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¿De qué se trata?



Que vuelva el PRI al poder y que lo haga gobernando con un alto grado de discrecionalidad y muy escasos controles institucionales, como ha hecho desde hace décadas es cosa grave, sí, pero que lo haga como resultado de la resistencia de una parte de la ciudadanía, que ve en los modestos aciertos de otros gobiernos, una amenaza a sus intereses clientelares, o como resultado de la ignorancia y buena voluntad de las nuevas generaciones, que con mostrarles la cara lavada de un supuesto "Nuevo PRI" –más joven pero igual de corrompido–, son capaces de otorgar el beneficio de la duda, es todavía más grave, porque aunque muy pocos lo digan de este modo, pone en evidencia que, pese a los excesos cometidos por el viejo régimen, y pese al esfuerzo hecho por otras fórmulas, la oposición en el país, dista mucho de saber mejorar la calidad de su representación política como para convencer a una parte importante del electorado, y capitalizar lo que parece un acuerdo generalizado: El PRI no es una opción democrática de gobierno.


Sin duda es grande la tentación de decir –como de hecho hacen muchos–, que la culpa es del propio PRI, también que la cosa es cuestión de cultura y costumbre, y que con tantos años viviendo del mismo modo; tras la desilusión de lo ocurrido con las primeras experiencias de gobiernos surgidos de otros partidos, a la gente le da lo mismo quién gobierne, o que tras la euforia inicial de ver llegar al poder otros partidos, después se ha tenido que moderar expectativas en el entendido de que resulta francamente irrisorio, por no decir imposible pedir resultados inmediatos que contrarresten la inercia de dinámicas autoritarias y discrecionales con décadas en su haber.


Yo, además de politólogo, docente universitario y fervoroso creyente en la democracia, soy también panista, no tengo ningún empacho en decirlo públicamente, lo que es más, me siento sinceramente orgulloso de serlo. Como tantos otras personas de mi edad, soy parte de esa generación que dio al país su primer gobierno federal democráticamente electo en décadas, –desde el triunfo de Francisco I. Madero en las elecciones de 1910–, también fui de aquellos que en la esperanza de dar continuidad a un modo distinto de gobernar, y frente a la inviabilidad institucional de discursos coléricos, mesiánicos y populistas, decidí dar un voto de confianza al trabajo realizado, cosa de la que no me arrepiento en lo absoluto, porque conozco personalmente a buena parte de quienes tuvieron a su cargo la responsabilidad de tomar decisiones, y reconozco de sobra su talento, inteligencia, capacidad e integridad, como también admito los desaciertos, errores y omisiones derivadas de su labor.


Lo que es más, es justamente en mi papel de partidario, que he sido, –cosa de la que tienen constancia quienes me conocen–, el más acérrimo de sus críticos por la gravedad de las consecuencias que tales decisiones han tenido sobre parte importante de nuestra sociedad; me queda claro por el tamaño como por la complejidad de los retos que este país afronta, que cualquier decisión que se tome resultará siempre insuficiente. En ese sentido, la pregunta que me hago es, dada la muy alta exigencia que se ha hecho de los gobiernos no priistas: ¿Qué se espera que ocurra en otros gobiernos? ¿De qué se trata aquello que tan neciamente se le reprocha a otros partidos –sean de izquierda o derecha– por lo hecho tras décadas de autoritarismo e incompetencia?


Algunos dirán que aquí no sólo se vive mal, sino que encima ni libertad hay para decirlo, otros, que mientras el común de la gente vive en la más absoluta miseria, quienes ocupan el poder viven entre lujos y derroche, sin la menor consideración del tipo de problemas que padecen quienes menos tienen, tampoco habrán de faltar quienes digan, que no hay siquiera democracia de verdad, y que hay realmente muy poco interés por contrarrestar la impunidad de aquellos que infringen la ley, porque a veces incluso, pareciera que hay cierta complicidad entre unos y otros para taparse las espaldas.


Y es cierto, realmente no se puede objetar ninguna de estas ideas, ni otras parecidas. Primero porque no faltan razones para poner el dedo en la llaga respecto a la necesidad de reconocer, que no se ha logrado ni la mitad de lo que en otro momento se ha perseguido. Segundo, porque aún si se lograra promover y concretar el tipo de cambios, que no pocos –de buena fe– han propuesto para mejorar las condiciones que actualmente prevalecen en nuestro sistema político, (entre ellos, redistribución de escaños legislativos y mejoramiento de las representaciones partidistas; total independencia de las instancias de justicia; disminución de gastos a distintos niveles de gobierno; aumento de la autonomía de Estados y Municipios respecto la Federación; así como re estructuración de sus esquemas de gobierno), sería realmente modesto su alcance, por no decir nulo su efecto, si no se rompe de tajo dos problemas estructurales que circundan su composición, a saber: la excesiva dependencia económica que tenemos del petróleo, así como la ausencia de incentivos para erradicar los numerosos regímenes de excepción que mantienen virtualmente paralizada cualquier posibilidad real de cambio.


Problemas cuyos efectos se hacen todavía más complejos, en la medida que, ni el PAN que sacó al PRI de Los Pinos en 2000, ni el que en 2006 que refrendó la confianza del electorado, ni mucho menos el autodenominado “nuevo PRI” –que no es en realidad otro, que el mismo de toda la vida, pero con cuadros y dirigencias partidistas relativamente más jóvenes–, ni tampoco las pretendidas propuestas de izquierda –habidas y por haber–, han planteado un examen serio de la cuestión, porque en el fondo, tal binomio asoma como piedra angular del actual sistema político, su discusión es pues, la llave de un cambio sin precedentes todavía inexplorado. Para decirlo al modo de más antes: En el pecado llevamos la penitencia. Es cierto, la cosa dista mucho de ser lo que se dice “el hilo negro”, sin embargo, por evidente que parezca, resulta sorprendente la escasa importancia que se le da.


Tal pareciera que, aunque no se lo reconozca así, e independientemente de la posición ideológica que se asuma, todas las fuerzas políticas actualmente existentes, dan por descontada la permanencia de dichas condicionalidades. Lo cual es bastante grave, porque nos confronta seriamente respecto nuestro real compromiso con el tipo de cambios que la profundización de nuestra inacabada e imperfecta democracia representa.


En cualquier modo, se piense lo que se piense al respecto, sería prudente tener en mente que, el triunfo exponencial –colectivo– de una sociedad y por ende su mejora, exige la fecunda y resuelta atribución individual, de no ver comprometido el esfuerzo personal de todos y cada uno sus integrantes, frente al dispendio de infravalorar la importancia de generar acuerdos compartidos que favorezcan su desarrollo general, so pena de que en el descuido de ese sano equilibrio entre el llamado bien común y el provecho individual, se termine afincando todo tipo de condicionalidades, cuyo común denominador sea la degradación de nuestros valores más importantes, trayendo como consecuencia la desigualdad y por ende la iniquidad. Me pregunto: ¿Estaremos hoy preparados para asumir todos los riesgos que ello conlleva?
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