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El islamismo y la ceguera progresista,

El islamismo y la ceguera progresista, 

Quienes a las pocas horas de un atentado nos advierten de los peligros de la islamofobia están sugiriendo que los efectos de ésta pueden ser peores que los del terrorismo.




Estado Islámico y Ada Colau

El terrorismo yihadista es por encima de todo un mal en sí mismo, que destruye vidas humanas, genera sufrimiento y provoca daños económicos directos e indirectos. Sin embargo, quienes a las pocas horas–o incluso minutos–de un atentado nos advierten de los peligros de la islamofobia están sugiriendo que los efectos de ésta pueden ser peores que los del terrorismo.

Desde luego, todo en esta vida es susceptible de empeorar, pero lo cierto es que no aplicamos este principio en nuestra consideración de cualquier mal. Nadie en sus cabales dice que la llamada “violencia machista” podría provocar un aumento de la androfobia, ni que los robos cometidos por ciudadanos albano-kosovares entrañan un repunte de la albanofobia. Maltratar a mujeres o robar en chalés es lo suficientemente aborrecible para hacer innecesario entrar en especulaciones sobre posibles consecuencias ulteriores.

¿Por qué entonces se insiste tanto en las advertencias contra la islamofobia?

¿Por qué entonces se insiste tanto en las advertencias contra la islamofobia? No hace falta ser un lince para entrever la respuesta. Los atentados terroristas en general ponen sobre la mesa el tema de la seguridad, que suele ser una de las prioridades de los conservadores. De ahí que los políticos y comentaristas progresistas tiendan a neutralizar ese aparente filón para la derecha trayendo a colación otro tipo de males, como la xenofobia o el racismo, que resultan más explotables para la izquierda.

Se nos dice que la mayoría de musulmanes son pacíficos, olvidando que esta afirmación trivialmente cierta es perfectamente compatible con que cientos de miles simpaticen con el yihadismo. Bastan ínfimas dosis de veneno, disueltas en litros de agua, para matar a un ser vivo, y a nadie se le ocurre decir que lo relevante es que el 99% del líquido envenenado está compuesto de agua absolutamente potable.


El mayor riesgo del yihadismo es que puede ser la primera fase de la formación de movimientos islamistas cuyo objetivo sería alcanzar el poder en países europeos

Sin embargo, hay una cierta verdad en que el problema del islamismo va más allá de las muertes de personas inocentes y los daños materiales. No me refiero a lo que señalan los tertulianos progres, sino otros periodistas y estudiosos menos preocupados por ajustarse al canon políticamente correcto. Por decirlo brevemente: el mayor riesgo del yihadismo, aparte de sus efectos directos, es que puede ser la primera fase de la formación de movimientos islamistas cuyo objetivo sería alcanzar el poder en países europeos.



Miembros del grupo terrorista Estado Islámico /Wikimedia

El terrorismo activa posicionamientos políticos de cierta clase de personas que se descubren a sí mismas, de manera más o menos verbalizable, simpatizando con él. Y su número puede ser porcentualmente muy considerable. Estos individuos constituyen un suelo electoral muy firme para partidos que hagan suyas las reivindicaciones de los terroristas (habitualmente incompatibles con la democracia liberal), aunque no compartan sus métodos, o se muestren calculadamente ambiguos al respecto, a fin de eludir acciones judiciales.

Por el momento, esto suena a política-ficción, de la que tenemos un buen ejemplo en la obra de Michel Houellebecq, titulada Sumisión. Pero el hecho de que esta novela pueda haberse escrito ya es significativo. Y la cuestión que plantea es muy seria: ¿Qué tememos más, el populismo de derechas o el islamismo? La división entre una derecha cada vez más marginal culturalmente y una izquierda que ve en esta debilidad la ocasión propicia para darle el golpe de gracia, aunque sea pactando con el diablo islamista, podría resultar fatal para nuestra civilización.


Si queremos eludir un escenario de pesadilla cada vez más verosímil, hay tres medidas que debemos empezar a aplicar cuanto antes. 

Lo primero que deberíamos hacer es acabar con el “efecto llamada”





La primera es terminar drásticamente con la tolerancia hacia las zonas de sharia, que en algunos casos cuentan incluso con “policía religiosa”, que vigila la conducta e indumentaria de los transeúntes y limita derechos de los no musulmanes. Jamás se debería haber permitido que en suelo europeo haya barrios enteros donde las constituciones democráticas están virtualmente en suspenso. Pero hecho el mal, es obligación inexcusable de las autoridades revetirlo.



El segundo grupo de medidas consiste en acabar con las ayudas sociales (salvo las que responden a situaciones de extrema necesidad) a las que pueden acogerse los inmigrantes musulmanes, con o sin empleo. Estos subsidios no sólo han provocado un aumento inasimilable de población refractaria a nuestra cultura, sino que son una de las causas de las miles de muertes por naufragio en el Mediterráneo. Si de verdad claman a nuestra conciencia estas víctimas, lo primero que deberíamos hacer es acabar con el “efecto llamada”. Este además es el único método no coercitivo para que muchos musulmanes decidan volver a sus países de origen: que deje de compensarles económicamente permanecer en naciones cuya cultura y costumbres les desagradan tanto.



La tercera medida es la intervención militar en los principales bastiones del yihadismo, Irak, Siria y otros países. Los bombardeos aéreos por sí solos son insuficientes; molestan al enemigo pero son incapaces de destruirlo. Los europeos debemos plantearnos de una vez defendernos activamente por nosotros mismos, sin esperar a que los Estados Unidos se decidan a sacarnos las castañas del fuego, cosa a la que cada vez serán más reacios, con Clinton o con Trump. Y menos aún debemos colocarnos en la situación de deberles favores a autócratas como Putin o Erdogan.

No nos engañemos: estas tres medidas son difíciles de aplicar y además tendrían muy probablemente un alto coste en vidas humanas, tanto civiles como militares. La tercera es evidente que no puede implementarse sin movilizar un gran número de tropas terrestres, y sin asumir un doloroso número de bajas, durante años. Y cada una por separado puede incluso provocar un recrudecimiento temporal del propio mal que en primera instancia tratamos de evitar, el terrorismo.


Son riesgos innegables, pero ha llegado el momento, en parte por culpa de nuestras cesiones, en que nos vemos obligados a luchar por preservar nuestra libertad y nuestra identidad, o bien rendirnos sin condiciones, mientras cantamos Imagine de Lennon y escribimos el último hashtag buenista.

Personalmente, no me hago ilusiones. Soy perfectamente consciente de que la “paz”, sea cual sea el precio, es muy tentadora, y que abundan quienes, como la alcaldesa de Barcelona Ada Colau, se proponen transitar por este camino de servidumbre con tal de atacar nuestras identidades cristiana e hispánica, que a todas luces detestan más que la islámica. Roguemos a Dios para que nuestros progres no tengan ocasión de arrepentirse amargamente de su último éxito, antes de ser degollados por sus futuros amos.


Resumen, con velas, flores o peluches no se para el fanatismo
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