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Argentina: sin calidad institucional

Kovadloff: "La calidad institucional en la Argentina es fantasmal"





En una entrevista con lanacion.com, el filósofo dice que el país llega al Bicentenario más cerca del siglo XIX que del siglo XXI, "La legalidad es aparente y la justicia social es una deuda no saldada", sostiene; su visión de los Kirchner y la oposición (*)

El diagnóstico genera preocupación: la Argentina llega al Bicentenario con una calidad institucional fantasmal, donde la legalidad es aparente y la justicia social es una deuda no saldada. Sin eufemismos, Santiago Kovadloff advierte que la cultura política en el país es muy pobre, porque la vida democrática está más cerca de la ficción que de la realidad.

El filósofo, ensayista y poeta se muestra como una persona que ha reflexionado sobre lo que dice. En la serie de entrevistas de cara al Bicentenario, Kovadloff analiza de forma implacable la realidad del país y traza una radiografía de la realidad nacional.

La retórica, arte que domina a la perfección, es el instrumento que utiliza para criticar con dureza al Gobierno y a la oposición. Nada interrumpe la conversación de más de una hora con lanacion.com. En el cómodo living de su casa, rodeado de libros, asegura que las instituciones deberían ser el reflejo de la ciudadanía y que "su propia debilidad y endeblez expresa la desorientación" que atraviesa la sociedad.

En el análisis plantea un hecho positivo de estos últimos años que hace crecer su esperanza de que un país mejor es posible: "La ciudadanía ha pasado del escepticismo absoluto en la política, a la conciencia de su necesidad".

A los 67 años, 43 de los cuales compartió con Patricia, su esposa, y con el síndrome del nido vacío en pleno desarrollo –su hija, la menor de tres, se fue a vivir sola- plantea su visión de la realidad.

- ¿Qué le dice la palabra Bicentenario?

- El concepto plantea la necesidad de cuidarnos de un espíritu triunfalista. El Centenario invitaba a celebrar muchos logros; el Bicentenario invita a reconsiderar muchos fracasos. Pero no con espíritu pesimista, sino con la actitud reflexiva de quien se pregunta si el país ha seguido creciendo o no, si la Argentina es una Nación o un territorio solamente, si estamos inscriptos en la ley que marca el desarrollo o sólo en el marco de la supervivencia que nos remite a la duración.

- ¿A qué conclusión llegó?

- En que si bien hemos reconquistado el sistema democrático desde hace ya cinco lustros, la calidad de la democracia reconquistada es muy tenue, la institucionalidad es fantasmal, la legalidad es aparente, la justicia social es una deuda no saldada y, en conjunto, el proyecto de desplegar una nación que aprenda a fortalecerse internamente y a inscribirse en el marco de la convivencia con otras, sigue siendo mucho más un proyecto enunciado que uno ejecutado. En ese sentido, el Bicentenario no puede ser festivo, pero no debemos lamentarlo. Más bien creo que en este momento lo más vital de nuestra consideración de Bicentenario es entender que tenemos una tarea por delante y que la forma más honda de celebrar los 200 años de la Revolución de Mayo es comprometernos a transformarlo en una república.

- ¿Qué deuda enfrentan las instituciones?

- Hay dos instancias de la vida institucional que están incumplidas. La primera, la autonomía que cada uno de los tres poderes debe tener. La posibilidad de que cada uno de ellos no esté subordinado a los otros. Esto en el proceso democrático argentino sigue siendo muy tenue. Más aparente que real, los poderes están situados en el escenario político del país de manera tal que el presidencialismo, es decir el Poder Ejecutivo, termina subordinando a los otros dos a las necesidades de su propia autonomía. Ahí hay una patología institucional que debe ser reparada en el transcurso de los próximos años si queremos vivir en una república. El segundo déficit tiene que ver con que no hemos desarrollado un rico concepto de interdependencia entre los tres poderes, que permita integrar la autonomía indispensable a la relación indispensable.

- Por ejemplo...

- No puede haber Legislativo sin relación con el Judicial y el Ejecutivo. Este grado de interacción falta y falta en la medida en que en los partidos políticos podemos advertir que también luchan por la supremacía sin interdependencia. Hoy, la vida parlamentaria plantea este enorme desafío y vamos a tener que llegar al Bicentenario teniendo que concebir la vida parlamentaria como un espacio de disidencia en la convivencia. Se trata de un salto cultural fundamental para estructurar una identidad cívica rica. Nuestra cultura política es muy pobre, porque nuestra vida democrática está más cerca de la ficción que de la realidad. Más cerca de la apariencia que de la realidad. El gran triunfo de los totalitarismos, de los golpes de estado, del militarismo feroz que padecimos y de las ideologías intolerantes que consumieron al país es haber colmado de incertidumbre la expectativa cívica con respecto al porvenir.

- ¿Cómo se cambia esa lógica?

- El gran deber de los partidos políticos es advertir que la opinión pública pide más institucionalidad, pide más partidos políticos y pide más interdependencia entre ellos para que las diferencias sean de matiz y no de concepción del país. Para que haya una derecha significativa democráticamente y una izquierda significativa democráticamente hay que hablar del centro. Porque el centro derecha e izquierda llevan implícito un acuerdo fundamental y es que el centro es indispensable. Sin centro, derecha e izquierda son dos expresiones retóricas de un mismo totalitarismo.

