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De la Sota y los parapoliciales de la dictadura

En 1976, el sindicalista Alberto Giménez fue asesinado por un comando parapolicial. Su hijo entró en la fuerza para investigar el crimen. El actual jefe de la policía cordobesa, Ramón Frías, le dijo que abandonara el caso si no quería terminar igual.




El comisario retirado Julio César Giménez ingresó a la policía de Córdoba con el único objetivo de esclarecer la muerte de su padre, el sindicalista Alberto Giménez, asesinado durante la última dictadura. Prestando servicio estableció contactos y accedió a los libros de guardia de la época. A medida que profundizó su investigación crecieron sus sospechas de que su padre había sido secuestrado y asesinado por el Comando Libertadores de América, una organización paramilitar y policial que actuó en Córdoba entre 1975 y 1976. Después de formular la denuncia judicial, Giménez comenzó a ser amenazado por el comisario Ramón Frías, recientemente designado jefe de la fuerza. Según Giménez, Frías le decía que si seguía investigando al D2 –Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba y uno de los centros clandestinos de detención que funcionaron en esa provincia– “vas a terminar como tu padre”. El ex comisario relató que, tras sufrir las amenazas, pidió ayuda a las autoridades provinciales, pero no obtuvo respuesta. El caso pone en evidencia la continuidad del accionar policial cordobés a treinta años del regreso de la democracia.




Alberto “El Oso” Giménez era el secretario general del gremio de pasteleros y tenía militancia representativa en la CGT a la que pertenecían Atilio López, Agustín Tosco y René Salamanca. Fue asesinado el 26 de febrero de 1976 en Córdoba Capital por un disparo en la espalda proveniente de una Itaka, en las puertas de un hotel donde se encontraba escondido. Este caso forma parte de la megacausa en la que se investigan delitos de lesa humanidad en el Tercer Cuerpo de Ejército.

–¿Por qué decidió ingresar a la policía?


–Decido ingresar a la policía para poder establecer quiénes fueron los autores materiales del asesinado de mi padre. Yo ingreso a la institución policial en 1983. A mi padre lo asesinan el 26 de febrero de 1976 cuando yo tenía once años, en pleno gobierno democrático porque aún estaba Isabel Perón. Yo no sabía si a mi padre lo habían asesinado por atorrante o por qué. No sabía nada porque en ese momento había una persecución muy grande. Yo trataba de dilucidar el misterio y la única posibilidad era ingresar a la policía.

–¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

–En mi casa se vivía la presión de la dictadura. El hecho de dormir un día en un lado, otro día en otro, era propio de la situación de riesgo de ese momento. Se imponía el terror y el miedo con acciones o situaciones violentas. En 1974 pusieron una bomba en la casa que vivíamos con mi mamá y mi papá. En 1975 lo tirotearon a mi papá a la salida del gremio. Por todas esas circunstancias me mandaron a vivir en forma clandestina con mis abuelos maternos al interior de Córdoba, a Santa Rosa de Calamuchita.

–¿De qué manera accedía a la información ?

–Yo pertenecía al Comando Radioeléctrico de Córdoba, que en esa época era un comando muy cercano al grupo de Inteligencia. Allí, los oficiales compartíamos mate y yo les pedía a mis compañeros que me dejen leer los libros de guardia, y ellos me dejaban leer inocentemente esos libros. En los libros se informaba todo lo que hacía cada grupo, pero no había nombres. Con el pretexto de querer aprender, fui recopilando información. Fue un trabajo de hormiga pero obtuve muchos indicios.





–¿Cuáles fueron esos indicios?

–Yo trabé amistad con el más chico de los hermanos Anton (Herminio y Mirta Anton están siendo juzgados en la megacausa del centro clandestino de detención La Perla). El siempre andaba con un Citröen con características muy parecidas al Citroën desde el que le dispararon a mi papá. Entonces, con la excusa de sacarle información, le dije que me gustaría comprar mi primer autito y le pedí si me podía recomendar algún Citröen. El me contestó: “Este me lo regaló mi hermano, es un botín de guerra de los guerri”. También trabajé con Juan Eduardo Molina (que también está siendo juzgado en la misma megacausa). Molina era oficial de servicio. Yo estuve dos años durmiendo y comiendo con él.

–Y llegó a leer el libro de guardia del día del asesinato de su papá...

–Sí, buscando encontré lo de mi papá. Una vez me trasladaron a la Seccional Primera, que fue donde asesinaron a mi papá y logré ir al depósito. Leí el libro del 26 de febrero de 1976. No había nombres, pero decía: el grupo se trasladó a Base Matienzo, luego fueron a la casa de tal persona en Barrio Ameghino.

–¿La información sirvió para instruir la causa de su padre?

–Sí, porque yo denuncio ante la Fiscalía Federal de ese momento, a cargo del fiscal Gustavo Vidal Lascano, que estaba siendo amenazado. Pero Vidal se aparta del caso por la enemistad que tenía con mi representante legal (el abogado Hugo Vaca Narvaja), y la causa recae, a fines del 2011, en la Secretaría Penal de la fiscal Graciela López de Filoñuk. Yo le relato todo lo que hacen ese día después que lo matan a mi papá: dónde estuvieron, en la casa de quién. Entonces la fiscal me advirtió que la gente que yo le nombraba figura como desaparecida el mismo día que mi papá.

–¿Cuándo comenzaron las amenazas?

–En el 2009 vivía con mi familia en Marcos Juárez y me cita el comisario Ramón Frías que en aquel momento era el jefe departamental del Sur, donde yo prestaba servicio. Me cita en su despacho y me comenta que me va a trasladar a Córdoba capital y que me va a pasar a retiro. Ahí me dice que me deje de joder con investigar el D2: “Seguí con la misma conducta y vas a tener el mismo fin que tu papá”. Al mes me notifican que había sido trasladado a la ciudad de Córdoba, quedando mi familia en Marcos Juárez. Entonces tomo conciencia de que las amenazas se comienzan a materializar. El 29 junio del 2012 me notifican del retiro, pero el ministro de Seguridad de Córdoba, Alejo Paredes, quien fue jefe de la policía y que a su vez había sido compañero mío de promoción, me saca un retiro condicionado aduciendo que tengo causas administrativas pendientes, algo que era mentira. Después, en diciembre pasado comienzo a tener la presencia de motos policiales con personal uniformado en la esquina de mi casa a modo de apriete. El 28 de diciembre, cuando Paredes dispone que el jefe de la policía sea Ramón Frías, unos policías me hacen detener el auto en que viajaba con mi familia. Cuando bajo, ellos huyen.

–¿Por qué cree que sufrió ese tipo de amenazas?

–Porque los oficiales que me amenazan responden a un espíritu de camaradería militar y tratan de tapar este tipo de situaciones. En general, porque han sido instruidos por quienes integraban el D2 y tienen discípulos que se basan en la misma esencia.

–¿Se contactó con las autoridades provinciales?

–Le escribo una nota al gobernador De la Sota para que se le diera una solución a mi problema, pero no obtuve respuesta. Ni siquiera me llamaron de la secretaría privada, entonces redacto otra nota haciendo responsable al ministro de Seguridad (Alejo Paredes) y al gobernador (José Manuel de la Sota) de la seguridad mía y de mi familia.
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