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Ahora Podes Imprimir tu Comida - wtf?

Imprimí tu comida



























Tan solo presiona un botón y, en minutos, podrás tener en tu plato hamburguesas, ravioles o pastelitos. Las impresoras de comida prometen cambiar la manera en que cocinamos. ¿Serán estas los electrodomésticos del futuro?

Quo México/España. Julio 2014.

Su nombre suena a Houdini, como el ilusionista húngaro que dejó con la boca abierta a medio mundo a principios del siglo XX con sus impresionantes espectáculos de escapismo. No es casualidad. A este showman y a una máquina llamada simplemente Foodini los une la magia, la misma capacidad para provocar asombro. Cualquiera que ve a este artefacto con forma de caja en acción siente su poder y su potencial. Desarrollada por la empresa Natural Machines de Barcelona, Foodini es una impresora 3D de comida. Y viene a revolucionar las cocinas.

El último artefacto que se coló entre ollas y sartenes y provocó una gran conmoción en el arte de cocinar fue el horno microondas. Creado en 1947 por el ingeniero Percy Spencer, las primeras unidades eran aparatosas, enormes. Tuvieron que pasar varias décadas hasta que el microondas doméstico se convirtiera en una opción mayoritaria. Las ventas despegaron en 1967 cuando los fabricantes consiguieron bajar de los 500 dólares el precio por unidad. Recién en 1975 los hornos microondas superaron en Estados Unidos en ventas a las estufas de gas.

Ahora, las impresoras de comida pretenden cambiar la manera en que comemos. Otra vez. Y ser el “electrodoméstico del futuro”. El funcionamiento de Foodini es sencillo. Tiene seis cápsulas o compartimientos donde se cargan los alimentos. A través de una aplicación para smartphones o tabletas, se programa una receta y la máquina se encarga de combinar capa por capa los ingredientes almacenados en las cápsulas. Por ejemplo, si se quiere cenar ravioles, sólo hay que distribuir la masa en los compartimentos, presionar unos botones y listo: Foodini se encarga de mezclar los ingredientes y darle forma y dejarlos listos para llevar el plato al horno.

"Queremos ser como el Nespresso de los pasteles, vender la máquina y la pasta para producirlos —dice Emilio Sepúlveda, uno de los tres fundadores de la empresa Natural Machines que la comercializa a 1300 dólares—. Se pueden hacer galletas, cremas y capas de pasteles decorados".

Con conexión a Internet, permite además que los usuarios tuiteen en directo el plato que acaban de preparar. El objetivo, señalan sus creadores, es crear una comunidad global de usuarios que compartan sus diseños gastronómicos, comida con las más diversas formas.

Pero la Foodini no está sola. A 30 años de que el estadounidense Chuck Hull inventara la primera impresora 3D —una tecnología con la que ya se pueden imprimir orejas, vasos sanguíneos, riñones, piel, vejigas, huesos, ropa, guitarras, violines, flautas, automóviles, armas, lo que sea—, de a poco están surgiendo nuevos contendientes. Como las impresoras ChefJet de la empresa 3D System que reproducen las más diversas figuras utilizando chocolate, azúcares o diversos sabores comestibles. La máquina distribuye finas capas de azúcar que se rocían con agua. Permite, por ejemplo, hacer postres personalizados: chocolates con forma de estrellas o caramelos cúbicos.

"La comida es una plataforma increíble para la creatividad y la experimentación", cuenta Liz von Hasseln, directora creativa de la compañía que también desarrolló un software bautizado The Digital Cookbook para diseñar desde una computadora la forma de los alimentos.

Con estos nuevos electrodomésticos podríamos imprimir un pastel con la forma que queramos para honrar al cumpleañero o cumpleañera –un balón de fútbol, una muñeca— o diseñar bocadillos de verdura con la silueta de un dinosaurio para los niños no tan fanáticos de los vegetales.

Nuestra idea de comida está a punto de cambiar. Es lo que piensan en el Laboratorio de Máquinas Creativas de la Universidad de Cornell en la que están desarrollando un prototipo capaz de producir pequeños nuggets con forma de transbordador espacial. O pasteles y galletas que, cuando se muerden o cortan, revelan un mensaje especial dentro. Incluso hamburguesas hechas de alimentos veganos o crudos. A esta impresora se la conoce como CCML y utiliza tintas de alimentos comestibles en estado líquido, así como también masa de chocolate fundido, queso o galletas.

