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Dos Géneros de Robertos , un Armario

Dos géneros, un armario

No es fácil testar, aunque sea argumentativamente, la hipótesis que plantea el titular. La distinción entre lo masculino y lo femenino está en el corazón mismo de la moda contemporánea, vehículo por excelencia de las señas estéticas y los roles asociados por nuestra cultura a la mujer y al hombre. Tomemos, por ejemplo, los tacones, erradicados del armario del varón con la Ilustración. Mientras estuvieron asociados al poder, encajaron con los ideales dominantes de la masculinidad. Cuando fueron relegados a la etiqueta femenina, se relacionaron con la frivolidad o el erotismo. El sexismo que hoy vemos en el azul y rosa que separa a los bebés no nos parece tal al contemplar el armario de ellos y ellas. Pero existe. Por cierto: a principios del XIX, el rosa era para los niños y el azul, para las niñas. Cambiaron las tornas, pero el fondo (separar a unos de otras) se mantiene. «La moda está tan obsesionada con el género que incluso cuando apuesta por lo 'unisex' expresa esta exagerada fijación», escribe Joanne Wistle en 'El cuerpo y la moda. Una visión sociológica' (Paidós).



La diferenciación de género no se impuso en los roperos hasta el siglo XVII o XVIII. Al final de este largo período de indefinición, el barroquismo y absurdo de la moda era tal que era difícil distinguir a hombres y mujeres entre tanto maquillaje, pelucas y lazos. Hoy, sin embargo, parece impensable contemplar a un varón llevando falda, toda una transgresión que se ridiculiza desde un profundo formateo cultural. Aun con la androginia que ha traído lo deportivo en el siglo XX, con las primeras tomboys Katharine Hepburn o Marlene Dietrich o el unisex minimal de Calvin Klein o Jil Sander en los 90, somos muy conscientes de las fronteras que delimitan la imagen que elegimos dar, de su grado de masculinidad o feminidad. Esperamos ver a una mujer vestida como una mujer y a un hombre vestido como un hombre, de ahí la fascinación/rechazo por modelos andróginos como Andrej Pejic y Erika Linder, protagonistas de una campaña para Forward de Elyse Walker que evidencia el juego de géneros.



Por lo general, cuanto más conservador es nuestro ambiente, más nos vemos obligadas a cultivar la señas de identidad de nuestro género, una necesidad que suele ceder conforme las profesionales van conquistando poder y se adscriben a la mayor neutralidad del 'power dressing'. Hasta Mercadona pidió a sus cajeras que acudieran a trabajar maquilladas. En 'Womanliness as Masquerade' (1929), la psicoanalista Joan Riviere afirmó que las mujeres que realizan trabajos considerados masculinos (o que tienen una «ambición masculina») han tenido que ocultarse tras una fachada de feminidad para evitar «el castigo de los hombres». Son profesionales de éxito que incluso pueden impostar una actitud seductora con sus jefes o colegas, respondiendo a dicho mecanismo.

Moda un poco más libre de convencionalismos

Pero volvamos a la moda, la que en el futuro, en la ciencia ficción, nos quiere ataviados con indumentaria unisex. Esa utopía que anula el sexismo, la vanidad, el deseo de diferenciación y la comunicación de la propia identidad no parece hoy ni imaginable. Sin embargo, no cuesta tanto pensar en un punto en el que cada individuo pueda acercarse a la moda más libre de convencionalismos, y pueda decidir en razón de su humor, sus intenciones o su personalidad si su atuendo juega a ser mujer, hombre o ninguno de los anteriores, disponiendo a su antojo una indumentaria andrógina, masculina o femenina. ¿Acaso no lo hacemos en alguna medida ya?

