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Foto: José Alejandro Castaño / EL TIEMPO
'Bebé' es un león que fue rescatado por Ana Julia Torres, dueña de Villa Lorena. Cuando el animal la ve salta de su jaula para abrazarla.


Villa Lorena es el asilo de las fieras que ya se jubilaron
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Foto: José Alejandro Castaño / EL TIEMPO
'Bebé' es un león que fue rescatado por Ana Julia Torres, dueña de Villa Lorena. Cuando el animal la ve salta de su jaula para abrazarla.

El lugar queda en un barrio pobre, no admite visitantes y funciona por la terquedad de una mujer que detesta los zoológicos y los circos.

Se llama 'Muchacho' y es un ligre anciano, una aberración genética resultado del cruce de una tigresa de Bengala con un león africano. Fue la máxima atracción del zoológico de Pereira, uno de los pocos lugares del continente donde se logró ese cruzamiento deliberado, pensado sólo para atraer público.

Está aquí porque, tras veinte años de exhibición, ya nadie pagaba por verlo. Antes pesaba 250 kilos, ahora pesa 70, ya no ruge y permanece en Villa Lorena, un albergue privado que no admite visitantes y que es para animales heridos, viejos o quitados por la Policía a narcotraficantes.

El refugio está en el norte de Cali, en el barrio Floralia, un suburbio de casas apeñuscadas a orillas del río Cauca, donde se vierten los desechos de la zona industrial de la ciudad y las alcantarillas de casi todos los barrios. El agua cruza a un lado de la jaula de Muchacho, pero el hedor no parece importarle, solo los gallinazos que merodean el cauce en busca de desperdicios y que, aprovechándose de su vejez, se meten hasta su jaula para picotear las raciones de carne que le lanzan los empleados del parque.

Contigua a la jaula del ligre hay un león de melena parda llamado 'Rumbero'. La Policía lo trajo hace unos meses. Era propiedad de un grupo de sicarios del Eje Cafetero que lo usaba de mascota, quizás para devorar gente. Nadie lo sabe. Los hombres, todos miembros de una banda de matones, sedaban al animal con tragos de whisky y aguardiente y se lo llevaban de rumba, atrás de sus camionetas de vidrios blindados.

Una de las condiciones de esta suerte de ancianato para fauna salvaje es que, mientras esperan la muerte, los animales lo hagan en paz, sin distracciones ni luces de cámaras fotográficas ni trozos de snaks lanzados por niños bulliciosos.

El silencio llega a ser tan rotundo en Villa Lorena que a mediodía, cuando el sol arrecia a casi cuarenta grados centígrados, pueden oírse las tortugas en su estanque, masticando hojas de lechuga y tallos de brócoli. Algunas tienen extremidades amputadas, otras pedazos de la cola. Casi todas tienen cicatrices de golpes en sus caparazones, de hoyos hechos con taladros eléctricos para atarlas a cadenas.

Hay una que recogió un taxista de la calle, abajo de la Torre de Cali, el edificio más alto de esta ciudad. Fue lanzada del séptimo piso, desde quince metros de altura, pero sobrevivió. Soldaron su caparazón con cemento odontológico, de ese que usan los dentistas para reparar sonrisas. ¿Quién pudo reír cuando el animal fue lanzado por los aires?

Persistencia

La dueña de Villa Lorena se llama Ana Julia Torres. Tiene 44 años, hace 12 creó el refugio y ninguna oficina estatal le ayuda en nada, apenas le ofrecen animales decomisados en las fincas mafiosas: loros, tigres, caimanes, pavos reales, micos, ciervos, leones, avestruces, jaguares, culebras... ella manda cartas, hace llamadas, sale en la televisión, pero pocos le ayudan. Algunos creen que está loca, otros la acusan de mercadear con el sufrimiento de las fieras para salir en los periódicos. Ella no se inmuta. Dice que la mueve el amor por los animales y que la gente puede pensar lo que quiera.

