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Dilma Rousseff toma el sendero de la ortodoxia en economía

Tres días después de su reelección, el banco central subió las tasas de interés para controlar la inflación, tal como proponía su rival Aécio Neves en la campaña electoral



En el momento más álgido de la dura campaña electoral brasileña en octubre, la presidente Dilma Rousseff parecía no reparar en la economía del mercado. Para contentar a los militantes izquierdista de su Partido de los Trabajadores, describió a los miembros del partido de la oposición PSDB –conocidos como tucanos– y a su candidato presidencial Aécio Neves, como "banqueros chupasangre".
"Esos tucanos" implantan la inflación para poder cobrar intereses," dijo a una audiencia en Recife, ciudad de la pobre región noreste de Brasil que le garantizó la ajustada victoria electoral por el 3% de los votos el 26 de octubre.
"Hoy, Brasil tiene las tasas de interés más bajas de su historia", afirmó durante otro encuentro.
Sin embargo, tres días después de su triunfo electoral, el banco central hizo exactamente lo que Neves proponía. Subió las tasas de interés a su nivel más alto en tres años para controlar la inflación superior al 6,5%, que es el techo del rango objetivo oficial.
De hecho, desde los comicios, Rousseff silenciosamente comenzó a implementar varios elementos de la plataforma de Neves para tratar de reeequilibrar la estancada economía brasileña. Su postura provocó bromas en Facebook que sostienen que finalmente el ganador de las elecciones fue Neves. La única diferencia es que la versión de sus políticas que aplica Rousseff carece del fervor reformista de su rival.



El país viene aplicando un estímulo fiscal desde 2011 para tratar de contrarrestar los efectos de la crisis de la eurozona, el fin del superciclo de los commodities y el menor crecimiento en China.
El gobierno estimuló la economía mediante bajas impositivas ad hoc y créditos subsidiados otorgados por bancos estatales. Compensaron la inflación resultante con controles cambiarios y de los precios energéticos y del combustible.
Pero esta fuerte intervención detuvo la inversión y no impulsó el crecimiento. También debilitó lo que era el presupuesto mejor administrado del mundo emergente.
A fines de este año, el superávit fiscal primario habrá caído del 4% del PBI en 2008 –anterior a la crisis financiera global– a un déficit de 0,4% a fines de este año, según Itaú Unibanco.
Brasil necesita un superávit primario de al menos 2% para evitar un aumento de su deuda pública bruta. Para estabilizar el presupuesto el país tendrá que implementar recortes del gasto o subas de impuestos o ambas cosas por una cifra entre 100.000 millones de reales y 200.000 millones de reales, según los economistas.
"Esta corrección del rumbo será difícil de implementar sin un giro ortodoxo centrado en el control de gastos", aseguró el ex presidente del banco central Carlos Geraldo Langoni, fundador de Projeta Consutoria.
Para intentar eso, Rousseff eligió otras partes de la agenda propuesta por Neves. Subió los precios del combustible entre 3% y 5%, permitió que el real se debilite contra el dólar, y prometió disminuir los préstamos otorgados por el banco de desarrollo BNDES, la herramienta fundamental del Partido de los Trabajadores para estimular la inversión en infraestructura e industria.
Pero los críticos dudan de su capacidad de generar un verdadero "shock de credibilidad". Las elecciones dejaron a Brasil más dividido que nunca, donde quienes dependen de los beneficiosos sociales votaron a Rousseff y los brasileños más ricos del sur industrializado se inclinaron por Neves.
Brasil debe cambiar un contrato social basado en rápidos aumentos del gasto en pensiones, alzas salariales y otros beneficios que eran posibles gracias a un pronunciado incremento en la recaudación fiscal durante los años de auge de la última década, aseguró Samuel Pessoa, economista de FGV, el instituto académico. Debe reducir el gasto y subir los ya elevados impuestos. "Aumentar los impuestos es malo para el crecimiento, pero el desequilibrio fiscal es peor", señaló Pessoa.
Sin embargo, Rousseff enfrenta un gran desafío porque tendrá que convencer a un nervioso Congreso de la necesidad de aplicar disciplina fiscal, aseguran los analistas. Hasta algunos de sus ministros se muestran más francos. La ministra de cultura Marta Suplicy renunció esta semana dejando una carta abierta en la que implícitamente critica la política económica de la presidenta. Todos los brasileños esperan que Rousseff elija un "equipo independiente, experimentado y probado, para restablecer la confianza en su gobierno", dijo Suplicy.
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