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Argentina: por qué a Cristina ahora no le funcionan sus rec

Remedio, peor que la enfermedad: por qué a Cristina ahora no le funcionan sus recetas para reactivar la economía


"Si el sector privado no la pone, la tiene que poner el Estado", sentenció hace unos días la Presidenta, destacando la importancia de aumentar el gasto público para favorecer el consumo. Este es el medicamento que aplicó en la crisis de 2009 y le funcionó muy bien. ¿Por qué ahora no?


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Para Cristina Kirchner, pocos momentos deben haber sido tan buenos como el año 2009.

El país sufría una recesión profunda, lo cual le permitió poner en práctica sus convicciones respecto del rol "contracíclico" que le corresponde al Estado en los momentos de crisis.

Según su propia evaluación, fue gracias a esa decidida intervención que la economía se recuperó rápidamente y fue en aquellos días cuando empezó a ganarse la confianza del pueblo argentino, que más tarde la premiaría con el 54% de los votos.

Cristina no puede evitar un dejo de nostalgia cada vez que recuerda ese momento, así como tampoco puede ocultar cierta frustración por el hecho de que las mismas recetas que en aquel momento le dieron resultado, ahora no estén funcionando.

Un Gobierno enojado con los pesimistas
Como la Presidenta suele recordar, durante la recesión de 2009 se transformó en una "vendedora de shopping", porque cada semana anunciaba en cadena un plan estatal de subsidio para ventas con rebaja en productos de diversos rubros.

"Salimos a vender, sí, porque hay que vender y hay que consumir, además. Por favor, que se les grabe esto en la cabeza, porque es el consumo interno el que nos salvó y que nos permitió ese crecimiento del año 2010 y 2011", recordó en un reciente discurso.

Pero, sobre todo, lo que ha rememorado repetidas veces como uno de los puntos altos de su gestión presidencial ha sido el decidido uso de la caja estatal para impulsar la producción y el empleo.

El momento emblemático fue el préstamo de $259 millones -equivalía, en esos días, a unos 68 millones de dólares- para financiar el proyecto para un nuevo modelo de General Motors.

Y ese fue el año en el que los RePro -el programa por el cual el Estado subsidia parte de los salarios de trabajadores privados, a cambio del compromiso de estabilidad laboral- tuvo su máximo desarrollo.

La billetera estatal volcó, aquel año, $515 millones -unos 135 millones de dólares-, con los cuales se asistió a 143.000 trabajadores de 2.769 empresas en situación problemática.

El tono "keynesiano" de esa política se completaba con un detalle fundamental: una de las principales fuentes de financiamiento de estos programas era el fondo jubilatorio de las AFJPs, recientemente reestatizado.

Nostalgias de un año "keynesiano"

Lo cierto es que, visto con retrospectiva, aquel recesivo 2009 terminó dando satisfacciones a la Presidenta: la crisis se superó rápidamente sin que ocurriera un agravamiento del desempleo, GM produjo su modelo Agile y canceló el préstamo dos años antes de la fecha programada.

En 2010 hubo un boom de consumo y la economía volvió a crecer a tasas chinas.

Y, además, a pesar de que todo ese esfuerzo implicó una desmejora de 47% en el resultado fiscal, todo ese camino transcurrió con una inflación en descenso, que cayó hasta 15%, el nivel más bajo de la gestión presidencial de Cristina.

Qué distinta aquella situación a la que se vive hoy, en la cual todos los números muestran desmejoras. Y, especialmente, dos rubros que a la Presidenta parecen preocuparle especialmente: el consumo y la inversión productiva.

Cristina no sólo se muestra contrariada por esta situación sino que se ha enojado con los "responsables" de estas desmejoras -los consumidores y empresarios, respectivamente- porque interpreta que sus decisiones no son racionales.

De todas formas, no se da por vencida y ya avisó cuál es, desde su punto de vista, la forma de salir de la recesión: expandir el gasto público, porque "el sector privado no la pone".

Y... si los privados "no la ponen"
La pregunta que queda flotando es por qué ahora la exitosa fórmula aplicada en 2009 no está funcionando y, en todo caso, si acrecentar la dosis de "medidas contracíclicas" será la solución.

El escepticismo de los economistas y empresarios se ha manifestado de manera contundente.

Y la explicación es que Cristina confunde causa y consecuencia: no es que el Estado debe aumentar su participación en la economía porque los empresarios "no la ponen", sino al revés.

La retracción de los privados es, precisamente, una consecuencia de que el Estado compite por los mismos -y escasos- recursos.

"La economía argentina necesita dólares para producir. Y como el Gobierno los requiere para mantener el nivel de reservas, restringe importaciones. Esto no es una consecuencia no deseada, este es el modelo, tengo que bajar el nivel de compra de los argentinos", afirma el economista Enrique Szewach.

En la misma línea, un informe de la Fundación Idesa, tras destacar que en el primer semestre los subsidios a la energía eléctrica subieron un 124% y al gas un 122%, afirma: "La producción se contrae por una presión impositiva asfixiante, trabas a las importaciones de insumos y bienes de capital, desaliento a las exportaciones, falta de infraestructura y malos servicios públicos".

¿Por qué hoy la fórmula no funciona como en 2009 y no hay ambiente para el "keynesianismo"? Acaso sin advertirlo, una primera respuesta la dio la propia Cristina: el Estado debe destinar este año u$s14.000 millones a la compra de energía a otros países.

"Si no fuera por la energía subsidiada tendríamos hasta los famosos superávits gemelos", afirmó la Presidenta.

