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A un mes del crimen
Cómo viven los sospechosos del caso Malvino

Vuelven a la noche correntina los principales implicados

CORRIENTES.– Viernes, 2.45. La música continúa con su selección de temas de los años 80, pero los cuerpos dejan de moverse por un momento. Todos miran la entrada del muchacho musculoso y retacón que detiene el paso en espera de saber cuál será el recibimiento. Desde cada metro del Club de Canotaje, la disco de la playa correntina, se acercan a saludar a Eduardo Braun Billinghurst. Es su regreso a la noche, a la fiesta. Horacio Pozo (h.) ya está adentro; él no dejó las costumbres de las salidas con amigos. A un mes del crimen de Ariel Malvino, los principales sospechosos bailan despreocupados.

Para el menor de los hermanos Braun Billinghurst es su vuelta a las salidas públicas desde su retorno de Brasil, perseguido por el reconocimiento de testigos que lo involucran en la pelea que terminó con la vida de Malvino. En sus movimientos exteriores no parecen quedar huellas de aquella madrugada del pasado 19 de enero, en Ferrugem, que al cierre de otro boliche siguió una gresca. Y una muerte. Ahora está en el centro de la escena sin parecer que aquello le resulte molesto. Es recibido como el amigo que vuelve de unas simples vacaciones. Y sigue la fiesta.

Su pensamiento íntimo no se conoce, porque ni él ni su familia aceptaron dar su versión de los hechos, pese a los cotidianos y numerosos intentos que la prensa hizo para tomar contacto. Frente a esa negativa y a la suma de testimonios públicos que lo señalan, resulta válido conocer qué demuestran sus gestos.

Pozo (h.), en cambio, adopta en la noche una postura menos frenética. Se recluye en el baile y la conversación con una amiga. Mientras tanto, Eduardo Braun Billinghurst rebota por la improvisada pista de tablas chocándose los hombros con un grupo numeroso de amigos.

"Hacer pogo" se llama en la jerga juvenil y nocturna a ese movimiento colectivo y continuo que obliga a quien no está en el grupo a apartarse para no ser empujado.

Eduardo Braun Billinghurst lleva traje de baño, tipo bermuda, verdoso, con vivos blancos en los costados y una remera blanca ajustada que marca la espalda trabajada en varias horas de gimnasio.

Su pelo se ve diferente del conocido mediante fotos difundidas en los medios, que no son tan actuales. Sigue peinado con raya al medio, pero tiene el cabello más largo y ondulado, con cierto parecido a Juan Pablo Sorín, reconocido futbolista del seleccionado argentino, cuya imagen puede contribuir a formar una idea del look actual de Eduardo Braun Billinghurst.

Sólo por los interminables saludos que recibe de los que están en el lugar, puede diferenciárselo del resto de los habitués de la madrugada del viernes, calcados en vestimenta y muy distintos del estrato social que pulula en esta disco cuando nacen sábados o domingos.

Centro de atención

La madrugada del viernes es más tranquila, favorable a una salida para aquellos que buscaron no dejarse ver. No habrá más de doscientas personas en el lugar. Por la alegría que produce el reencuentro, todos parecen intimar con el joven Braun Billinghurst.

El alcohol es barato de conseguir: apenas, cinco pesos por tragos. Aunque la vedette del lugar es la cerveza, vendida en botellas grandes de vidrio que no distinguen sexo a la hora de ser consumidas; las chicas pasan la botella en grupos de tres o cuatro; los varones parecen tener un ritual menos sociable y cada uno porta la suya.

En un momento, el epicentro de la pista, donde está Braun Billinghurst, toma la forma de una fiesta de casamiento con ese joven en el papel del novio a divertir. Los amigos lo abrazan, arman una ronda, giran; él levanta los brazos; se animan al cuartetazo sin que esa música propia de Córdoba parezca recordarles la paliza que los correntinos dicen haber sufrido a manos de cordobeses en esa mortal noche de vacaciones, pelea que fue reconocida incluso por el padre de Pozo.

El joven Horacio Pozo (h.) se mantiene apenas un poco alejado del grupo más festivo del lugar. Pero es el que más cercano se dejó ver en estos días con Braun Billinghurst; sus visitas a la casa de esa familia son diarias. A tal punto que ya ingresa con su automóvil directamente en la cochera de los Braun Billinghurst en un intento de no ser notado por la prensa.

Historias de peleas

Mientras ellos hablan en la intimidad y tienen tiempo para fijar una posición común frente a las prolongadas demoras de las citaciones judiciales, aquí se cuentan en la noche correntina numerosas historias de peleas callejeras, que bien pueden tener como protagonistas a los jóvenes nombrados o a otros emparentados en lo que parecería ser la cultura local de mostrar virilidad a los golpes.

Sólo se reseñará una de esas anécdotas por tener relación directa con el caso Malvino. La cuenta un hombre que sabe mucho sobre trifulcas nocturnas: "Tirarle una piedra a un vago en el piso es una marca de acá. Hace dos años que se hizo costumbre eso: entre seis o siete vagos, le pegan a uno, y cuando queda tirado, ¡paf!, le meten el piedrazo".

El jueves fue un día especial, con señales que presagiaban una reaparición pública en breve de Eduardo Braun Billinghurst. Apoyándose en los medios locales, amigos de éste aparecieron por primera vez, y en forma sospechosamente masiva, con opiniones en defensa de uno de los jóvenes apuntados por la policía brasileña como participante en algún grado de la muerte de Malvino.

Para ellos, toda la culpa es del periodismo, que condenó de antemano a su amigo. De los testimonios de testigos que los comprometen ante la justicia de Brasil no se habla. Horas después, un abrazo, un beso, una palmada en la espalda completan el tributo al amigo. Y aquí no ha pasado nada.

El Club de Canotaje donde transcurre la noche se ubica sobre la costanera, pegado a los tradicionales restaurantes de esta ciudad y frente a los dos bares restaurantes que convocan a la clase social local con la economía mejor acomodada.

Una escalera de madera da la entrada por la barranca a la pista pegada al río. Allí se salta sin parar. Se salta a las 4, a las 5, a las 6. Se salta siempre: como se hizo aquella vez en Ferrugem; como lo habrá hecho también Malvino disfrutando de sus 21 años; como lo hacen de nuevo, un mes después, los principales sospechosos de su muerte.

Por Daniel Gallo
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