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After school: Entre la casa y el colegio

Paola Neira (41) corre todo el día. Es la segunda mujer gerente de Gestión y Marketing de la empresa Gallyas Telecom S.A. y mamá de dos niños: Antonia, que está en primero básico en el colegio The Kent School, e Ignacio de cuatro. Está casada hace ocho años y cuenta que sólo en traslados gasta una hora y media al día. Su rallycotidiano pasa por tres comunas: su casa en Peñalolén, la empresa ubicada en Conchalí y los colegios en Providencia.




Cuando tuvo a su primera hija supo que no podía dejarla con los abuelos: “Ellos ya habían cumplido su labor con nosotros y en casos eventuales hemos recurrido a su ayuda”. La opción número uno era tener una niñera pero no tuvo una buena experiencia y por su casa pasaron 10 nanas. Colapsada, hubo días en que no rendía como profesional, ni como madre y esposa: “Nada funcionaba como yo quería y la excusa era: ‘es que la nana’”. En ese momento se dijo: “Si estudiaste un master en administración de empresas, ¿por qué no aplicas lo mismo en tu casa?”. Y eso hizo. Contrató un staff de maestros de confianza para las labores de aseo y jardín. Pero ¿qué pasaba con sus niños? Una amiga le comentó que tenía a los suyos en un “after school”. Sin saber mucho de qué trataba, partió a conocerlo y descubrió que era la fórmula perfecta para ella. Su pequeña Antonia lleva un año asistiendo y Paola dice que desde entonces trabaja tranquila.

