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"amigos la noche esta en pañales"

Arctic Monkeys: "Amigos, la noche está en pañales"






La banda británica desplegó toda su magia en una noche a puro rock en el Personal Fest.



isten momentos consagratorios en la carrera de un artista que sólo unos cuantos de miles de personas pueden apreciar. No los que se quedaron en casa, o los que decidieron no ir, o los que simplemente no se animaron apostar. Sólo aquel puñado de almas privilegiadas que, con confianza ciega, asumieron el rol de formar parte de la historia.

Luego de una primera visita exclusiva para fanáticos, el 24 de octubre de 2007 en el Luna Park, y tras el show que brindaron en 2012 como teloneros de Foo Fighters, en el marco del Quilmes Rock, los Arctic Monkeys necesitaban una tercera oportunidad para terminar de convencer a los oídos sudamericanos.

El disco AM (2013), su quinto trabajo de estudio, era la excusa perfecta para volver a cruzar la línea del Ecuador y traer en la mochila el concepto final de los de Sheffield. Final, pero no definitivo.

Porque estos jóvenes ingleses juegan a eso: a mutar. Porque pasaron del acné rabioso de los primeros días, a dejarse el pelo largo y usar remeras de Black Sabbath, y hoy, a tan sólo 12 años de comenzar a tocar, son el cuero y el hipnótico jopo a lo Elvis de Alex Turner los que marcan el pulso sonoro de la banda.

El festival de las marcas

El sábado por la tarde, la esquina de Dorrego y Figueroa Alcorta se convirtió en el punto de encuentro de miles de personas de todas las edades que, con entrada en mano y luciendo alguna remera rockera, aprovecharon la intersección de las dos avenidas para empezar a vivir la primera jornada de la décima edición del Personal Fest.

Las puertas del club GEBA sede San Martín abrieron temprano, pero recién cuando el sol empezó a caer, los fanáticos que se habían quedado en las inmediaciones del predio -aprovechando el vasto espacio verde que ofrecía la zona, y la cerveza helada que sólo se vendía afuera del club-, ingresaron a GEBA con la extrema necesidad de que se hagan las 22:30: la hora del plato fuerte.

Adentro, una pasarela llena (que en el final del show complicó demasiado el éxodo) de stands con juegos, famosos, premios y otros chiches tecnológicos bombardeaban a los transeúntes con marcas, productos y tendencias. La primera arcada libre llevaba al Escenario Play, destinado para las bandas emergentes. Unos cuantos metros más adelante, se encontraba la segunda arcada, que conducía directamente a los dos escenarios principales: el Personal y el Samsung.

A las 18:15, Maxi Truso y su electropop movedizo, fueron los encargados de comenzar a encender al público desde el escenario principal. Mientras a su derecha, en el escenario Samsung, James McCartney se preparaba para dar un show en formato power trío que, lejos de las melodías suaves y poperas de su padre, sorprendió con un rock entre sucio y alternativo que se animaba al grito y la distorsión. Nada nuevo, pero en este ambiente el apellido pesa.

La noche de los monos

El sol se escondió en el momento justo, cuando salió al escenario Echo & The Bunnymen, la banda de Liverpool (por si le faltaba más acento británico a la jornada) que está tan añeja como experimentada, y que maravilló con un recital preciso, oscuro, acalorado y de una altura difícil de alcanzar.

Una de las postales de la noche fue Ian McCulloch, de Echo & The Bunnymen, cantando y exhalando humo de tabaco en "Lips like sugar", uno de los hits indiscutibles de la banda que viene militando en la música desde 1978.

Pasadas las 21, un par de ojos rojos invocaron a todo el público del Personal Fest, para asistir al enérgico show de The Hives, los suecos que, con estricto traje blanco, intentaron robarse la noche a fuerza de hits, velocidad y un spanglish del cantante Howlin' Pelle Almqvist que, por momentos, se volvía insoportable.

Pero lo que todos esperaban llegó recién a las 22:30, cuando el molesto campo vip que ocupaba la mitad del público, ya había obligado a todo el resto de los fanáticos a agolparse a varios metros del escenario para intentar ver aunque sea un poco del show.

Empujones, caídas, bajones de presión, desmayadas y desmayados, calor, transpiración y mucha expectativa. Todo eso pasó antes de que suenen las primeras notas de "Do I Wanna Know", la canción que abre AM y que, últimamente, los Arctic Monkeys están utilizando para dar el puntapié inicial de sus shows.

Desde las pantallas, todo se transmitía en escala de grises, y a la espalda de los músicos, la frecuencia sonora representada en la tapa de su último disco, se iluminaba al compás del bombo de un Matt Helders que se apareció en la Argentina con la cabellera rapada y terminó el show completamente transpirado.

La lista de canciones conservó el espíritu de toda la gira sudamericana de los monos de Shiffield, que supieron cortejar a su público con (no una sino) dos vueltas de las primeras estrofas de "Mardy Bum", quizás una de las favoritas de los fanáticos.

Un Alex Turner tan engominado, como consciente de su papel de frontman de la banda, le regaló a los argentinos algunas sonrisas, algunas sinceras reverencias y hasta unas cuantas frases en un castellano hilarante. "Amigos, la noche está en pañales", disparó en medio del recital, y expresó en esas seis palabras todo el concepto actual del grupo.

"Cornerstone" en formato acústico, "Library Pictures" en clave super rockera o "505", que llevó a todo el público al punto más alto de inconsciencia colectiva, fueron algunas fotos inolvidables de la noche.

La mutación los llevó a lo que son ahora: firmes, propios y difíciles de comparar. Ahora queda en ellos asumir la responsabilidad que les toca, no dejar de buscar y asentarse como el nuevo gran hito del rock and roll.




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