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Argentina 30 años de la hazaña de la expedición Atlantis

En julio de 1984, cinco expedicionarios argentinos quisieron demostrar en la práctica que una balsa con troncos y sin timón podría recorrer el Atlántico para llegar a América como tal vez lo hayan hecho los africanos hace más de 3.000 años. Pocos les creyeron y muchos se les rieron. Pero lo hicieron, y de aquella expedición heroica se cumplen 30 años, que serán recordados el próximo 3 de octubre cerca de nuestra ciudad, en Dolores, donde se gestó la proeza



El 12 de julio de 1984, cinco argentinos, liderados por el dolorense Alfredo Barragán, completaron una proeza: navegar durante 52 días en el Océano Atlántico en una primitiva balsa de troncos, impulsada por una simple vela cuadra y sin timón. Y la celebración de los 30 años de esta expedición que, según sus líderes “todavía sigue”, tendrá su momento cumbre en la histórica plaza central de Dolores el próximo 3 de octubre.
Junto a Barragán, abogado y actual secretario de turismo del municipio de Dolores y fundador de Centro de Actividades Deportivas de Exploración e Investigación (CADEI), navegaron en aquella oportunidad Jorge Iriberri, Horacio Giaccaglia, Daniel Sánchez Magariños y Félix Arrieta. Aunque luego se sumarían con el correr de los años, otras 46 personas que formaron parte de otras exploraciones. Aquellos cinco expedicionarios originales zarparon de Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias, España) el 22 de mayo de 1984 ante la mirada incrédula de autoridades e isleños y, tras 52 días en el mar, recalaron en las costas de La Guayra, en Venezuela. “Hoy la sensación que tenemos todos los expedicionarios es que no hubo un año, a lo largo de estas tres décadas, en que no hayamos estado girando alrededor de nuestra balsa”, reflexiona Barragán. Para el navegante, “Atlantis es una campana que no debe dejar de sonar, porque a nosotros nos tildaron de `locos` y no éramos ni eso ni aventureros: éramos expedicionarios que quisimos darle a conocer al mundo, con una demostración romántica, que se pueden lograr grandes cosas con la convicción de creer que se puede”. Tanto es así, que ese romanticismo quedó demostrado en el rechazo a propuestas millonarias para auspiciar la travesía antes y aún después de finalizada, una sola de ellas, de más de un millón de dólares. Barragán cuenta hoy, a sus 65 años, que no era ningún “improvisado” hace 30 años cuando decidió iniciar la travesía. “Nací explorador, siempre crucé montañas y navegué por muchos mares y así, en este contexto, empecé a unir informaciones sobre viajes en balsas del tipo africana, como la que usamos nosotros”.




Alfredo recuerda que en un congreso en México había expuesto que por las corrientes marinas y los vientos, se podía cruzar el Atlántico con este tipo de embarcación. “Pero no me creyeron. Entonces comencé a reunir a la gente idónea y decidí que no iba a hablar más, sino que la balsa hablara por mí”. “Ese fue quizás el motivo, la razón o la excusa para iniciar la travesía, pero todos somos deportistas y nos propusimos ese desafío ante nosotros mismos y ante nuestras familias”, explicó.

LOS DIAS EN EL MAR De aquellos días, Barragán recuerda que planificaron todo: la flotabilidad, los vientos y las corrientes marinas, durante cuatro años. “Formamos un equipo poderoso. A lo largo de los 52 días pasamos momentos de mucha zozobra, pensábamos muchas veces que habíamos perdido el rumbo, pasamos momentos de tormenta y de calma pero todo lo pudimos resolver”, rememoró. La balsa fue ensamblada con el método y los materiales que se usaban en Africa hace más de 3.000 años, y se logró así “un objetivo que desafió no sólo a la naturaleza, sino también a la historia y a la antropología”. Ahora, a 30 años de semejante proeza, la Armada Argentina homenajeará a los cinco expedicionarios el 3 de octubre en la plaza Castelli, en el municipio de Dolores, donde se considerará a la Expedición Atlantis como “un hito en la historia náutica argentina”. Ese día, además del acto principal en la plaza central, a la que asistirán autoridades provinciales y nacionales, habrá otro en la plaza que lleva por nombre “Expedición Atlantis”, ubicada sobre la ruta 63, y una visita al galpón donde se encuentra hoy la mítica balsa, “una viejita venerable que está en condiciones de museo más que de navegar”, señala el líder de la expedición.



