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90 millones de indigenas muertos desde la conquista



90 millones, los indígenas muertos tras la conquista

Mucho se ha dicho de la audacia de Hernán Cortés y de sus capitanes para derrotar a un ejército indígena que lo superaba numéricamente. Sin descartar estos elementos subjetivos, hay dos factores que se deben considerar como decisivos en la derrota de las huestes de Cuauhtémoc:

las diferencias en cuanto al empleo del hierro y el caballo, y su aplicación en movimientos tácticos militares que usaron los españoles, producto de su experiencia en la guerra contra los árabes y en las cruzadas; esto por un lado y, por otro, un elemento decisivo lo constituyó la aparición de nuevas enfermedades en América.



Alguna vez José Luis Martínez comentaba a quien esto escribe que derrotar a los europeos hubiese sido muy fácil para los mexicas, bastaba con haber rodeado el palacio donde estaban como huéspedes Cortés y los suyos, y haberlos dejado morir de hambre. Sin embargo,

reflexionaba también el autor de Hernán Cortés, que eso no estaba en la concepción de la guerra de los indígenas.

Una vez que los españoles fueron rechazados y huyeron hacia Tlaxcala, los indígenas quedaron convencidos de que aquellos no regresarían. Cuando en realidad preparaban un contrataque, donde la técnica iba a jugar un papel decisivo: el uso del bergantín y de los modos de navegación, dio una mayor movilidad al ejército español y potencia de fuego, al emplazar cañones en los navíos aparte de los arcabuces que empleaba la infantería. Frente a los cuales los mexicas opusieron canoas, arcos y lanzas, como se estilaba en los combates en la laguna.

En ese tiempo comenzó a darse un fenómeno extraño para la población nativa: La peste se extendió por la ciudad, la cual fue bautizada como hueyzáhuatl o hueycocoliztli, y todo parece indicar que fue una epidemia de viruela, enfermedad totalmente desconocida en estas tierras.
Refiere Miguel León-Portilla en el capítulo XI de su Visión de los vencidos respecto a la peste: "Era muy destructora enfermedad. Muchas gentes murieron de ella. Ya nadie podía andar, no más
estaban acostados, tenían que guardar cama. No podía nadie moverse, no podía volver el cuello, no podía hacer movimientos de cuerpo; no podía acostarse cara abajo, acostarse sobre la espalda, ni moverse de un lado a otro. Y cuando se movían algo, daban de gritos. A muchos dio la muerte pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos."



Esta peste duró 60 días, días funestos que mermaron a los mexicas; la enfermedad se extendió muy rápidamente al resto de Mesoamérica: se sabe que llegó a Guatemala, pasó a otros países de Centroamérica, y hasta el sur del continente americano.

Se dio el caso de que fue conocida en el Perú antes que los mismos españoles llegaran. Los incas tenía una forma de llamarla que hacía ver su perplejidad ante el fenómeno: "los granos de los dioses". Se cuenta que entre las víctimas estuvo Huayna Cápac (1524), padre de Atahualpa y Huáscar.





Aparte de esta peste como la llama León-Portilla se sucedieron otras enfermedades contra las cuales la población aborigen no tenía defensas biológicas. Algunas de ellas se repitieron varias veces: En 1529 se produjo una epidemia de sarampión que recorrió el continente; en 1545 apareció el tifus o 'influenza'; en 1558, la gripe; en 1563, la viruela; en 1576, tifus; y en 1588 y 1595 de nuevo apareció la viruela.

Todas estas epidemias provocaron la peor catástrofe poblacional de que se tenga memoria en América: La población indígena descendió de 65 millones a 5 millones, entre los años que corren de 1550 a 1700.

Las cifras en cuanto a número de habitantes en América siguen siendo un campo de polémica. Los historiadores hispanistas aseguran que la población indígena era de 11 a 13 millones en el tiempo en que ocurrió el descubrimiento; cifra calculada por el investigador Rosemblat en 1954.

De otra parte, la corriente indigenista, sobre todo de la escuela de Berkeley, da la cifra de entre 90 a 112 millones. No obstante, nuevas ponderaciones hacen suponer en el presente que en América existían unos 80 millones de habitantes hacia 1492. De esta cantidad, las tres cuartas partes (unos 65 millones), corresponderían al territorio que luego fue Hispanoamérica. Sus grandes centros poblacionales eran el imperio inca, con cerca de 30 millones, y el mexica con unos 20. Pues bien,



hacia 1700, siglo y medio después, este total se había reducido de manera dramática a cinco millones; lo que representa la desaparición de 60 millones de indígenas, unos 400 mil cada año.
Estas cifras se pueden comparar con el número de muertos resultado de la segunda Guerra

Mundial. De esta conflagración tampoco se tienen cifras exactas en cuanto a los decesos. Sin embargo, la ONU hace un balance de este modo: 50 millones de muertos en total. Entre los que cabe destacar a la Unión Soviética con 20; Alemania, 7; Polonia, 6; Japón, 2; y 1.5 corresponderían a Yugoslavia.



FIN DEL BOST

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