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El calvario de Lacalle Pou

El calvario de Lacalle

Casi todas las encuestas parecen anunciar que el Partido Nacional no tendrá una buena elección en octubre. La intención de voto de la fórmula nacionalista viene cayendo mes a mes, luego de realizar una elección interna formidable. Mientras ello sucede, el Frente Amplio mantiene su nivel de intención de voto, en tanto el Partido Colorado y el Partido Independiente crecen levemente.
La comparación de los promedios de intención de voto de cada partido para julio y setiembre, a partir de los sondeos de tres encuestadoras (Factum, Equipos y Cifra) muestra que el Frente Amplio permanece estable en ese lapso (44,3%), el Partido Nacional pierde cinco puntos (del 36% al 31%), y el Partido Colorado y el Partido Independiente crecen un punto (10% al 11%, y 1% a 2%, respectivamente). Estos datos indican que tras dos meses de campaña sostenida, el gran perdedor hasta ahora es el Partido Nacional. Los restantes partidos o bien crecen o bien se mantienen (todos se mueven dentro del margen de error de los estudios). El único cambio relevante de la campaña ha sido la caída de los blancos. Por tanto, a esta altura de los acontecimientos, no deberíamos sorprendernos si el Partido Nacional obtiene en esta elección una porcentaje de votos inferior a logrado cinco años antes.

