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Amín y la sangre de aquellos ojos...

Una noche, en el hotel Catalinas Park, sucedió el asesinato siniestro que nadie en la provincia ha podido olvidar. Esta es la historia completa que detalla cómo alguien puede acribillar con odio a quien 15 minutos antes había besado.




Alguien grita en el quinto piso. En la recepción, en planta baja, creen oír algo, pero este hotel lujoso de San Miguel de Tucumán está frente al Parque 9 de Julio y, por las noches, algún ruido inesperado interrumpe la calma. Siempre hay una frenada brusca, árboles zamarreados por el viento o insultos de un borracho con ganas de pelear. Ojalá hubiera sido algo de eso.
El guardia y el recepcionista se miran otra vez. No oyeron un alarido colado por una ventana abierta; es una voz gruesa y pesada que se acerca. Se acerca, retumba en los pasillos y baja por la escalera:

-¡Mandame el ascensor! ¡El ascensor, la puta madre!

La señal del ascensor indica que alguien lo llamó del quinto piso. Pasan dos minutos y vuelve el grito desesperado. El recepcionista da un paso largo, corre por la escalera y se detiene de repente, en el descanso entre el primer y el segundo piso. Ve algo. Se queda inmóvil, petrificado, con el espanto de quien ha visto aquello que no se puede contar porque recordarlo carcome el cerebro. Hay un hombre desnudo -de dos metros de alto y 120 kilos- sentado en la espalda de una mujer acostada en el suelo, también desnuda. Rubia y desnuda. La agarra del pelo y estampa su cabeza contra el suelo, que ya es un charco de sangre. Lo hace una y otra vez. La mujer no dice nada. Sólo sangra. El camino rojo viene del piso de arriba; la arrastró por las escaleras. El recepcionista está espantado. Acaba de ver el rostro de ella: no tiene los ojos. Hay dos agujeros negros donde deberían estar las esferas blancas con círculos azules. Por ahí, ahora, chorrea sangre. El hombre mira al recepcionista y le grita: "¡El ascensor que la maté! ¡Maté a mi mujer!". Y otra vez la golpea contra el piso. El empleado del hotel cierra los ojos, los ciñe con espanto. Cuando puede abrirlos, corre al teléfono.

Aquello pasó en la madrugada del domingo 28 de octubre de 2007, la noche del sábado. Horas después, mientras los tucumanos votaban en la elección que consagró a Cristina Fernández como presidenta, el comentario de los ojos arrancados no faltó en ninguna de las mesas electorales. Los policías que trabajaron en los comicios repartieron la noticia antes de que saliera en los diarios. Y se difundió con la rapidez con que saltan los chismes en las ciudades que todos tienen, por lo menos, un conocido en común. Todos querían saber quién es el brutal asesino y por qué lo había hecho. Preguntaban, también, si había logrado escapar después de su atroz crimen.

El día del asesinato, la pareja había llegado de La Banda, Santiago del Estero, a 200 kilómetros al sur de la capital tucumana. Ambos nacieron y se criaron ahí. Él, Pablo Antonio Amín, de 24 años. Exitoso vendedor y consumidor del polvo dietético Herbalife. Robusto, gigante y morocho. Manejaba un Citroen C3, con calcos de la firma que lo había hecho adelgazar 40 kilos en cuatro meses, en 2005. Pesaba, entonces, 160 kilos. Desde que adelgazó, su vida giró en torno al producto adelgazante y tonificante. Ella, María Marta Arias. Le decían "Martita". Estudiante de tercer año de Ciencias Económicas, callada y discreta. Ya de novios, Pablo no gustaba a sus hermanos, pero no les prestaba atención. Se conocieron de chicos, cuando cursaban inglés. Tres meses antes del crimen, en una iglesia santiagueña, habían jurado amarse y respetarse para toda la vida. Y luego, entre sonrisas y mimos, se pusieron los anillos.