Sin embargo, es la NASA la que más impulsa esta tecnología, un nuevo paradigma culinario: la agencia espacial imagina un futuro en el que los astronautas impriman su propia comida en el espacio o en un no muy lejano viaje a Marte. Y así no depender tanto de los envíos de alimentos desde la Tierra. Con ese fin contrataron a Anjan Contractor, un ingeniero de la empresa Systems and Materials Research Corporation de Austin, Texas, para que con una inversión de 125 mil dólares desarrolle una impresora 3D capaz de reproducir alimentos. Algo así como un sintetizador de alimentos universal. El artefacto estaría compuesto por cartuchos de polvo reemplazables, con una vida útil de 30 años. Por medio de la combinación de esos cartuchos se podría obtener potencialmente una amplia gama de alimentos. Por ejemplo, pizzas compuestas por tres capas de polvos nutritivos, aceite y agua y un sabor muy picante. Es entendible: en órbita los astronautas pierden un poco el sentido del gusto y reclaman alimentos con sabores bien fuertes. “Tendremos que cambiar nuestra percepción de lo que consideramos comida”, afirma el ingeniero Anjan Contractor.

Pero más que las nuevas texturas y formas asombrosas que pueden adaptar los alimentos con esta tecnología —como los chocolates personalizados o “Mini-you” que realiza la compañía británica Rococo luego de escanearnos de pies a cabeza— muchos de sus futuros usuarios la adquirirán para mantener la figura. Creado por científicos de Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), el prototipo Digital Fabricator, por ejemplo, consiste en una impresora personal de alimentos capaz de realizar comidas con la exacta cantidad de calorías deseada por el usuario. A través de una pantalla táctil se pueden establecer los parámetros calóricos de los alimentos a imprimir capa a capa, tales como el contenido de carbohidratos y grasas.

No es la primera vez que la alimentación y la tecnología unen fuerzas. La gastronomía molecular dejó su marca, pese a que aún la utilización de nitrógeno líquido y jeringas en la elaboración de platos sea un lujo que sólo se pueden dar aquellos con el dinero suficiente para desembolsar una fortuna en cada visita a alguno de los restaurantes de chefs vanguardistas como Ferran Adrià o Nathan Myhrvold.

Aunque parezcan mundos aparte, la historia de la alimentación es en gran parte la historia de la tecnología. Nuestras cocinas deben mucho a la brillantez de la ciencia y el cocinero que experimenta recetas no dista mucho del químico en su laboratorio. Los utensilios de cocina —tenedores, cuchillos, cacerolas, heladeras, batidoras y muchos etcéteras— no aparecen de la nada ni de forma aislada. Ni son objetos neutrales. Cambian según el desarrollo del contexto social. Como dice la historiadora inglesa Bee Wilson en su genial libro Consider the Fork: A History of How We Cook and Eat, los inventos en la cocina han modificado a los seres humanos. Han transformado el cómo de la cocina y también el qué. A lo largo de la historia, los cambios en los utensilios han ido de la mano de inmensos cambios sociales: influyen en qué comemos, en cómo comemos y en cómo nos sentimos en relación a lo que comemos.

Por el momento en desarrollo y confinadas a ferias y laboratorios, las impresoras 3D de comida son el último grito de la moda tecnológica. Sin embargo, es muy probable que cuenten con resistencias, como ocurre con cualquier tecnología que asoma con la promesa de cambiarlo todo. Muchos consumidores siguen considerando el microondas una forma insólita de cocinar. Según un estudio de mercado británico, el uso más común que se le da es el de recalentar alimentos más que cocinarlos. Es que, más allá de sus características, no tienen la mística ni eficiencia social del fuego. Nadie se sienta alrededor de un microondas a contar historias a la noche mientras se va dorando la cena.

Aún así siguen surgiendo artefactos mágicos. La creatividad humana no tiene límites. Y de instalarse en nuestros hogares en un futuro no muy lejano, seguramente las impresoras de comida alentarán toda clase de modificaciones. Incluso en nuestros paladares y estómagos.



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