Los “after school” aparecieron en Chile en 2013. Son establecimientos nuevos, privados, no regulados por la Junji porque no evalúan a los niños ni siguen programas educacionales. Conocidos como clubes infantiles o “segundas casas”, atienden a menores de entre cuatro y ocho años a partir de las 12.30 hasta las 19.30. Las cuidadoras son educadoras y psicopedagogas que los ayudan a hacer las tareas o trabajos escolares y refuerzan los hábitos de estudio.
Las directoras de los establecimientos considerados en este artículo tienen en común que empezaron su negocio después de tener que resolver la misma pregunta que se hacen sus apoderados: ¿Con quién dejarlos? ¿Nana o me quedo en la casa? Saben que los padres corren para cumplir con sus compromisos y que en muchos casos los papás o mamás no alcanzan a llegar a hacer las tareas con los niños, o que están intranquilos porque están solos con una empleada viendo televisión o pegados a los juegos electrónicos. Entienden de tacos, paros de colegios, vacaciones que no calzan con las de la oficina, enfermedades y diversos horarios del sistema escolar y son más baratos que tener a una persona en la casa, ya que las matrículas van desde los 38 mil hasta los $100 mil pesos y las mensualidades cuestan entre 100 y 150 mil pesos.
Los “afterschool” son el resultado de una mayor incorporación de la mujer al trabajo y de que muchas de ellas no cuentan con redes de apoyo estables. Si en los 80 los niños cruzaban las puertas de los patios y se quedaban tardes a cargo de la vecina mientras la mamá hacía un trámite, ese hoy es un lujo, más todavía para las familias que vienen de regiones a Santiago y no tienen familia cerca.
Muchos niños salen a las 12 y media del prekínder y hay que completar el cuidado de la tarde. La educadora diferencial Alejandra Martínez lo vivió con su hija Ignacia de 5 años. Ella trabaja en la Teletón y es docente de la Universidad San Sebastián. Este año Ignacia entró al Instituto de Humanidades Luis Campino y el día que sale más tarde es a las tres y media mientras que su madre se desocupa dos horas después. Como su familia y el papá de la niña viven en la Quinta Región, su mejor opción fue un “after school”.
Las personas que apuestan por este modelo tienen un perfil bien definido: son generalmente mujeres, profesionales de entre 35 a 45 años, casadas, separadas o solas que trabajan media jornada o jornada completa con horarios poco flexibles y han pensado en dejar sus puestos de trabajo para quedarse con sus hijos.
En la calle Alberto Magno 1421, a pasos de Manuel Montt y Eliodoro Yáñez, hay un letrero chiquito con un arcoiris. Una escalera larga y delgada llega a un hall y donde un grupo de niños juega con disfraces. Muchos tienen insignias de colegios como el Universitario Salvador y el The Kent School. Algunos juegan con almohadones, otro lee un cuento y en una salita un pequeño almuerza. Es el “after school” Huepil dirigido por Andrea Villagra, ingeniera informática, y Evelyn Rojas, educadora y sicopedagoga.
Andrea cuenta que cuando su hija estuvo en sala cuna trabajó tranquila en muchas partes. Luego vino el jardín infantil y llegó el minuto que entró al colegio donde la jornada se redujo y se dio cuenta de que, como ella, había muchas mamás que necesitaban un lugar donde tener a sus hijos durante la tarde. Revisó experiencias en el extranjero, sacó patente como casa de estudio, remodeló el segundo piso de su casa, contrató a un experto en prevención de riesgos y definió espacios bien diferenciados para los preescolares y los niños de primero a cuarto básico. Partió en marzo del 2013 con la primera integrante: su hija. Más tarde se sumaron los niños de conocidas y amigas, el boca a boca ayudó a que creyeran en ella y hoy tiene 23 niños. Lo que ofrece es un plan para hacer las tareas, reforzar materias, y actividades que van desde cocina, expresión corporal, inglés, baile, paseos a museos, ver películas, taller sobre las emociones dirigido por una sicóloga u obras de teatro. Los niños tienen normas como, por ejemplo, que los celulares se mantienen guardados, salvo excepciones como que una niñita se comunica con su papá que vive en el extranjero. Su proyección es ambiciosa: Andrea apuesta tener cinco centros y un sexto con fines sociales en Peñalolén. “Estoy consciente de que tengo a cargo tesoros, aquí llegan papás que ni se hablan entre ellos, pero están involucrados en el desarrollo de sus hijos, por eso conversamos, les contamos qué estudiaron, si sus hijos anduvieron tristes o contentos. A la hora de la salida me guardo una ventanita para esperar a la mamá que se atrasó, tampoco es tan terrible porque yo vivo acá”.
María Paz Villafranca es enfermera administrativa, trabaja de 9.00 a 17.00 horas, es casada y tiene dos hijas: Josefa de 5 y Amanda de 7 que estudian en el Andrée English School. Un día decidió no tener más nana y buscó una fórmula que se ajustara a sus necesidades. Le recomendaron el after Play and Learn, ubicado en Luis Vivanco 7320 en La Reina. Las niñas probaron durante el verano y la experiencia fue tan buena que las matriculó el año completo.
Este “after school” está dirigido por la educadora de párvulos Rosita Lamas que tiene una década de experiencia en sala y es mamá de Matías de 7 y Catalina de 4. La casa donde funciona el after es su casa que acondicionó con baños para los pequeños y espacios adecuados. Rosita recuerda que partió con dos niños y ahora suman quince. Son hijos de mamás que le recuerdan cuando ella funcionaba como loca entre la oficina y su hogar. “Yo lo viví, sé lo que se siente”, explica. “Déjamelo a mí”, les responde a las madres desesperadas que le piden ayuda cuando sus empleadas se atrasan por problemas del transporte público o simplemente no pueden llegar.
Su objetivo es tratar a los niños como si estuvieran en sus casas: si toman una leche en particular se les da esa leche de la forma que ellos están acostumbrados. María Paz Villafranca la siente como una amiga, que le comunica detalles como que les puso bálsamo labial a las niñitas porque vio que tenían los labios partidos. “Es como una segunda mamá”, concluye.
En Regina Pacis 715 en Ñuñoa una casa blanca acoge el mundo de Ansuz uno de los únicos “after school” en el que la dueña no vive ahí. Funciona desde el año pasado y es liderado por Jimena Vera, ingeniera civil industrial, mamá de dos niños. Trabaja junto a su socia Romina Araya, educadora de párvulos con postítulo en trastornos específicos del lenguaje, y Carla Silva, técnico en párvulos y estudiante de educación diferencial con mención en trastornos del lenguaje. Ellas han estudiado el crecimiento de estos establecimientos y quieren que sean regulados. “Sé que un día esto se va a salir de las manos”, dice Jimena y cuenta que ha mandado cartas al Ministerio de Educación buscando tener un respaldo. Ahora funciona con patente de servicios profesionales: “Lo único que me exigieron fueron los títulos de mi socia, que es educadora, y los certificados del Ministerio y de la Junji que no los regulaban”, cuenta Jimena.
El sello de Ansuz es tener una infraestructura rica en espacios, una comunicación vía WhatsApp con los papás. La casa está disponible desde temprano y en vacaciones de invierno y verano. Su objetivo es abrir una segunda sede en Santiago Centro e incluso expandirse a otros países. La rutina que ofrecen varía: los pequeños llegan, se les calienta el almuerzo, descansan, completan sus guías de trabajo, los más chicos con menos tareas refuerzan lo que aprendieron en sus colegios y luego juegan y participan en talleres.


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