En cierta forma, el proceso post-internas del Partido Nacional presenta una notable similitud con lo observado cinco años antes, cuando Larrañaga se hizo de la candidatura presidencial. En junio, el partido vota bien en virtud de la amplia y profunda competencia desatada en su seno, pero luego de la contienda, la interna se congela y toda la responsabilidad es depositada en el desempeño de la fórmula. En 2004, todo estaba en manos del binomio Larrañaga-Abreu, ahora, en Lacalle-Larrañaga. Los actores de junio, es decir, los aspirantes a encabezar listas a diputados, a integrar los senados, o a disputar las Intendencias en mayo, se esfuman, y ello acontece porque ya cumplieron con su objetivo, o porque deben guardar recursos para su comparecencia electoral en la siguiente disputa municipal. O sea, la máquina electoral de junio se fracciona, se rompe, y la fórmula queda sola batallando contra los molinos de vientos. No obstante, en esta ocasión, sucede algo más que esto. En mi opinión, al desenganche de la maquinaria electoral señalado se suma un segundo factor: el pobre desempeño mostrado por el candidato a la presidencia del Partido Nacional. Paso a explicar la razón de un juicio tan categórico.
"Esperaba otra actitud, otra inteligencia, otra rebeldía."
Esta frase me la dijo un ex legislador del Partido Nacional a propósito de su partido y de su candidato presidencial. No sólo él se sorprendió. Todos nos sorprendimos. Pasado junio, Lacalle pareció transformarse en otra persona. En casi tres meses, cometió una innumerable cantidad de errores, algo poco esperable para un político de su talla. Analicemos lo sucedido.
En primer lugar, en estos meses, Lacalle fracasó en su intento por controlar la agenda electoral. Procuró que el debate se centrara en temas de su conveniencia, como la seguridad pública o el IRPF-IASS, pero fracasó en el intento. La discusión se orientó casi siempre hacia sus propias afirmaciones públicas o hacia dichos inconvenientes de su principal rival. Nunca hacia los temas privilegiados por Lacalle y su comando de campaña. Hace unas semanas, intentó modificar la estrategia, lanzando la interesante idea de presentar una propuesta por día hasta el final de la campaña. También aquí fracasó, porque los ministros del gobierno lo estaban esperando, para responderle con dureza, dejándolo en muchas ocasiones como un candidato mal informado o carente de originalidad.
En segundo lugar, Lacalle cometió llamativas equivocaciones en sus discursos públicos. Hay quienes dicen que esos errores eran en verdad "dislates ideológicos propios de un liberal con cosmovisión elitista". Puede ser, aunque no me animo a ser tan concluyente, pues en ciertos casos, los errores se asemejan más los de un principiante que a salidas de libreto motivadas por un subconsciente indomable. La lista de yerros es larga y no me detendré hoy en ella. Alcanza con mencionar a la motosierra sobre el gasto público, la idea de bañar y afeitar a los pobres, considerar como atorrantes a los beneficiarios del plan de emergencia, comparar el plan ceibal con la tarjeta joven, proponer la derogación de leyes ya derogadas, etc.
En tercer lugar, Lacalle luce cansado, desalineado y desconcentrado, algo bastante insólito para un candidato que hasta junio había cuidado hasta de los mínimos detalles. Hay quienes dicen que esa situación está motivada por las secuelas del accidente doméstico que sufriera meses atrás. Puede ser, aunque tampoco puedo ser categórico en esto, porque habría que conocer de cerca al personaje, requisito que yo no cumplo. Lo cierto es que el aspecto de Lacalle se aleja bastante del de aquel joven presidente que sorprendió a propios y extraños a comienzos de los noventa, con sus bríos reformadores, su palabra precisa y sus intuiciones demoledoras. Se podrá decir que los años no vienen solos y que eso, en definitiva, ocurre con todos. Y es verdad. Sin embargo, si a esa imagen cansada se le agrega los videos y fotos que muestran al candidato dormitando en actos públicos, o fumando delante de un cartel que reza "Lugar 100% libre de humo", se podrá concluir que algo está pasando con la psicología del candidato.
Finalmente, la estrategia mediática de Lacalle no ha sido la mejor, elemento que llama poderosamente la atención dado que sus campañas publicitarias han sido siempre de aceptables para arriba. Los contenidos de los spots televisivos connotan una gran dispersión de ideas, sin establecer una lógica clara de razonamiento y dejando en el espectador un conjunto amplio de señales no siempre interrelacionadas en un único sentido. Por un lado, los spots del señor "sentido común", parecen estar más dirigidos a un público intelectual de clase media que a la ciudadanía que mira televisión (recuerden, un señor maduro lee el diario El Observador desde un escritorio y profesa una serie de consideraciones aparentemente indiscutibles). La campaña de "mentiras verdaderas" presenta una estética tipo MTV, más dirigida a un público juvenil que a la ciudadanía en su conjunto. Los spots de Larrañaga parecen ir en el sentido contrario a los de Lacalle, pues se autodefine como el unificador del partido, o aparece promoviendo políticas sociales de distinto alcance y profundidad. Por último, para no extenderme demasiado, quiero mencionar lo que tal vez sea el corazón de la campaña de Lacalle. Me refiero a los spots sobre la inseguridad, donde aparecen mujeres indefensas y atemorizadas en la noche montevideana (más exactamente del Parque Rodó). Aquí no se toma en cuenta que el problema de la seguridad aqueja a toda la población y no sólo a las mujeres de clase media urbana (en este sentido el spot es machista). Desde el comando herrerista, se ha precisado que ese mensaje está dirigido a las mujeres indecisas, sin embargo, se pierde de vista que ese grupo reside principalmente en el interior del país, donde el problema de la seguridad no adquiere relieves tan cruciales como en Montevideo. En fin, una campaña que funciona por agregación de spots-ideas, con demasiada campaña negativa, sin un vector preciso y sin un mensaje claro y lógico.
Por tanto, una peculiar combinación de factores estructurales (una maquinaria electoral desenganchada) y factores subjetivos relacionados con el mal desempeño del candidato, están afectando y en definitiva, perjudicando la chance del Partido Nacional en octubre. Las encuestas parecen indicar que muchos votantes colorados, que seguramente apoyaron a Larrañaga en 2004, han resuelto -o están resolviendo- abandonar a Lacalle en esta instancia. Tal vez acepten que a los efectos de garantizar el balotaje, da lo mismo votar en primera vuelta a un candidato colorado, a uno nacionalista, a uno independiente o inclusive, votar en blanco. Pero también puede que una parte del electorado haya perdido la fe en Lacalle y su equipo, porque no dan la talla de una contienda tan importante. Tal vez consideren que el diagnóstico de país del Partido Nacional, las definiciones programáticas o las propuestas concretas, no están lo suficientemente maduras como para superar y desplazar al Frente Amplio del gobierno. Al fin y al cabo, la alta popularidad de esta administración está asentada en la opinión de votantes frentistas y también de no frentistas. Este factor no es ajeno a la campaña y puede estar gravitando en la formación de juicios sobre los candidatos y partidos.
Se nos podrá reprochar con razón que algunos de las críticas formuladas al candidato blanco pueden aplicarse de igual forma al candidato del Frente Amplio. Mujica, al igual que Lacalle, cometió errores gravísimos en esta campaña. Sin embargo, esos yerros parecen ser absorbidos con facilidad por la campaña del Frente Amplio, que a todas luces, aparece como más densa y mejor focalizada que la del Partido Nacional. Además, Mujica puede encapsularse en la obra de un gobierno bien evaluado o puede escudarse en figuras populares de la talla de Tabaré Vázquez y Danilo Astori. En este sentido, el candidato del Partido Nacional se encuentra bastante indefenso por no decir huérfano.
Me pregunto si Lacalle tiene tiempo y resto como para cambiar esta situación. Como a "seguro" se lo llevaron preso, prefiero decir que es muy difícil. Creo que, aun teniendo la chance de competir en una segunda vuelta contra el candidato frentista, le será muy difícil cambiar la pisada y remontar este estado de cosas. Esta opinión no es caprichosa ni mal intencionada. Simplemente es la consecuencia de lo expuesto aquí, pero también del papel que cumplen otros factores relacionados con el partido de gobierno, con el propio Mujica y con la actitud y decisión que están adoptando los otros partidos. Sobre este tema volveré a su debido tiempo. Por hoy es bastante.
6 de octubre de 2009
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