos.

Para que no hubiera duda de ello, el IEF definió desde el arranque qué tipo de clientes quería, a los que llamó inversionistas idóneos”: fundaciones y congregaciones religiosas, organizaciones sin fines de lucro y beneficencias cristianas y organizaciones “conscientes de valores éticos”.

Una vez obtenidos los recursos, el IEF se encargaba de invertirlos en acciones de empresas, en valores gubernamentales e incluso en mesas de dinero y mercados de divisas.



Y fijaba, paradójicamente, nueve “principios éticos” que guiaban sus políticas de inversión. Según ellos, los fondos nunca servirían para comprar acciones de empresas que estuvieran vinculadas con “violencia contra la vida humana e instrumentalización de la procreación” o con la “violación de los derechos de los trabajadores”.

Aún más, en lineamientos aprobados por Marcial Maciel, establecían que tampoco se destinarían los fondos a empresas ligadas “con el desarrollo, producción y venta de armas”, ni que tuvieran “relación con la pornografía”, o que indujeran al “consumo inmoderado de alcohol y tabaco”.

Ni tampoco, por supuesto, a aquellas que se les relacionara con “fraude, lavado de dinero, corrupción y actividades similares”.


Y en cuanto a la posibilidad de destinar las ganancias a obras sociales, el fondo era muy claro: el fondo puede donar hasta un 5 por ciento de sus ganancias anuales a instituciones sin fines de lucro, siempre y cuando el rendimiento sobrepase las metas establecidas por más de 5 por ciento.

Los principios éticos no fueron atendidos, pues tan sólo en 2010 Integer Ethical Funds invirtió más de medio millón de dólares en la cervecera Heineken, mientras que otro fondo de beneficio legionario con sede en Estados Unidos compró acciones en 14 empresas productoras de bebidas alcohólicas de todo el mundo.

Como si atendieran la indicación de Maciel, los legionarios también invirtieron en empresas que tienen algún vínculo con la pornografía, como Liberty Media, que entre sus compañías tiene a MobileStreams, una proveedora de servicios de Internet que ha mantenido acuerdos de licencia de contenidos con Private, Playboy y Maxim Magazine.

En 2006, cuando los Legionarios adquirieron un paquete de acciones de Liberty Media, su subsidiaria MobileStreams firmó un acuerdo con Private, líder mundial en la industria de la pornografía, para el desarrollo y distribución de entretenimiento para adultos a través de TV y telefonía móvil.

La cartera de inversión de los legionarios también incluyó a la industria de la guerra. A través de Integer Ethical Funds, se adquirieron acciones en Ametek Inc., que tiene una división aeroespacial y de defensa que provee de insumos a fabricantes de aviones de combate en Estados Unidos y en Japón.

Mientras que un fondo de caridad heredado a los legionarios compró acciones en al menos 12 empresas vinculadas a la industria bélica, entre ellas United Technologies Corporation (UTC), que fabrica aeronaves y misiles, y Textron Inc., el mayor productor mundial de bombas de racimo.


Tal como anticipaba Maciel, las inversiones en armas y porno redituaron utilidades a la Legión.


Continuará
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