-(Silencio) En este punto Kovadloff retoma el análisis de las instituciones

- Las instituciones deberían ser el reflejo de la sociedad, su propia debilidad y endebles expresa la desorientación de la sociedad. Pero algo ha ocurrido en el transcurso de este siglo XXI. En estos primeros años, la ciudadanía ha pasado del escepticismo absoluto en la política, a la conciencia de su necesidad. La conciencia de su necesidad nace de advertir que no hay organización republicana sin instituciones y una comunidad sin instituciones se convierte en un conglomerado. El conglomerado lleva fatalmente a la lucha de todos contra todos al margen de la ley. Y como al margen de la ley no hay nación, la comunidad ha advertido que tiene que educarse y educar a su dirigencia. Hoy tenemos una sociedad que le está indicando a sus partidos políticos qué quiere de ellos y los partidos políticos están aprendiendo a obrar en consonancia con ese pedido porque han comprendido que sin escuchar no tienen porvenir.

- ¿Cree que los políticos escuchan ese reclamo?

Están tratando con desesperación generar acuerdos básicos, que no sólo garanticen la subsistencia del sistema parlamentario, judicial y ejecutivo, sino porque ellos mismos corren el riesgo de extinguirse si no se vuelven representativos de la demanda popular. La gran crisis de los partidos políticos a fines del siglo XX ha sido la crisis de falta de representación y hoy los dirigentes políticos saben dos cosas: que sin representación no tienen sentido, pero que carecen de la cultura indispensable para que esa representación aflore con la solidez necesaria en poco tiempo.

- ¿Qué ocurrió en estos 100 años para pasar de la celebración a la reflexión?

- Yo diría que el Centenario pude ser festivo porque los hombres que condujeron a la Argentina comprendieron que una nación se estructura si se viene del porvenir hacia el presente y no del pasado al presente.

- Podría profundizar ese pensamiento...

- Significa tener un proyecto de nación que se desea convertir en realidad. Los sueños, los valores, las expectativas son el futuro. Pero este tiene sentido si se lo práctica en el presente. Podemos decir que en el tránsito del siglo XIX al XX supieron venir del futuro al presente y no desde el pasado hacia el presente. El pasado tenía una sola herencia para dejar: la división, fragmentación e intolerancia. En cambio, el porvenir les planteaba el desafío de la integración y la consolidación de una idea de país que estaba en la cabeza de quienes liderando la nación y fueron capaces de concretar una expectativa y no de repetir una experiencia. En cambio, entre el siglo XX y XXI, la Argentina volvió a quedar en manos de la fragmentación, de la dispersión, del encono sectorial, fue perdiendo la capacidad orquestal de vertebrar la interdependencia entre sus partes. Tuvimos dirigencia fragmentaria, nuevamente el maniqueísmo dominó a la cultura nacional y la presunción de que el bien tiene camiseta terminó por deshacer la idea de que la interdependencia es la garantía de la convivencia.

- ¿Qué quiere decir con el bien tiene camiseta?

- Se trató de excluir al adversario y se creyó que el país tenía futuro si excluía a alguna de sus partes. Para crecer es indispensable es que seamos un coro de voces, no muchas voces, un coro. Porque la diferencia entre mucho y coro, es que el coro es integración armónica de las diferencias y lo multitudinario es sólo disonancia en una gran diversidad. Creo que en el siglo XX perdimos lo más sustancial de los valores que debe tener un país: el tiempo. Perdimos el tiempo. Dejamos de concebir el tiempo como una herramienta de construcción de presente y empezamos a sacralizar algo aún más terrible, más penoso en desmedro del tiempo, que es la idea del maniqueísmo. Que el bien está de un solo lado. ¿Cuál es nuestro capital a principios del siglo XXI? Nuestro capital posible derivaría de las enseñanzas que nos deje el fracaso. El capital de un país que quiere crecer como la Argentina hoy, depende de la capitalización que hagamos del fracaso. No tenemos que jactarnos de nada, porque debemos abandonar el riesgo de la imbecilidad.

- ¿La dirigencia actual está capacitada?

Está frente a ese desafío y se tiene que capacitar. La dirigencia es un síntoma de las pobrezas que padece una sociedad. Por eso hoy, nuestra sociedad oscila entre una demanda de integración e interdependencia y una tendencia a la idealización de la figura francamente televisiva. No podemos correr el riesgo de concebir a un líder político en función a su encanto personal o desdeñarlo por su falta de encanto. Le va muy bien a la tele con eso, no tenemos que competir con eso. Tenemos que preguntarnos una cuestión difícil de ser sostenida en el tiempo: ¿Qué piensa? ¡Qué piensa! Pensar es una actividad infrecuente, casi nadie la realiza, es un verbo intransitable no intransitivo, pensar es tener la capacidad de transmitir una meditación asentada sobre la realidad de país. Tener el coraje de pensar a fondo qué se quiere hacer. No buscar la seducción fácil de la promesa, sino la reflexión difícil del pensamiento.

