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Absurdos, impericia y teorías conspirativas

Combo explosivo: absurdos, impericia y teorías conspirativas





Hablar de inflación, seguridad o de la caída del empleo, resulta hasta cansador. Seguramente, estimado/a lector/a, no es algo que lo sorprenda ya que se palpa y se ve en la realidad cotidiana. Es algo tan evidente como decir que la tierra gira alrededor del sol o que el agua es inodora, incolora e insípida.

Claro que para muchos kirchneristas, que se están volviendo fundamentalistas del relato, si mencionamos o realizamos algún tipo de crítica en torno a estas problemáticas es porque somos buitres, antipatrias, cipayos, golpistas, integrantes de K.A.O.S (la organización enfrentada contra el Superagente 86), invasores extraterrestres o vaya a saber que otra categoría elemental inventada por las mentes afiebradas que pululan por la Casa Rosada. Estos inventores de teorías conspirativas son los mismos que le aplauden a la Presidenta absolutamente todo lo que dice e intentan reducir la realidad a un esquema binario-maniqueísta, donde hasta la más mínima disidencia debe ser condenada.

El pobre de Santiago Montoya, el titular del Grupo Bapro, sufrió en carne propia esta situación en la semana que pasó. Cometió el “pecado” de decir que hay inconsistencias económicas que deben ser atendidas, como la inflación y la suba del dólar. Sólo eso bastó para que el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, le dedicara una parte importante de su habitual conferencia de prensa matutina –que se ha reducido a un espectáculo aburrido para intentar justificar lo injustificable– para maltratarlo, acusándolo de ser una suerte de Patrón del Mal que pasó a militar en las filas de la oposición. Eso no fue todo. Detrás de Capitanich, salieron en fila varios intendentes bonaerenses, monigotes de la Casa Rosada, a reclamarle a Daniel Scioli que le pida la renuncia a su funcionario ante tamaña osadía.

Lo que está sucediendo es una copia burda y barata de lo que ocurría del otro lado de la cortina de hierro, en el sistema soviético que estalló por los aires a fines de los años 80. En los países europeos que formaban parte de ese régimen, el Estado era una suerte de Gran Hermano que pretendía controlar hasta el más mínimo detalle de sus ciudadanos. Cualquier semejanza con la AFIP, que ahora quiere que se le informe hasta la variación del peso de la valijas que llevan los turistas argentinos que se van al exterior, es una mera coincidencia. No es algo de nuevo. Los controles asfixiantes, inspirados en alocadas teorías conspirativas, están llegando a su máxima expresión en Venezuela. Allí el chavismo anunció hace algunos días que el país caribeño está siendo víctima de “una guerra bacteriológica”. No fue un comentario aislado o una humorada. Lo dijo en un mensaje trasmitido por cadena el propio Nicolás Maduro, el mismo que cuando era candidato a presidente afirmó que el fallecido Hugo Chávez se le apareció en forma de un “pajarillo chiquitico” para aconsejarlo. En definitiva, hacerle caso a un ave imaginaria y creerse la reencarnación de una arquitecta egipcia es prácticamente lo mismo.

Ahora bien, mientras CFK y sus seguidores hacen crecer el relato a límites insostenibles, y hasta terminan creyéndose sus propias mentiras, las noticias económicas no son para nada positivas. El dólar blue terminó la semana en niveles record y en la Casa Rosada, para intentar contenerlo, no tuvieron mejor idea que endeudar a un más al país emitiendo un bono a dos años por $10 mil millones, para intentar absorber una parte de la enorme emisión monetaria que ha reducido a la moneda nacional a mero cartón pintado. La movida solamente le sirvió un día: el viernes pasado tuvieron que recurrir a un nuevo manotazo de ahogado, haciendo subir el dólar mayorista.

Todo indica que, más temprano que tarde, el gobierno terminará aplicando una nueva devaluación, como la que se instrumentó en enero y que llevó a que ahora nuestro país forme parte del top ten de las naciones con más inflación, al superar el 40% anual. Quizás Axel Kicillof, el ministro estrella del kirchnerismo, que el viernes pasado estuvo en La Plata luciendo un casco de ingeniero, se esfuerce un poco más y en el corto plazo podamos alcanzar a Venezuela, donde la inflación se ubica por encima del 60%. En el país caribeño, el billete de más alta denominación (Bs 100) alcanza sólo para comprar 1 dólar, precisamente, el billete de más baja denominación de Estados Unidos.

Finalmente, la frutilla del postre de la semana fue la pelea simultánea con Alemania, la principal potencia europea, y Estados Unidos, la nación más poderosa de la Tierra. Lejos de quedarse con los brazos cruzados, representantes de ambos países salieron a responder las sandeces de los funcionarios K, que buscan echarle la culpa de todo lo que sucede en nuestro país a factores exógenos, ya sea los fondos buitres o gobiernos extranjeros. En otras palabras, las bravuconadas de Cristina y de sus acólitos seguidores, queriendo lavar culpas por la situación de default en la que se encuentra el país, cuando la cesación de pagos fue el resultado de la impericia y de la falta de profesionalismo del elenco gobernante, ya no se sostiene.

Se viene un fin de año complicado, en un contexto socialmente explosivo resultado de una crisis que está llevando a que sean cada vez más los argentinos que, diariamente, pasan a engrosar las filas de la pobreza y de la marginalidad.
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