El juego, liberador o profundamente perverso, según se quiera mirar, parece haber calado en las propuestas de los diseñadores. El mensaje de la moda concebida como un disfraz tan flexible como le permitamos se lee hoy, sobre todo, en el diseño para hombre. Pocas veces hemos visto prendas tan deseadas por ambos sexos (y tan transgresoramente femeninas) como en la colección de J. W. Anderson, flamante nuevo diseñador de Loewe. «Encuentro muy difícil distinguir la frontera entre la moda femenina y masculina», admitió tras la presentación de su colección para hombre en París. Incluso su trabajo para una firma tan tradicional como Loewe admite lecturas encontradas en jerseys oversize y largas túnicas. Valentino presentó exquisitos bordados de flores o mariposas, Burberry Prorsum o Topman relajaron el código varonil a extremos inesperados, un relax que sí está en el ADN de Phillip Lim; en Givenchy, Ricardo Tisci apostó por chaquetas bordadas con perlas e incluso faldas.

La moda concede al hombre libertad para ser cada vez más mujer, arrasando con la simbología heterosexual. Las prendas de hombre son compradas tanto por estos como por ellas: nosotras siempre hemos tenido más manga ancha para robar a placer de su armario. Algunos analistas se limitan a la lente de lo comercial y ya hablan de «moda asexual», como si fuera posible desembarazarse de unos códigos que persiguen al ser humano hasta cuando trata de despegarse de ellos. Pero son propuestas que transgreden apropiándose de la estética de un sexo y aplicándosela al otro, sin perder un ápice de sexualidad. Ni siquiera la dejan atrás los visionarios que, esta vez sí, experimentan en el cruce de lo tradicionalmente femenino y lo masculino, demostrando que la andrógina zona de grises es el territorio que más nos queda por explorar.

Es el caso de Miuccia Prada, que mostró en Milán sus propuestas para hombre y mujer juntos y revueltos («diseño pensando en individuos, no en géneros», explicó la gran jefa), apostando por lo que unos decodificaron como simple 'normcore', valga la redundancia, y otros como el primer diseño de un futuro igualitario. «Cada vez es más instintivamente correcto trasladar una misma idea a ambos géneros. Creo que la combinación de los dos resulta más real, actual. Al desfilar separados validamos la diferenciación de sexos que mandaba en tiempos de mi abuelo. Solo cuando hombres y mujeres desfilan juntos se alcanza a ver las ideas realmente significativas».

El auge de lo 'unisex'




(i) Rihanna y su amiga Melissa Fordes. (d) Sophia Coppola. (Fotos:... (i) Rihanna y su amiga Melissa Fordes. (d) Sophia Coppola. (Fotos: Gtresonline)


Otro asunto bien distinto atañe a lo 'unisex': la ausencia de diferenciación por género, la superación de la construcción cultural de lo femenino y lo masculino, un envite que tuvo su momento en los 90 y que hoy, empujado por los más jóvenes y menos constreñidos por los convencionalismos de los roles tradicionales, se reedita con fuerza. Céline, Dries Van Noten o Thom Browne prescinden en gran medida de sus símbolos. El canadiense Rad Hourani fundó su firma unisex en 2007, la misma que el año pasado presentó su primera colección de Alta Costura. «Mis reglas a la hora de diseñar son: sin género, sin caducidad, sin edad; favorecer lo directo, lo simétrico y las siluetas longilíneas». En París, Hedi Slimane mostró su primera colección unisex, Psych Rock, con ponchos, capas skinny, jeans y botas de cowboy, aptos para él y ella.

Slimane sabe lo que es atraer a la mujer con sus colecciones para hombre: lo ha hecho desde sus primeros triunfos en Dior. Pero si entonces llamaba la atención ver a Sophia Coppola luciendo uno de sus esmóquines o a Kate Moss con sus escuetos pitillos, hoy a nadie extraña que Rihanna aparezca vestida de Givenchy hombre. En el territorio celebrity masculino, solo Kanye West llega al nivel de fashionismo necesario para embutirse en Céline y quedarse tan ancho. ¿Sueña el futuro de la moda con una estética unisex? Probablemente aún no. Pero sí que se abre al juego de roles, al intercambio transgresor de estéticas y a la aceptación de diseños menos agresivos en su código sexual. Acaso un síntoma esperanzador de mayor civilización.
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