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Avaricia, moda y envidia




La moda cambia, pero sus explicaciones siguen siendo las mismas

¿Cuánto quieres tener de ingresos mi amor? Fue la pregunta que le hizo Miguel a Bárbara. Ella respondió: cuando menos para poder comprar alguna ropa sin comprometer nuestro presupuesto. El silencio apagó todo.


Minerva; la infatigable, compulsiva, neurótica, reventó la economía del hombre que la llevó al altar. Cada semana adquiría a crédito ropa de marcas prestigiadas. El sobreprecio era por lo general del veinte por ciento sobre el valor de mercado. Ella dedicó tiempo a moldear su cuerpo. Él, a trabajar para pagar las deudas al vendedor de ropa. En una rabieta decidió abandonar al marido por no poder comprarle unos zapatos de doce mil pesos.


Juan José, un rechoncho profesor universitario, gasta un treinta por ciento más de su salario en comprar zapatos, camisas y lociones. El problema que son de los llamados “piratas”. Mientras Leonardo, comprar ropa deportiva que ha visto en catálogos especializados.
De la moda lo que te acomoda, reza un viejo dicho que se escuchaba en las casas. Hay quienes no les acomoda ni en lo físico, y menos en lo económico. La moda cambia, pero sus explicaciones siguen siendo las mismas, afirma Gilles Lipovetsky en su libro El impero de lo efímero.
El mismo sociólogo francés escribe: Al invadir la esfera del ser-para-el-otro, la moda revela la dimensión oculta de su imperio.


En el sentido, García Márquez, plasmó: a veces es necesario vestirse sólo por el placer de que alguien más te desvista. Esto en nuestros pueblos es inexacto. Te vistes para que te vea el otro. Para que a través del decorado te muestres superior. Es la apariencia que indica “no soy jodido”. Aunque los vendedores a crédito o cobradores acechen para exigir el pago. Lo jodido se tiene que ocultar, dicho por La Félix.


La ropa, los zapatos, el carro, los enseres domésticos son objetos del deseo. La moda, lo efímero, lo que hoy es y mañana dejo de ser. Mientras se queda atrás lo nuestro, el otro adquiere lo que ve como moda. Entonces surge el sentimiento de envidia. Ese acto de barbarie que carcome. Impide elaborar pensamientos que dan identidad. La publicidad explota lo que se halla en germen haciéndolo más atractivo para más individuos, señala Lipovetsky.


La sociedad derrotada se ha quedado en esa depresión. La avaricia refleja la inseguridad del ser humano, que necesita apoyarse en las cosas que cree “poseer” para sostenerse en pie y mantener la imagen de sí mismo que desea presentar en esa, su sociedad.


Poseer, mostrar, aparentar con un decorado. La moda, la que sirve para rodearse de belleza en las situaciones más cotidianas del día; pero también para destapar el sentimiento de ser superior, de estar por encima de los otros.


La avaricia por coleccionar, la moda como deseo de exaltar belleza y riqueza, son los ingredientes para generar en el colectivo de nuestro propio habitat, la envidia; ese sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro.
Estos sentimientos de “poder”, ha llevado a buena parte de la población a su propia derrota. Algunos le llaman competencia social.



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