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Cuando la política es una religión de fanáticos

Jorge Sigal, periodista y ex militante comunista, y Laura Di Marco, autora de un libro sobre La Cámpora, reflexionan sobre la militancia de creyentes que no se limitan a defender medidas de gobierno sino a crear un hombre nuevo.




¿Qué pasa cuando la política se convierte en religión? ¿Se pueden tener respuestas para todo? ¿Existe la verdad absoluta? Jorge Sigal fue militante comunista y un verdadero creyente. El paso del tiempo, sentirse vacío y la terapia lo ayudaron a darse cuenta de que el dogmatismo de su militancia no era una forma de práctica política sino religiosa. Abandonó el partido, se hizo periodista y escribió El día que maté a mi padre, la historia de su desencanto. Laura Di Marco es periodista y autora de La Cámpora, el libro sobre la agrupación de jóvenes kirchneristas. Allí describe el pensamiento único, la creencia en la verdad histórica y la imposibilidad de dialogar con otras expresiones ideológicas. PERFIL los reunió para hablar sobre el fanatismo ideológico y la fe religiosa en la política.

Emociones. Ambos coinciden en que la seducción no es política sino emocional. La atracción es más profunda que una serie de medidas de gobierno: es el deseo de cambiar la esencia del ser humano. “Yo no me enamoré de las ideas económicas sino de hacer un hombre nuevo. Eso tiene mucho de religioso”, señala Sigal y bromea con que, para los comunistas, viajar a Moscú era como una “peregrinación a La Meca”. El propio himno La internacional dice en una de sus versiones que “la Tierra será el paraíso de toda la humanidad”. ¿Qué consecuencias trae el fanatismo? Una de ellas es dejar de pensar. “El camarada tiene ideas”, decían peyorativamente en el Partido Comunista cuando uno de ellos no compartía un punto de vista. Sigal se lamenta: “Para mí el dolor más grande fue descubrir que me movía por impulso”.

La Biblia. Las verdades bíblicas no se discuten: se acatan. Las ideas individuales no tienen lugar al lado de la “verdad superior” que encarna la cúpula. Por eso los líderes no pueden morir como humanos sino como héroes: “Es un disparate que a Chávez le inocularon el cáncer. ¿Quién puede creer una cosa así?”, señala Di Marco acerca de la hipótesis de Nicolás Maduro, que hasta sugirió la reencarnación del líder en el cuerpo de un pájaro. ¿Cuál es el valor simbólico de la muerte? Sigal afirma que ése es otro precepto religioso: morir por un ideal es como entregarle la vida a un Dios. Así como el credo político ve al líder como un superhombre, a los que no creen en su misma fe no los considera ni siquiera humanos: son gorilas, gusanos o ratas. Para Di Marco, estos términos expresan una ideología autoritaria, ya que aquellos que no integran sus filas no son considerados personas sino animales.



Los credos políticos tienen diseñado de antemano cómo serán la sociedad y el ser humano del futuro. Sigal asegura que todo lo que está afuera del dogma es visto como un estorbo, se considera traición y se paga con violencia: “Si estoy construyendo una vida nueva, al que no lo entiende primero trato de persuadirlo y después lo elimino, porque se convierte en un obstáculo de la maravillosa vida que voy a construir. Ahí veo muchos puntos de contacto con el fanatismo religioso”. ¿Qué diferencia hay entre un fanático y un mercenario? El periodista sostiene que, si bien los corruptos le parecen repulsivos, el fanático convencido es más peligroso que el mercenario, ya que los fanáticos son los que llevan las causas hasta las últimas consecuencias: “El tipo convencido te pega un tiro y te dice ‘bien muerto está’”.

Para Di Marco es similar a la situación de las mujeres que están en pareja con golpeadores y eligen seguir con ellos: asegura que una vez que se acepta el maltrato, cada vez se toleran más cosas. ¿Cuáles son las consecuencias? ¿El credo político se puede cobrar vidas? Di Marco recuerda el fallecimiento de Iván Heyn, el joven economista de La Cámpora que apareció muerto en Uruguay: “Iván empieza a desencantarse, sufre una depresión muy grande y aparece muerto. Sus amigos me contaron que se daba cuenta de que el modelo sólo funcionaba en base a la obediencia. Yo no descreo de la versión de que murió asfixiado en un juego sexual. Lo hizo y se le fue la mano. Los psicólogos lo llaman ‘suicidio encubierto’”.

Vida organizada. ¿Qué expectativas tienen los seguidores de un credo político? ¿Cómo es posible disolver al individuo en un colectivo cerrado? ¿Cuál es el atractivo de obedecer sin cuestionar? El fanatismo político, al igual que las religiones, trae aparejada una visión del ser humano y una moral que organiza la vida. La fe sagrada actúa como un manual que tiene respuestas para todo. Para Di Marco, es más fácil vivir de una ilusión que arriesgarse a ser libre: así como las incertidumbres dan miedo, las certezas brindan seguridad. Asegura que ante el retroceso de las religiones, la ilusión de que hay un sistema político que soluciona todo resuelve el sentido de la existencia. La periodista sostiene que eso hace que los fanáticos se pongan nerviosos ante las críticas, ya que sienten que les están cuestionando su vida.

Los elegidos. Los credos políticos no son muy distintos de otras creencias que depositan el saber en unos pocos “elegidos”: sus fanáticos aceptan que la información esté limitada a un grupo selecto. Para Di Marco, el secretismo es un elemento autoritario: asegura que La Cámpora echó a Marta Oyhanarte de su cargo de subsecretaria de Fortalecimiento de la Democracia para evitar que se difundiera la información pública y estuviera al alcance de los “enemigos del modelo”.