- En este contexto, ¿cree que es posible que el Gobierno y la oposición acuerden políticas de Estado más allá de la alternancia del poder?

- Es indispensable que la dirigencia se ponga de acuerdo sobre tres o cuatro puntos básicos que garanticen políticas de Estado con continuidad en el tiempo. Cuando [José de] San Martín proyectaba el cruce de los Andes encontró una enorme oposición en la dirigencia de Buenos Aires. Decían que era una locura, que no se podía hacer. Lo que hay que liberar es nuestro territorio, le decían. Aún no cabía en la cabeza de la dirigencia la magnitud extraordinaria de la lucidez de San Martín. Cuando [Juan Martín de] Pueyrredón le escribe diciéndole: "Mi General, no tengo dinero para armas, caballos ni nada, lo que quiere hacer es imposible". Y San Martín le contesta: "Estimado amigo y General, lo que quiero hacer es imposible, pero es indispensable". Es indispensable que la dirigencia encuentre el camino de lo que hoy parece imposible, porque si no lo encuentra, no sólo está firmando el certificado de defunción de su propia representatividad, sino que está hundiendo al país en el pasado.

- ¿Qué balance hace de la realidad que está atravesando la Argentina?

- Dos cosas hay que garantizar en este momento en la Argentina: la finalización del período constitucional de la actual Presidenta. Para eso hay que contar con ella y, si no se cuenta con ella, hay que garantizarlo igual. El otro punto fundamental, es si constituye hoy la oposición una alternativa capaz de revertir el concepto del presidencialismo hipertrófico. No, no lo constituye, pero es indispensable que lo llegue a constituir. El tiempo que falta para las elecciones debe ser un tiempo en que las dirigencias políticas de la oposición tienen que evidenciar dos cosas: una, que son confiables para quienes las necesitan, es decir para la sociedad. Y la segunda, que esa confianza nazca de la capacidad de privilegiar un proyecto de país, por sobre un proyecto de protagonismo personal. La Argentina está hoy mucho más cerca del siglo XIX que del siglo XXI.

- Cree como dicen algunos analistas que los Kirchner nunca reconocen un error y que siempre doblan la apuesta.

- El autoritarismo no tiene capacidad de reflexión. Cuando además está marcado por una fuerte paranoia, se produce una conjunción verdaderamente inquietante entre la intolerancia a la crítica y la presunción de que el adversario encarna a un enemigo que quiere destruir. El actual gobierno de los Kirchner no evidencia ninguna capacidad de aprendizaje a favor de la república, sino una profunda y ciega confianza en la necesidad de convertir al país en una provincia donde el éxito acompañó a una gestión solitaria ocho años.

- ¿Qué piensa de Cristina y Néstor Kirchner?

- Son el pasado. Desgraciadamente, porque Kirchner empezó muy bien su gobierno. La transversalidad fue una expectativa, pero Kirchner comprendió muy pronto que era más importante el poder que el desarrollo. Y le interesó el poder, optó por el poder. Cristina Kirchner despertó expectativas en quienes olvidaron que era la esposa de Néstor Kirchner. Cuando creó el Ministerio de Ciencia, cuando nombró como ministro de Educación a un hombre extraordinario como Juan Carlos Tedesco, muchos tuvimos la impresión de que el conocimiento iba a ser la herramienta fundamental para la transformación de la política argentina. Muy pronto ella demostró que esos ministros podían cautivar mucho la imaginación de cierto sector de la clase media, pero que iba a poder crearlos porque no iban a tener incidencia. El gobierno de Cristina está asentado en una bifurcación dramática: una palabra que promete y una realidad que incumple.

LAS CRÍTICAS Y LAS AMENAZAS

Su verba ácida se cruzó con la intolerancia. En septiembre último, sufrió amenazas en su domicilio. Kovadloff fue injuriado por su pertenencia a la comunidad judía y fue advertido de dejar de escribir en forma crítica sobre el Gobierno.

En eso días, el escritor subrayó la necesidad de "defender la palabra dialógica frente a la palabra hegemónica instalada desde el Gobierno". Días más tarde, fue distinguido como "Personalidad destacada de la cultura" en la Legislatura porteña.

En diálogo con LA NACION, Kovadloff dijo que la intimidación le trajo el recuerdo de la dictadura, con "la misma atmósfera en la que se descalificaba a quienes pensaban diferente. Desde esa perspectiva, la disidencia vuelve a ser interpretada como un acto subversivo".

¿Qué significa el Bicentenario para los argentinos? La conmemoración de los 200 años de la Revolución de Mayo invita a reflexionar sobre las materias pendientes que tiene el país; ¿cuáles son, en su parecer, las mayores deudas que tiene la nación?; comparta su opinión.




fuente:http://www.lanacion.com.ar/1228063-kovadloff-la-calidad-institucional-en-la-argentina-es-fantasmal
(*) Esta entrevista fue realizada el 14 de enero pasado en el marco del ciclo de notas de Camino al Bicentenario. .
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