Villa Lorena está en el extremo de un camino de huecos y remolinos de polvo donde los niños juegan fútbol. La puerta de entrada es roja, alta, de metal, parece la entrada de una fábrica de carnes frías. No hay un letrero ni ventanas ni espacios para husmear desde afuera. El timbre funciona cruzando dos cables pelados en las puntas, arriba de un mural de animales salvajes a los que ya se les cayó la pintura.

Y una osa calva

El lugar quizás mida lo mismo que dos campos de fútbol, nada más. En total hay 800 animales, la mayoría pájaros. Lo primero que uno se encuentra, veinte pasos después de entrar, es una suerte de museo con los cuerpos disecados de los animales que han muerto allí. Hay un mico, se llamaba 'Yeyo'. La policía se lo quitó a un hombre que, cuando se emborrachaba, lo agarraba a patadas.

El cuerpo permanece dentro de una urna de cristal con los brazos extendidos, como si pidiera ser cargado. A su lado hay un avestruz con las patas deformes a causa de un encierro de años. El ave estuvo en un guacal tan reducido que sus pezuñas se torcieron y ya no pudo correr nunca más. Pero el animal más célebre del museo de Villa Lorena no es un felino. Es una elefanta.

Se llamaba 'Wini' y la Alcaldía de Cali la decomisó de un circo de paso por la ciudad. Su caso salió en los noticieros de televisión. La elefanta estaba desnutrida y enferma, con las patas ulceradas. El animal barritaba de dolor, y sin embargo era obligada a salir a la pista dos veces cada noche. Sus huesos permanecen por ahí, tirados en un rincón, al lado de un león africano llamado 'Mister' al que un narcotraficante le mandó sacar los dientes y las garras antes de soltarlo en el jardín de su casa.

En Colombia, el abuso animal no es un delito, y en todo caso, los abusadores no van a la cárcel, ¿deberían? Ana Julia dice que sí, y se enfurece cuando recuerda que hace apenas tres semanas, un hombre mató de una pedrada a una leona en el zoológico de Cali. ¿Quiénes son las verdaderas fieras?

El último animal muerto en Villa Lorena fue 'Lulú', una osa de anteojos vieja y calva, con las garras arqueadas. Su piel negra, berrugosa, terminó por repeler la mirada de los visitantes en el parque donde antes fue la estrella.

Quizás los huéspedes de Villa Lorena sean prueba de que los zoológicos y los circos a veces son mundos idealizados en los que, como pasa en los centros comerciales, no se admiten mendigos ni perros callejeros.

Todos podríamos rechazar el tráfico de animales salvajes evitando asistir a espectáculos donde se los explote"

en la vida de un ser humano equivalen a 1.825 en la vida de un gato, es decir, 5 veces más. 'Muchacho', el ligre que fuera la máxima atracción del zoológico de Pereira, tiene 20 años felinos, lo que equivale a 100 años humanos. Se trata de un anciano moribundo.

Caballos apuñalados

Sólo en Cali, la Fundación Paz Animal debe sacrificar a 600 animales al mes por culpa de maltratos recibidos en las calles. Las mayorías son perros, gatos, cerdos y caballos. Algunas veces, la Policía dispone que la carne de esos animales sea destinada a Villa Lorena para alimentar a las fieras. Tras semejante cifra, dicen voceros de la Fundación, se revela un drama de maltrato creciente en esa ciudad. Hace justo un año, al menos cuatro caballos de paso fino, avaluados en varios cientos de millones de pesos, fueron apuñalados durante la cabalgata de la Feria de Cali. Algunos de ellos quedaron tendidos en las calles y terminaron en el barrio Floralia, como un irónico tributo de los animales a sus congéneres de Villa Lorena.

JOSÉ ALEJANDRO CASTAÑO
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
CALI


Fuente:

http://www.eltiempo.com/nacion/cali/2006-12-17/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3369253.html
http://www.timesonline.co.uk/newspaper/0,,170-2536147,00.html
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