El control de la información también es interno: Sigal habla de una especie de “policía interna” que perseguía infidelidades, juzgaba la conveniencia o no de relaciones amorosas y sancionaba las conductas sexuales que no aprobaba, muy especialmente la homosexualidad.
Di Marco cuenta que La Cámpora tiene “tribunales” similares que evalúan los comportamientos de sus integrantes. ¿De dónde surgen estos métodos? Los jurados internos remiten a la cultura política setentista y las prácticas de las organizaciones armadas en las que hasta una relación de pareja podía ser objeto de juicio.

Los autores sostienen que para los credos políticos la democracia no es un valor. El lenguaje militarista lo demuestra: si se sienten “soldados” y tienen “enemigos” no se permiten dudar, escuchar al otro y aceptar que los pueda convencer. Sigal admite que no creía en la democracia sino en la dictadura del proletariado: una vez que los obreros y campesinos tomaran el poder, habría un partido único que dejaría afuera a los otros. El periodista recuerda que para los comunistas la democracia era una formalidad burguesa. Para Di Marco, eso es autoritario: “Si no está el condimento de la libertad no hay desarrollo posible. Si empezás a convocar soldaditos las decisiones se toman entre dos o tres personas y es imposible un proyecto de país”.




Desaparecidos. El pasado de los padres de algunos de los jóvenes que se acercaron al kirchnerismo es algo que Di Marco no pasa de largo. Varios de ellos fueron desaparecidos por la dictadura. La periodista sostiene que los hijos se identifican con la misión que sus padres no pudieron cumplir: “Hay una idea de revolución inconclusa. Se abrazan a una causa que es su padre y su madre. Y encima con el condimento de que Néstor Kirchner y Cristina Fernández meten en cana a los asesinos de sus padres y les dan plata y poder. ¿Cómo no los van a defender desde un nivel de fanatismo donde no entra la razón?”. Si bien comprende que levanten las banderas de sus padres, observa un destiempo en las consignas: asegura que para los integrantes de La Cámpora, a diferencia de la generación de los años 70, la revolución es estar sentados en los directorios de las empresas como representantes del Estado.

Para Di Marco, el kirchnerismo les ofreció un discurso “simple y canchero” que reconstruye el pasado: “En La Cámpora están llenos de prejuicios: ven su relato y lo proyectan en la realidad”. Asegura que en ese relato no opera la racionalidad sino la fe: “Yo me preguntaría por qué en los años 80 Néstor y Cristina hicieron una marcha de apoyo a (Rodolfo) Fito Ponce, un sindicalista sanguinario que fue parte de la Triple A”. Por eso critica a los intelectuales, a los que acusa de cercenar y recortar los hechos. Sigal asiente y diferencia el credo político actual al de la generación de los 70: “Yo entiendo el mito del Che Guevara: dejó la comodidad y la riqueza de su familia para ir a meterse en la selva. ¿Qué tiene que ver con un señor que anda en una Harley en Puerto Madero como Boudou?”.

La angustia y la depresión, aseguran los autores, pueden ser los pasos siguientes a la desilusión. Sigal lo vivió y teme que a las nuevas generaciones les ocurra algo similar: “Es imposible no pensar en el desencanto y la caída. Es muy peligroso lo que se puede generar: el ser humano no es perfecto, y si creo que hay un ser humano que es perfecto es porque tengo una concepción autoritaria y fascista”.

¿Es posible romper con la ilusión? Di Marco cree que eso tiene que ver con la audacia de cada persona: “Si mi ilusión no es cierta, tengo que empezar a vivir desde otro lugar y mirar la vida de una manera más compleja. Los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos. Es la angustia de quedarte sin un Dios”.



Partidos como Iglesias o como sectas

Fortunato Mallimaci es sociólogo y especialista en religión. Acaba de editar La influen cia de las religiones en el Estado y la Nación Argentina (Eudeba).

—¿Qué debe tener un espacio político para considerar que tiene rasgos religiosos?
—Los partidos políticos en el devenir democrático han continuado con los tipos de organizaciones similares al tipo Iglesia. Algunos a través de movimientos que asumen el Estado para llegar a todos. Otros son similares a sectas, forman grupos de identidades fuertes que desprecian al conjunto y que cuando hay posibilidades de llegar al objetivo se fracturan. Y hay de tipo místico, que crítican al Estado y a toda organización social desde la experiencia individual sin intención de crear un grupo.
—¿Qué características tiene la religiosidad política en la Argentina?
—En nuestro país y en América latina la hegemonía de las creencias, los ritos, las liturgias, los dogmas y las formas de autoridad y legitimidad cristianas se ha trasladado y continuado en los movimientos mayoritarios que han llegado a controlar el Estado en situaciones democráticas, autoritarias o dictatoriales. La Argentina es un claro ejemplo de este vínculo entre creencias religiosas –especialmente cristianas– y políticas, donde los radicalismos y peronismos, como las dictaduras cívico-militares y religiosas, muestran similitudes y particularidades.
—¿Qué papel cumple la creencia en el fanático político?
—La búsqueda de sentido completo e integral a la vida se va complejizando en las sociedades del capitalismo globalizado. Los especialistas políticos, religiosos o científicos tratan de hacerlo en un solo espacio a tiempo completo que “les llene la vida”, mientras que la mayoría de los ciudadanos comparten experiencias múltiples e híbridas sin hacerse problema. En momentos de angustias e incertidumbres, hay un sector de la población que busca espacios de verdades integrales.
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