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Cada vez más caranchos tienen que trabajar por necesidad

Cada vez más abuelos tienen que trabajar por necesidad

Un sector vulnerable Lo reveló el defensor porteño de la Tercera Edad, pero los casos se repiten en todo el país. El 62% cobra el haber mínimo. Y la plata no les alcanza para pagar el alquiler, los remedios y la comida.







Ahí, en una casa de Berazategui, vive un abuelo que se levanta todos los días a las 6, que se toma un tren y un colectivo para llegar a tiempo a su trabajo en el Centro, que preferiría quedarse tomando mates con su mujer; pero que no le queda otra. Por el barrio de Pompeya otro hombre de 75 años vive en una pieza, con baño y cocina compartida. Le pide plata a sus hermanos para comprar el diario y leer los clasificados para encontrar un trabajo, porque no le queda otra. Por Boedo un jubilado de 84 años atiende los teléfonos de un consultorio médico porque, cuenta resignado, no le queda otra. Por toda la ciudad, a pie y en colectivo, va una abuelita con bandejas de comida que ella misma cocina y lleva a quien lo pida porque, claro, a ella tampoco le queda otra.

Son cientos, miles, son cada vez más. Son jubilados que cobran la mínima; es decir, $ 2.753 por mes (a partir del 1° de septiembre pasrá a $ 3.231). Como la plata no les alcanza, tienen que salir a trabajar para pagarse sus remedios, el alquiler o la comida. “No existen datos concretos, porque la mayoría trabaja en negro, en situaciones muy precarias.

Pero es una tendencia que crece cada vez más. El 10% de los llamados que recibimos en la Defensoría es por denuncias de mayores que trabajan o de jubilados que nos piden un trabajo. Esto fue en aumento”, explica a Clarín Eugenio Semino, defensor de la Tercera Edad del Gobierno porteño. Los casos se repiten en todo el país, donde el 62% de los jubilados cobra el haber mínimo (ver “Aunque haga...”, en página 4).

Martín Sosa tiene 71 años y está jubilado como monotributista desde hace 5. Vive en Berazategui, y desde allí viaja hasta el corazón de San Telmo todos los días para, detrás de una computadora, registrar reclamos de los porteños. Su horario comienza a las 9, pero mucho antes, a las 6, Martín se levanta para tomar el tren de las 7 y luego el colectivo que lo deja a pocas cuadras del trabajo: “Es un esfuerzo grande el que hay que hacer, y cada día cuesta un poco más. Pero quedarme en mi casa sin hacer nada es un lujo que no me puedo dar. ¿Quién me paga si no los impuestos o el pan para la noche?”.

En Pompeya, en una pieza de 2x4 metros, pasa las horas Gigino Mele (75). De los $ 2.700 que cobra, $ 1.300 se van en ese pedacito de techo. Para el resto del mes, sólo tiene para gastar $ 1.400. Nacido en Nápoli, al sur de Italia, fue taxista durante treinta años, hasta que un problema de salud lo sacó del auto y ahora necesita encontrar trabajo: “ Tengo miedo, mucho miedo. A la depresión, al hambre. No tengo plata para hacer nada, a veces le pido ayuda a mis hermanos para poder comprar el diario y leer los clasificados. Por suerte de salud estoy mejor y el cuerpo me da para trabajar. El problema es que ahora por un alquiler de taxi piden mucho y se me hace imposible”, dice Gigino y cuenta que llegó a pasar días sin poder comer.

El crecimiento de la expectativa de vida –que hoy alcanza los 74 años– genera que muchos jubilados no se resignen a vivir con lo justo, porque se sienten en condiciones de trabajar. Pero reinsertarse en el mercado les resulta difícil. “Las personas con mayor calificación tienen menos posibilidades de volver a trabajar.

La mayoría ingresa al mercado informal ”, explica el defensor porteño Eugenio Semino, y agrega: “Terminan realizando actividades de baja calificación, pero que resultan de alto riesgo. Por ejemplo, se dedican a manejar un taxi, una actividad muy estresante. También suelen ser contratados en negro como serenos, un trabajo muy riesgoso por la inseguridad”. Las mujeres, detalla Semino, encuentran más dificultades ya que son menos requeridas y se enfrentan a la discriminación de género.

Otro caso es el Juan Carlos Barbero. A sus 84 años, sigue trabajando como asistente de un médico en Boedo: “Lógico que si tuviera que elegir me quedaría en mi casa, iría al cine o al teatro, pero son cosas que no puedo hacer. Trabajo desde chico y mis últimos años también serán trabajando”.

Angela Schroeder De Tanuto tiene 78 años y, como muchas abuelas, ama cocinar. A tal punto que esa fue la manera que encontró para poder pagarse sus remedios y el alquiler de la casa que comparte con su hija: “Los vecinos me llaman, hacen el pedido, cocino y se los llevo. En general viven todos cerca, pero a veces me llaman de algún lugar lejos y también se los llevo. Caminando o en colectivo.

Es la única forma que tengo para poder ganar unos pesos extra y poder vivir de una manera más digna ”. Dice ella y al igual que todos lo hace porque no le queda otra.
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