Mientras tanto, Atlantis ya forma parte del sentimiento de la gente, se le ha puesto su nombre a plazas, colegios, y grupos de scouts, y fue declarada de interés educativo y cultural por el Congreso de la Nación. Tras aquella monumental aventura, se filmó un documental en 1988 “que es la película argentina más vista de todos los tiempos. Es un film artesanal, en el que no inventamos nada espectacular: sólo transmitimos la convicción de un grupo de hombres que cree en su objetivo -contó el alma mater del proyecto- porque en un mundo que adolece de valores, que transmite confusión, facilismo y una cultura de sorteos televisivos para poder zafar, la Expedición Atlantis se erige en la antítesis de todo eso, y el mensaje que nos deja a todos es que con convicción, perseverancia y planificación, todos los sueños son posibles”. La idea de la aventura que acaba de cumplir 30 años en realidad había comenzado mucho antes, cuando Alfredo Barragán leyó, siendo niño, “Las aventuras de la Kon-Tiki”, obra donde el noruego Thor Heyerdahl relata el viaje marino que enlazó, en 1947, El Callao, en Perú, con la Polinesia. Heyerdahl buscaba demostrar la posible comunicación en lejanas épocas entre América y las islas polinesias. Para esto, atravesó 6.000 kilómetros de océano en la “Kon-Tiki”, imitación de una antigua embarcación polinesia. Poco menos de cuatro décadas después, el puñado de aguerridos argentinos habría de equiparar la hazaña del noruego. En su navegación, la expedición Atlantis unió el puerto de Santa Cruz de Tenerife, en la Islas Canarias, con las costas de Venezuela, y el éxito del viaje demostró la posibilidad de que habitantes africanos hayan arribado hace miles de años a la América Central, donde perdura su posible influencia a través de las famosas cabezas olmecas de rasgos negroides.



EL VIAJE DE LA ATLANTIS Ya estaban a mediados de junio de 1984 y hacía más de 20 días que habían partido del puerto de Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, y el sol empezaba a hacer estragos en la piel de los navegantes de la balsa. A pesar de que todos eran hombres de piel curtida, acostumbrados a resistir, el sol que caía a pico en la zona ecuatorial medio del Atlántico quemaba fuerte. Y para colmo la crema humectante, que con tanto recelo habían previsto llevar en esta expedición, la olvidaron en las Canarias. Los posibles reemplazos de la crema humectante a bordo de la Atlantis no eran muchos: el aceite de cocina, y el aceite de lino utilizado para mantener la flexibilidad en las sogas. De los expedicionarios, Alfredo Barragán ya era abogado; Jorge Manuel lriberri, también abogado; Oscar Horacio Giaccaglia, comerciante; Félix Arrieta camarógrafo y Daniel Sánchez Magariños, recién recibido de ingeniero agrónomo. Ellos pensaron que era posible navegar 3.000 millas marinas (5.500 kilómetros), en una primitiva balsa hecha con 9 troncos de madera balsa y una vela para atravesar el océano Atlántico desde las islas Canarias hasta el puerto de La Guayra, Venezuela. Y lo hicieron. Pero, ¿para qué hacer semejante viaje y en condiciones tan precarias? Los audaces expedicionarios resumieron que persiguieron un objetivo esencialmente deportivo y otro científico, porque el viaje de la balsa Atlantis podría demostrar la factibilidad de que los individuos de raza negra representados hace más de 3.500 años en las “Cabezas Colosales” -estatuas de basalto con rasgos africanos hechas por la tribu Olmeca en el golfo de México- hayan provenido de Africa a través del Atlántico. Y había un tercer objetivo, el cultural, ya que podrían realizar en este viaje una película de largometraje -que ya fue traducida a 6 idiomas- y un libro sobre la expedición -que ya está terminado pero que aún no fue publicado- todo con carácter documental. Tres objetivos precisos, pero acompañados por el gusto de encontrarse frente a la naturaleza, con todos los sinsabores y placeres que esto puede acarrear. Placer como el que les suministró a los 25 días de travesía una golondrina que se posó en la balsa, y sin temor alguno compartió con ellos el alimento durante cuatro días. En los primeros días de navegación -partieron el 22 de mayo- esta balsa de 14 metros de eslora (largo de una nave), 5,50 de manga (ancho), hecha con 9 troncos de madera balsa y 6 traviesas ligadas todas con fibra vegetal, se vio obligada a navegar con olas de cuatro a seis metros de altura. Atravesaban una zona de vientos, y la balsa era impulsada por la corriente denominada Canarias. Esta corriente marina, que en su trayecto va cambiando de nombre -Canarias, Nordecuatorial y Ecuatorial-era el “motor”, junto al viento, que recolectaba una vela cuadrada sostenida de un mástil bípode de 10 metros de altura.



