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Cristina no tiene nada de peronista

Cristina no tiene nada de peronista


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Mientras la presidenta Cristina Fernández da rienda suelta a los actos de la militancia rentada organizados por agrupaciones de militantes rentados que viven de las arcas del Estado, como La Cámpora y Kolina, decidió bajarle el pulgar al evento central que se venía organizado para recordar el Día de la Lealtad, al cumplirse hoy 69 años de las histórica movilización de trabajadores que exigió la liberación de Juan Domingo Perón, en momentos en que estaba preso en la isla Martín García.

La indiferencia de Cristina no es casualidad. Nunca fue ni será peronista, y su gobierno se encuentra en las antípodas de los ideales que representan Perón y Evita. A cualquier kirchnerista le causa fiebre el sólo hecho de escuchar frases relacionadas con la cultura del trabajo, la producción y la productividad, consignas que constituyen el fundamento de la doctrina peronista. No por casualidad, una de las 20 verdades del justicialismo, reza: “en la Nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume”.

Bajo esa doctrina, fue Evita la que llevó adelante una titánica tarea social, cambiando para siempre la lógica de la caridad que apuntaban a condenar al pobre a seguir siendo pobre. Por el contrario, siendo una hermosa mujer de 30 años, Evita trabajaba 14 horas por día para atender a cada familia necesitada, facilitándole el acceso a poder tener una máquina de coser o un taller, como forma de poder progresar en función de su esfuerzo. Se creó así una auténtica cultura del trabajo, haciendo que la Argentina se convierta en el país con la clase media más próspera y extendida del continente. Durante los dos primeros gobiernos peronistas, por primera vez, los hijos de los obreros pudieron acceder a estudios superiores, ya sea para convertirse en mano de obra especializada o directamente en profesionales. Y ello fue posible, solamente, porque había un sólido aparato productivo y un robustecido mercado interno.

Durante sus once años en el gobierno, el kirchnerismo hizo todo lo contrario. Inspirándose en las peores prácticas políticas, que hasta le causarían escozor a los compadritos conservadores de la década infame, se montó un gigantesco aparato clientelar para distribuir dádivas desde el Estado de forma discrecional. Y todo esto se financió con una agobiante presión fiscal, poniéndole la soga al cuello a las pymes y a los sectores productivos. El resultado: la generación de empleo genuino brilla por su ausencia, la cultura del trabajo quedó dinamitada y la Argentina, que era el país de Latinoamérica con ma yor movilidad social de América, es presa del atraso y del subdesarrollo.
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