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Ciudad de Mexico se queda sin agua y se hunde


CIUDAD DE MÉXICO Una ciudad se seca y se hunde






En días malos se puede percibir el hedor a más de un kilómetro de distancia, transportado por el aire sobre una jungla de autopistas y parques empresariales.

Cuando el Gran Canal fue terminado, a fines del siglo XIX, fue una gran hazaña de ingeniería y un símbolo de orgullo cívico: de 47 kilómetros de longitud, con capacidad para mover decenas de miles de litros de aguas residuales por segundo. Prometía resolver los problemas de drenaje e inundaciones

que habían asolado a la ciudad durante siglos.

Sólo que no fue así, casi desde el principio. El canal estaba basado en la gravedad. Y la Ciudad de México, a 2500 metros sobre el nivel del mar, se hundía, colapsándose sobre sí misma.

Se sigue hundiendo, cada vez más rápido, y el canal es sólo una víctima de lo que se ha vuelto un círculo vicioso. Siempre escasa de agua, la capital mexicana hace perforaciones cada vez más profundas, debilitando los antiguos lechos de lagos de arcilla sobre los que los aztecas construyeron gran parte de la ciudad, lo que causa que se desmorone aún más. Es un ciclo empeorado por el cambio climático. Más calor y sequía significan más evaporación y aún más demanda de agua, lo que añade presión para aprovechar embalses distantes a costos exorbitantes o vaciar más los mantos acuíferos subterráneos y acelerar el colapso de la metrópoli.






En el enorme barrio de Iztapalapa —hogar de casi 2 millones de personas, una gran cantidad de ellas sin agua en sus casas— un adolescente fue tragado por una grieta en el quebradizo suelo que contribuyó a abrir una calle. Las banquetas parecen porcelana rota y 15 escuelas primarias se derrumbaron.

Se escribe mucho sobre el cambio climático y el impacto del creciente nivel del agua en poblaciones frente al mar. Pero las costas no son los únicos lugares afectados. La Ciudad de México es un ejemplo patente. El mundo invirtió mucho en capitales muy pobladas como ésta, con enormes economías y la estabilidad de un continente en riesgo.

Un estudio pronostica que el 10 por ciento de los mexicanos de 15 a 65 años con el tiempo podrían llegar a emigrar al norte como resultado de las crecientes temperaturas, la sequía y las inundaciones, potencialmente diseminando a millones de personas e intensificando las tensiones políticas ya extremas en cuanto a inmigración.

A diferencia de los congestionamientos de tráfico o la delincuencia, el cambio climático no es algo que la mayoría de la gente sienta o vea fácilmente. Pero es como una tormenta que se avecina, tensionando un tejido social ya precario y amenazando con empujar a una gran ciudad hacia un punto álgido.

Como dice Arnoldo Kramer, director de Resiliencia de la Ciudad de México: “el cambio climático se convirtió en la amenaza más grande a largo plazo para el futuro de esta ciudad. Y eso es porque está vinculado al agua, la salud, la contaminación del aire, los trastornos del tráfico por las inundaciones, la vulnerabilidad de las viviendas a los corrimientos de tierra —lo que significa que no podemos empezar a abordar ninguno de los problemas reales de la metrópoli sin enfrentar la cuestión del clima”.

Hay mucho más en juego que el bienestar de esta ciudad. En el extremo, si el cambio climático causa estragos en el tejido social y económico de ejes globales como la Ciudad de México, advierte el escritor Christian Parenti, “ningún muro, arma, alambre de púas, dron aéreo armado o mercenario permanentemente desplegado podrá salvar a una mitad del planeta de la otra”.




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