Viento y mar. Sólo con estos elementos querían llegar hasta América. Contaban, sí, con todos los instrumentos marinos necesarios para fijar la posición en el océano. Aunque a veces pudieron confirmar la ubicación con los datos suministrados por algunos barcos que se cruzaron en su camino. Uno de ellos fue el Flatson Star, un buque mercante alemán que se acercó a 80 metros de la balsa. Las olas impidieron un mayor contacto y la comunicación fue radial. Pero el inglés que hablaban los alemanes del Flatson Star era incomprensible para los tripulantes de la balsa. La solución cayó de sorpresa. A los cinco minutos de un intrincado e incomprensible diálogo entre el capitán del buque alemán y Alfredo Barragán, se escuchó en la radio de la balsa esta frase dicha con un inconfundible acento gallego: “¿Pero es que allí no hay nadie que hable español?” Era el cocinero del barco que había sido mandado a buscar urgentemente por el capitán. Cocinero y traductor improvisado, a través de esa voz española la Atlantis confirmó su ubicación. Todo estaba correcto: los datos que registraba el instrumental de la Atlantis era similares a los del Flatson Star. Cuando en la ruta enfrentaban a una isla, dos días antes debían comenzar a girar para evitarla. Y pese a las previsiones, hubo dos momentos críticos en la travesía: dos tormentas que amenazaron de muerte a la Atlantis. Olas de más de 8 metros y vientos de 70 kilómetros por hora se opusieron a los expedicionarios. La primer tormenta duró dos días y fue a los 15 días de la partida de Santa Cruz de Tenerife. La otra los castigó casi al final, cuando ya se había atravesado la mayor parte del océano y los hombres de la Atlantis casi saboreaban el triunfo. Varias ligaduras se soltaron, los troncos crujieron como nunca, la vela fue anulada, y todos se ataron a la nave. Había que esperar que el mar se calmara. No había otra forma de hacer frente a esa pelea. Cuenta Barragán que cuando se encontraba atado a la balsa en medio de la tormenta, se acordó de Dolores, su pueblo, de su familia, y de aquel libro, “Las aventuras de la Kon-Tiki”. Ese libro cayó en sus manos cuando cursaba cuarto grado de la escuela normal, y desde entonces esa aventura aumentó su fantasía de adolescente. De chico siempre soñó con ser el capitán de una balsa que atravesaba el mar, y más de 20 años después de esos sueños, estaba atado a una balsa. Y su vida y la de todos los tripulantes de la Atlantis estaban en manos de una tormenta. Pero el mal tiempo pasó, y el peligro también. Y así lo hicieron. Con troncos, fibra vegetal y caña de bambú -elementos que hace más de 3.000 años podrían haber utilizado los habitantes de Africa- junto a alimentos deshidratados, agua mineral, dos garrafas de 45 kilos de gas cada una, raciones de supervivencia, destiladores de agua, una radio VHF, brújulas, sextantes y cartas marinas. Una proeza que acaba de cumplir 30 años pero que, según sus protagonistas, “todavía sigue”...


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