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A bordo de un gigantesco portaaviones, en guerra con el ISIS





Al filo de la medianoche, una última oleada de cazas Rafale regresa de una misión en Irak. Los pilotos aterrizan en el portaaviones francés Charles de Gaulle, en la oscura noche del Golfo, tras cinco horas de vuelo bajo tensión.

En algún lugar entre Arabia Saudita e Irán, las sombras del personal de cubierta se deslizan entre los cuatro aviones franceses que acaban de aterrizar "a ciegas", guiados por un radar.

El Charles de Gaulle finaliza así su primera jornada de operaciones contra el grupo Estado Islámico (EI) como la había empezado, a toda marcha. Se llevaron a cabo tres tandas de despegues desde la mañana, esto es, 12 aviones enviados hacia Irak. Todos regresaron sanos y salvos unas horas después.

Los militares experimentan un estrés muy distinto al de los entrenamientos de las últimas semanas.



Los aviones están armados, los pilotos, sometidos a una presión más intensa, y los aterrizajes son más complicados que nunca.

"Un aterrizaje nunca es sencillo, sobre todo, después de un vuelo bastante largo a tus espaldas. No es fácil permanecer durante horas con las piernas dobladas en la carlinga. También es un trabajo extremadamente cerebral", explica Jules que, desde la cubierta, ayuda a los pilotos a encarar la pista en la última fase de su aproximación.

La tripulación quiere mantener el anonimato. El temor a ser identificados por los yihadistas, a través de las redes sociales, está en mente de todos, tras los atentados de enero en París.

Las imágenes del piloto jordano capturado y quemado vivo por el EI sobrecogieron a más de uno, aunque muchos prefieren esconderse detrás de una respuesta manida: "el riesgo es parte del oficio". Una vez catapultados, los Rafale y los cazabombarderos Super ɐtendard alcanzan la zona de operaciones en hora y media de vuelo. Sobrevuelan luego Irak en misiones de reconocimiento de tres horas, en busca de blancos potenciales o de ataques en apoyo de las fuerzas iraquíes.



"Los pilotos también se detienen con frecuencia para repostar. Toda una red de aviones cisternas operan sobre Irak, lo que permite aumentar la duración del vuelo y la presencia en la zona", explica el contralmirante Eric Chaperon, al mando del grupo aeronaval formado en torno al Charles de Gaulle.

Antes de lanzar una bomba, el piloto entra en contacto con la autoridad de control de la coalición internacional, que autoriza o no el ataque.

A su regreso, los pilotos deben extremar las precauciones. Un aterrizaje fallido puede, en el mejor de los casos, perturbar la planificación de los aviones que llegan detrás, y en el peor, acabar con el aparato estrellado contra el agua.

Un marino escruta el horizonte con unos prismáticos, ante la vuelta de los Super Étendard. "Tren, flap, gancho", grita a los oficiales de aterrizaje.

El avión está listo para aterrizar. Tras alcanzar la cubierta, deberá engancharse en el cable de parada suspendido a la pista, con la ayuda de un gancho, para detenerse en seco. En una superficie tan amplia como una pista de tenis, se trata, sin duda, de una proeza de pilotaje.











































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