El círculo vicioso se retroalimenta

Para hacer políticas contracíclicas y que el Estado "la ponga", cuando las cosas pintan mal para el sector privado, se necesita dinero.

Ahí es donde reside la explicación sobre por qué los viejos remedios ya no resultan.

En 2009 las "cajas" estaban todavía a disposición.

De manera que el Ejecutivo podía expandir el gasto público sin que ello implicara "matar" al sector privado ni caer en una dependencia absoluta del Banco Central.

Hoy, en cambio, no hay forma de incrementar el gasto sin que esto implique acelerar el ritmo de la "maquinita" de emitir moneda local.

Hablando en números, el economista Miguel Angel Broda se escandaliza por lo que considera "un aluvión de pesos" en camino, luego de la modificación del Presupuesto, que agregó $152.000 millones al gasto público.

Tras la variación de 56% en el gasto constatada en junio, "todo indica que el Gobierno apunta a más expansionismo fiscal para morigerar la recesión y el impacto del default", apunta el influyente economista.

Tras los últimos acontecimientos, corrigió su pronóstico, de forma tal que ya espera que este año se requiera de una emisión superior a los $160.000 millones para financiar al Tesoro, en vez de los $140.000 millones previstos inicialmente.

Y traza una proyección inquietante: la expansión de la masa monetaria, que a comienzos de año crecía a un ritmo de 16%, apunta a un 35% para fin de año, con lo cual -a decir de Broda-, "vamos a añorar las tasas de inflación de poco más de 2% de julio y agosto".

Este punto es crucial en las desventuras keynesianas del Gobierno. Mientras que en 2009, al tiempo que expandió el gasto, la inflación se desplomó hasta un 15%, ahora no hace más que subir.

Los economistas advierten que es ahí donde está el drama del "modelo contracíclico": la culpa es de la propia política.

Cristina defendió el incremento del gasto de 44% en el primer semestre, como elemento reactivante de la economía.

Pero el remedio, ahora, no hace más que empeorar la enfermedad.

"La Presidenta probablemente no comprenda que -en ausencia de financiamiento genuino y con la emisión monetaria espuria como única fuente de fondeo- ese aumento del gasto público dista de ser expansivo y, por el contrario, termina siendo alimento para la inflación", advierte el consultor Federico Muñoz.

En tanto, Diego Giacomini, de la consultora Economía & Regiones, señala que el remedio contracíclico del Gobierno sólo logra "retroalimentar un círculo vicioso, con efectos opuestos a los buscados".

Y lo describe en las siguientes fases:

*El público potencia sus expectativas de devaluación e inflación. La demanda de dinero cae y el dólar paralelo se encarece, retroalimentando así las perspectivas sobre incrementos del tipo de cambio y de los precios de los bienes y servicios.

*Como contrapartida, el consumo, la inversión y la demanda se debilitan y desciende el nivel de actividad.

*Al enfriarse la economía, la recaudación se contrae, aumentando el déficit y la dominancia fiscal (emisión monetaria para financiar al Tesoro), lo cual vuelve a alimentar el círculo vicioso entre expectativas, demanda de dinero y nivel de actividad.

Sin dólares, se complica
Hay, además, otra gran diferencia entre el "keynesiano" 2009 y el "amarrete" 2014.

En aquel momento, los planetas se habían alineado contra la Argentina. Se había producido, simultáneamente, una gran sequía y además un descenso de los precios internacionales de varias materias primas. La cosecha de soja había caído con fuerza, al igual que los ingresos por exportaciones agrícolas (-30% respecto al período previo).

Pero la contracara era que todos sabían que se trataba de algo pasajero. Cuando en 2010 volvieron las lluvias y, además, se recuperaron los precios, el campo volvió a "salvar" a la economía, que creció a tasas chinas.

Ahora, en cambio, el margen para mejorar es inexistente. La cosecha de 53 millones de toneladas fue buena, y los precios se mantuvieron en torno de u$s500 justo cuando comenzaba la liquidación.

"Esto es muy diferente al 2009, porque esta vez la recesión está generada en temas locales y no internacionales", diagnostica el economista Carlos Melconian.

En consecuencia, cree que no pueden apostarse muchas fichas a que haya una mejora de la economía argentina como causa de una abrupta ayuda desde el exterior. Más bien al contrario.

"Percibo irreversible salir de ese proceso. En la Argentina lo que sobran son dólares pero están guardados. El crédito se acortó y se encareció y, dada la política económica, no va a volver", analiza.

Su comentario alude a otro gran factor que marca la diferencia: el cepo cambiario.

Mientras rigió la libertad con el dólar, los productores agrícolas tenían un fuerte incentivo para liquidar su stock, con lo cual cambiaban sus divisas estadounidenses por pesos, que luego invertían en la economía real. No por casualidad, ese fue el momento del boom inmobiliario en muchas ciudades, además del experimentado en la Ciudad de Buenos Aires.

Ahora, en cambio, el incentivo es retener el stock, dada la creciente brecha entre el tipo de cambio oficial y el "blue", así como la fuerte expectativa devaluatoria.

Para completar el panorama desalentador hay otra gran diferencia con el 2009.Aquel año, la recesión tuvo un consuelo: permitió recuperar dólares de la balanza comercial para tener un mayor margen de maniobra. Ese año se llegó al récord de casi u$s17.000 millones.

Para este 2014, las consultoras proyectan un raquítico saldo de u$s7.000 millones. Y con perspectivas de que el siga reduciéndose en 2015.

En otras palabras, antes había dólares. Ahora sólo quedan pesos. Así, es difícil ser keynesiano.
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