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Cristina: mentiras y más mentiras

Cristina Fernández, viuda de Kirchner, tuvo razón cuando afirmó durante el fin de semana: “Es lindo sonreír siempre y decir a todo que sí. Pero cuando decís a todo que sí, llega un momento en que tenés que decir a todo que no porque te quedás sin nada para hacer frente a las obligaciones que tenés".




Ahora bien, el problema no está en lo que se afirmó, sino en quién lo dijo. Las palabras de la presidenta demuestran una hipocresía absoluta, que es propia de una persona que no se ruboriza al mentirle al soberano.

Es cierto que a un verdadero estadista, cuando está en juego el destino de un país, no le debe temblar la mano a la hora de tomar decisiones que puedan resultar antipáticas o impopulares. Ello, siempre y cuando, existan programas y planes estratégicos que delimiten un rumbo claro, y que aporten soluciones a problemas estructurales. Este no es el caso del kirchnerismo. Por el contrario, si hay un gobierno que ha dicho todo que “sí”, que ha hecho de la permisividad un culto, fue precisa la administración K.

Por ejemplo, el kirchnerismo incluyó en su seno a agrupaciones piqueteras que tuvieron libertad absoluta, durante años, para cortar rutas y hacer escraches contra empresas, empresarios, ruralistas o dirigentes políticos que, eventualmente, estaban en la vereda de enfrente del gobierno nacional. Con la venia y recursos aportado por el poder político, se convirtieron en una suerte de fuerza de choque y en reclutadores de lo que nuestro diario viene denominando “el voto fácil”, es decir, el sufragio obtenido a partir de la extorsión y del miedo de los sectores socialmente más postergados a perder lo poco que tienen.

En esa dirección, para poner en marcha este proyecto de poder, se institucionalizó el clientelismo político como nunca antes en nuestra historia, condenando así a los beneficiarios de los planes sociales a seguir siendo pobres o indigentes. En definitiva, para los K, que los excluidos puedan acceder a un trabajo digno y genuino les resulta contraproducente. Y esto tiene una razón de ser: un trabajador que gana el sustento de su familia con el sudor de su frente adquiere un espíritu crítico y no admite extorsión alguna al saber que su supervivencia no depende de su asistencia o no un acto político, o de entregarle su documento a un puntero los días de elecciones.

La cultura del trabajo está en las antípodas del gobierno K, cuyo modelo de país va en sintonía con las políticas implementadas por Martínez de Hoz durante la dictadura y por el menemismo en lo ´90. La dictadura, Menem y los K son los eslabones de una misma cadena que convirtió a la Argentina en un país donde el valor agregado, y la generación de trabajo genuino, brillan por su ausencia.

Lo que sucede con la industria automotriz es una muestra palpable de la mentira del relato. En realidad, este sector de industria no tiene casi nada. Lo que existe en la Argentina son meras ensambladoras de partes que se fabrican en distintas partes del mundo.

Se calcula que aproximadamente el 70% del valor total de las autopartes es importado, lo que agudiza el déficit comercial en un país como la Argentina cuya industria nacional ha quedado reducida a su mínima expresión. De hecho, todas las terminales automotrices instaladas en nuestro territorio son filiales de empresas multinacionales.

Otro camino

Es mentira que otro camino no es posible. Con sólo mirar lo que sucedía hace algunas décadas, especialmente durante los gobiernos de Juan Domingo Perón y de Arturo Frondizi, nos damos cuenta que nuestro país estaba a la vanguardia de la industria automotriz.

Había importantes empresas de capitales íntegramente nacionales -como la Siam Di Tella- que desarrollaban sus propios modelos de automóviles. Incluso, hasta el Estado lograba importantes desarrollos. Tal es caso, por ejemplo, de la pick up Rastrojero, que comenzó a fabricarse a partir de un proyecto impulsado por la empresa pública IME (Industrias Mecánicas del Estado), ldurante la segunda presidencia de Perón.

El nerviosismo del gobierno K por el conflicto en la planta autopartista Gestamp, que ayer llevó a que la ministra Débora Giorgi criticara la conciliación obligatoria, se debe a que pone blanco sobre negro la realidad de nuestra industria. El kirchnerismo busca invisibilizar el conflicto, quitarle entidad a los manifestantes, para no quedar desnudo.

La realidad es que un conflicto laboral absolutamente menor, que involucra a sólo 67 trabajadores, puso en jaque a las principales plantas automotrices, que ya estaban resentidas por la recesión que existe en la Argentina y las medidas proteccionistas dispuestas por Brasil. Y esto ocurrió, sencillamente, porque lo poco que queda en pie del sistema productivo está atado con alambre. La Argentina, hoy por hoy, ni siquiera es capaz de producir internamente la caja de cambio de un automóvil.

Este modelo se repite en materia ferroviaria. Los talleres distribuidos a lo largo y ancho del país, que durante años fueron un modelo a seguir a nivel mundial, se encuentran abandonados. Todas las promesas de reactivación, anunciadas una y otras vez tanto por Néstor como por Cristina, quedaron en la nada. A las palabras se las llevó el viento, y se terminaron importando trenes desde China.

El gobierno K, desde que Néstor Kirchner se instaló en la Casa Rosada, ha dicho todo que sí a un modelo de país basado en los servicios, y en la especulación. No es casualidad que, en los últimos años, los que más ganaron hayan sido los bancos y el puñado de empresarios que regentean las tragamonedas, a los que ni siquiera se les puede hacer cumplir un límite horario (los bingos funcionan las 24 horas) y la ley antitabaco.

Los K le dijeron sí a la timba y a la usura. Y seguramente lo seguirán haciendo, hasta que dejen el poder. Faltan 16 meses: esperemos que, partir de diciembre de 2015, comience a escribirse otra historia.
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