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Chile Versus Argentina

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El lugar
Lollapalooza Chile se realiza al medio de la ciudad, en un Parque O’Higgins con varias formas de acceso, entre ellas el Metro. Lollapalooza Argentina está lejos de la capital y moverse requiere una mayor estrategia. Al hipódromo de San Isidro se llega a través de trenes, colectivos (buses) o taxis con tarifas bastante más bajas que el transporte público en Santiago. Sin embargo, la variedad para la ida no se replica en el regreso, donde pasada la medianoche las esperas son tan largas como caóticas para conseguir la escasa movilización y los especuladores hacen nata con los precios. Los planes de contingencia desarrollados acá entre la autoridad y la producción local hacen una sensible diferencia en conectividad y comodidad, dando ventaja a la franquicia chilena. 
La producción
La franquicia nacional ha aprendido de sus cinco años de experiencia, en particular en lo que concierne a horarios y calidad de presentaciones simultáneas. Buenos Aires funciona igual de bien con los tiempos, pero tiene otros elementos al debe: la puesta en escena de St. Vincent a ratos se mezcló con el sonido de Molotov y a Pedro Aznar lo afectó el vecino concierto de Kongos. Shows como los de Kasabian y Pharrell Williams no tuvieron la misma potencia pese a estar en el mismo lugar. 
La versión trasandina además evidencia mayor desorden en las esperas de los puestos de comida, baños y comunicaciones.
El Line up
Gustos y apreciaciones musicales aparte, Lollapalooza Chile habría ganado mucho más en impacto y convocatoria con un nombre como Pharrell Williams, en lugar de la banda que ocupó su espacio aquí: Kings Of Leon. Pese a que ninguno de los dos presentó shows descollantes, la ausencia de una figura pop tan ineludible como Pharrell resintió el capítulo nacional. El argumento local es que los responsables de Sex On Fire dotaban de exclusividad a nuestro cartel (como el caso de The Specials, otro show que los argentinos no vieron), pero lo cierto es que este era EL año para hacerse con un número mediático y crossover como el de Williams. En Buenos Aires se vieron muchísimas familias entre los miles impulsados por el contagio global de Happy. Quizás sólo fueron a eso, pero aportaron variedad generacional y masividad a un festival que también necesita apelar a lo grande.
Frente al cuestionado lugar que ocupan los músicos nacionales en Lollapalooza, Chile tiene mucho más que decir que nuestros vecinos. La presencia de artistas locales en cada versión es ostensiblemente mayor, apoyada en buena medida por la existencia de un sexto escenario pero también con elementos como el de Ana Tijoux a cargo de cerrar la noche en su ubicación. Al otro lado de la cordillera un clásico con la trayectoria de Pedro Aznar salió a las cinco de la tarde, y eso fue lo más cerca que un argentino estuvo de un horario estelar. 
Una nota sobre los sideshows: Argentina logró levantar dos eventos internacionales gratuitos (Fitz and The Tantrums + Kongos y Three Days Grace), un interesante desafío para una producción local que tiene todo para replicar esta iniciativa en próximas ediciones. 
El público
Argentina llevó 75 mil personas diariamente versus las 60 mil reportadas en la primera jornada del Parque O’Higgins y aún menos en la segunda. Proporcionalmente, sin embargo, Lollapalooza Chile tiene un arrastre más potente: nuestro país, con un mercado y población más pequeños, rivaliza con las cifras de asistencia argentinas y brasileñas -el año pasado las sobrepasó- y también este 2015superó los visionados en streaming del evento.
Desde lo estético, la sensación ambiente en Argentina corresponde más a la de un concierto que en nuestro Lollapalooza. En una impresión -totalmente subjetiva, claro- la versión de Santiago tiene más tonos de revista de vida social en la foto del público. Un festival de estas características requiere alianzas comerciales, pero allá las marcas se perciben menos invasivas y definitivamente menos concentradas en generar sus propias acciones que en servir al objetivo principal: apelar a gente reunida para ver música. De los benditos palos para selfie, ni hablar: son moda aquí y allá. Ojalá no por mucho.
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