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Dictadura china reprime hong kong que quiere libertad

El líder de Hong Kong acepta negociar, pero no dimite

- Cy Leung Chun-ying se niega a dimitir pero abre la mano al diálogo para ganar tiempo

- Su discurso sigue siendo el mismo: los cambios electorales son ireversibles

- Ha nombrado a su 'número dos' como representante para negociar ante los estudiantes



El jefe del Ejecutivo de Hong Kong, Leung Chun-ying, anunció este jueves que su Gobierno discutirá con los estudiantes "el desarrollo constitucional" de la isla y comunicó el nombramiento de Carrie Lam, la segunda figura en importancia de la Administración, como representante en las negociaciones. Leung aseguró que desea comenzar "tan pronto como sea posible" las reuniones con la Federación de Estudiantes de Hong Kong, la organización que ha cobrado más relevancia en las protestas y que había marcado ayer el ultimátum para la dimisión del líder de la ex colonia.

Leung se dirigió a los ciudadanos en una rueda de prensa convocada a las 23:30 (hora local), con el edificio central del Gobierno cercado por los manifestantes y en un ambiente de enorme tensión. El líder hongkonés aseguró que no iba a dimitir, como habían exigido los estudiantes. "Si las instalaciones gubernamentales de cualquier país del mundo fueran cercadas de este modo, habría consecuencias serias", advirtió. Horas antes, el Ejecutivo había realizado un llamamiento, completamente infructuoso, para que los jóvenes abandonaran las protestas y la ocupación del distrito financiero de la ciudad.

La decisión de abrir las discusiones con los estudiantes iba dirigida a calmar los ánimos de las miles de personas congregadas alrededor del edificio de Gobierno. La Federación había amenazado con ocupar las oficinas si Leung no dimitía antes de la medianoche de ayer. La organización estudiantil respondió al anuncio del mandatario minutos más tarde con un comunicado en el que aceptaba participar en las negociaciones, siempre se celebraran de forma pública y versaran sobre una reforma política que "debe establecer" el "sufragio universal" y una "democracia real".

Más tarde, la organización Occupy Central with Love and Peace, que inició la campaña de desobediencia civil, celebró la decisión de comenzar las negociaciones con los estudiantes en un tono más amable, aunque exigió de nuevo la dimisión del líder hongkonés.

En la calle, algunos jóvenes respondieron con indignación a la noticia de que Leung se negaba a dimitir. Otros trataron de controlar el ímpetu de los ofendidos formando una cadena humana para evitar que asaltaran las instalaciones administrativas. Cualquier desenlace es posible. "La policía no va a quedarse parada mirando; impondremos la ley de forma decisiva", aseguró Steve Hui, el portavoz de las fuerzas de seguridad.

La decisión de irrumpir en las oficinas del Gobierno no era unánime. "Yo creo que alrededor de un 20% quiere asaltar el edificio, mientras que un 80% prefiere simplemente bloquearlo, para que Leung no pueda entrar mañana a trabajar", decía a este diario horas antes del anuncio Joanna Tse, una secretaria de 24 años.

Muchos se pertrechaban entonces para lo peor. Steve Leung, un trabajador de 20 años, llevaba en su mochila unas gafas de plástico, una bolsa transparente y una mascarilla modelo N95, "las que se utilizan en los hospitales para los gases". El joven esperaba sentado el desenlace de la noche frente a las oficinas gubernamentales, rodeado de sus amigos. Habían acudido al llamamiento de la Federación de Estudiantes. "El Ejecutivo de Hong Kong es falso, es el Partido Comunista Chino quien nos gobierna", protestaba Leung. "Yo sinceramente no creo que consigamos nada, pero lo que no podemos hacer es quedarnos en casa", comentaba.

Todo el centro financiero y la zona administrativa de la ciudad seguían ayer bloqueados con barricadas. No se veían apenas fuerzas de seguridad. Los jóvenes aplaudían ante los vehículos cargados de agua y otros suministros, los únicos autorizados a cruzar la gran avenida que conecta toda la zona ocupada. Aplaudían también los discursos y las canciones ocasionales. Y descansaban pegados siempre a sus carteles con mensajes dirigidos al mundo entero.

El resto de la ciudad funcionaba con normalidad. El metro, los buses y los comercios están abiertos. Hoy, tras dos días de vacaciones, mucha gente se reincorpora a sus puestos de trabajo. Y es previsible que el seguimiento de las protestas sea menor. Algunos empleados tienen el visto bueno de sus jefes para faltar. Muchos otros no.

Nostalgia de la época británica

La revolución de los paraguas ha movilizado a gran parte de los estudiantes y los jóvenes trabajadores de Hong Kong. Hay simpatizantes incluso entre aquellos que se podrían ver más perjudicados. "Yo trabajo en un banco, pero apoyo las protestas", dice Shi Yu, de 30 años. "Mis padres también creen en el movimiento, aunque no se atreven a venir, porque creen que es demasiado peligroso", asegura.

Las quejas contra la China continental son constantes. "Yo pasé seis años en Canadá estudiando", dice Chester Ho, de 28 años. "Cuando regresé, la ciudad había cambiado demasiado, había un montón de problemas", protesta. Ho indica que las tiendas de lujo dirigidas a los turistas acaudalados chinos han sustituido en todas partes al pequeño comercio y que muchos jóvenes no pueden alquilarse un piso por el alza de los precios debida a la especulación de los ricos del continente.

En algunos casos, esta indignación se expresa con verdadero racismo contra sus vecinos. "Vienen demasiados chinos; no son educados, se mean por todas partes, se saltan las colas", afirma Joanna Tse. "Muchos son gente pobre, que procede de las aldeas, y consumen los beneficios sociales que nosotros pagamos", continúa. "Simplemente no nos gustan", zanja.
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