*****


Ese sábado de locura empezó con Pablo a los gritos con los puños en alto, en la puerta del Hotel Tucumán Center, que invitaba a pelear a otro vendedor de Herbalife, pero estaba solo, le tiraba la bronca al aire. Unas horas antes, había disertado en una conferencia en este hotel.Habló sobre la preparación de un licuado de Herbalife, y notaron que transpiraba mucho. Hacía calor. Y si el calor tucumano es insoportable por lo húmedo, más lo será para un hombre que mide dos metros, que es gordo y tiene tendencia a engordar, que usa un pantalón de vestir oscuro, que se mueve a los gritos de una punta a la otra y que quiere pelearse con un vendedor de la misma empresa. Aquel mediodía, Amín retó a las piñas a Luis Bader, de quien sospechaba que quería robarle clientes. La vereda oeste de la 25 de Mayo al 200, la puerta del hotel, fue el ring que sólo tuvo al gigante con las manos arriba, pidiendo, exigiendo, por un ausente Bader, hasta que llegó su mujer María Marta y lo tranquilizó. Bader no estuvo con Amín en la calle, ni el salón.

Los vieron irse por esa vereda angosta, entre los vendedores de películas piratas y la gente que se bajaba a la calle para poder avanzar. Él iba adelante, apurado y ella atrás a pasos largos, tironeándole la camisa. Buscaron su auto. Luego dejaron el vehículo en una estación de servicio, y según Amín, en su posterior declaración judicial, a partir de ese momento empezó a escuchar una voz interior que decía que alguien lo quería matar. Era femenina:

-Pablo, corré que te van a matar.

Huyeron, entonces, de esas amenazas virtuales durante más de dos horas, en taxis y colectivos, pero terminaron a tres cuadras donde habían empezado, en la Iglesia Catedral, frente a la plaza Independencia. Un recorrido incoherente.

La Catedral estaba bulliciosa por los llantos de los bebes que esperaban el bautismo, en la misa de las 17. Pablo y María Marta entraron apurados, quizás para callar esa voz asesina que lo perseguía, quizás para simular locura y tener testigos fieles. Se pusieron primeros en la fila. No respetaron la cola.


-Padre, bautícenos-, pidió Amín. Y el párroco José Navarro le indicó que se corriera, que esperara al costado.

-Padre, necesito que nos bautice-, repitió y le hizo señas al fotógrafo que esperaba el turno de uno de sus clientes.


El Padre, sorprendido por aquella intromisión, le tocó el rostro y el fotógrafo Fabián Amante disparó en el momento justo. Luego los buscó para venderles la imagen, pero no los encontró. Esa foto la compró el diario El Siglo por $50, tres días después. "Sé que valía mucho más, pero bueno, agarré la primera oferta", se lamenta Amante, ahora que sabe que fue la última foto con vida de la víctima del crimen más escalofriante que tuvo la provincia.

Antes de salir de la catedral, Pablo Amín tomó un trago de agua bendita. "Tenía prisa y los ojos perdidos. Su mujer lloraba", recuerda el padre que ahora es párroco en el sur de la ciudad por donde las calles son de tierra y en el verano hay que abandonar las casas por las inundaciones. Por ahí vive la niña tucumana más famosa, Barbarita Flores, que fue el icono de la desnutrición nacional en 2001.

Pablo y María Marta se separaron cuando salieron de la Catedral. Ella se asustó por el extraño comportamiento de su marido y fue a buscar a sus amigos. Él quedó solo y, en la Plaza Independencia, le pidió a un agente que lo arreste. Éste se sorprendió y llamó al móvil. Amín subió tranquilo y entró a la comisaría pidiendo agua. Le dieron un vaso y después se tiró al piso, a tomar del caño. Llegó su amigo Walter Cancino, otro santiagueño que también trabaja en Herbalife y quien decidiría, después, que se alojarían en el hotel del crimen. Pero Pablo casi no le prestó atención. Le pidió que le acercara un tacho de Herbalife y empezó a ofrecerles el producto a los policías de la guardia, mientras esperaba la llegada del comisario. Los agentes recuerdan sus palabras: "Yo bajé con estos batidos 40 kilos. En casa lo tomamos todos, mi mamá, mi mujer". Fueron los primeros en bautizarlo "El Loco Amín". Y el hombre seguía así, mientras María Marta esperaba en la vereda sin entender qué le pasaba a su marido.

-Jefe, déjeme acá. Enciérreme-, le pidió Pablo al comisario Ibáñez.
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