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El kirchnerismo y la manipulación de los símbolos patrios -

SOBREACTUACIÓN, INFLACIÓN NORMATIVA Y VACIAMIENTO DISCURSIVO




A instancias de los diputados Leonardo Grosso y Remo Carlotto, ambos del Frente para la Victoria por la provincia de Buenos Aires, el 30 de abril del año pasado ingresó un proyecto de ley orientado a “declarar Símbolo Nacional Argentino al Pañuelo Blanco de las Madres de Plaza de Mayo” (Art. 1°). A la iniciativa se sumaron dos compañeras de bancada: Adela Segarra, coterránea y catapultada recientemente a la fama, y Sandra Mendoza, chaqueña y siempre drásticamente célebre. Resuelta la competencia mixta para analizarlo, logró dictamen mayoritario el 19/11/2013; sin embargo, nunca fue incluido en el plenario de Labor Parlamentaria (es posible que la oposición tuviese, por entonces, algunos centímetros más de hidalguía).

El inicio del presente año legislativo encontró a los representantes del pueblo discutiendo nuevamente en torno al expediente 2606-D-2013. Por segunda vez obtuvo dictamen mayoritario (con apenas cuatro disidencias parciales) el 18/06/2014 y finalmente pasó al recinto el 2 de julio próximo pasado. Allí alcanzó media sanción con el voto afirmativo de 176 diputados, frente a 7 que votaron en contra y 4 que se abstuvieron. Si corre la misma suerte en el Senado, será incorporado por ley el “Pañuelo Blanco de las Madres de Plaza de Mayo al acervo de los emblemas nacionales argentinos, en similares condiciones de tratamiento, usos y honores” (Art. 2°); quedando para el Ministerio del Interior y Transporte los aspectos reglamentarios (Cfr. Art. 3°).

Entre los fundamentos que abonan los postulados refundacionales de los congresistas, sostienen respecto de los símbolos y emblemas patrios: “Todas ellas constituyen representaciones que dan cuenta de los momentos más significativos de los recorridos históricos del pueblo y su entorno, y cristalizan sus valores compartidos”.

A comienzos del siglo XIX, la revolución ensayaba sus primeros diseños para una democracia republicana: la Primera Junta, la Junta Grande, los Triunviratos... En esos intentos, los más osados, como Belgrano, manifestaban una férrea voluntad soberana; otros, como Rivadavia, un poco más vacilantes o más prudentes, se contentaban con demostrar el despunte de un incipiente sentir nacional, progresivamente autónomo del microclima colonial, pero sin romper con el cautivo Fernando VII.

De modo que los albores de la Patria se debatían entre: enviar mensajes inequívocamente independentistas al exterior y, al mismo tiempo, contener las pujas entre Buenos Aires y las provincias por el prorrateo del poder interno, a medida que se le arrebataban cuotas a la dinastía borbónica. Consecuentemente, las más de las veces, era la propia inestabilidad doméstica la que dejaba expuesta la cara externa de la revolución: al norte, el ejército del Alto Perú era la única defensa fronteriza; al este, la guerra con Montevideo era una amenaza constante a instancias de las intrigas brasileñas y de la marina española.

Menuda tarea le cupo a la dirigencia de la época: por un lado, mantener vivo el entusiasmo autonomista; por el otro, dejar a salvo a la ciudadanía de los tufillos internistas que, ya en aquel momento, constituían un camino seguro a la frustración de un proyecto de país.

Así fue como el Gobierno Superior Provisional de las Provincias Unidas de Rio de la Plata, con Bernardino Rivadavia desde su sillón, nombra Coronel del Regimiento N° 1 de Patricios a Manuel Belgrano. La respuesta del prócer lo pinta de cuerpo entero: “Procuraré hacerme digno de llamarme hijo de la patria. En obsequio de ésta ofrezco la mitad del sueldo que me corresponde: siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas, y mi subsistencia pende de aquél; pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado”.

No he oído desprendimiento semejante de los impulsores del proyecto, tampoco de las dos colegas que insertaron su firma y menos aún de los 172 legisladores que se plegaron sin siquiera balbucear. Pero lo más alarmante es que la inmaculada concepción de “el pañuelo” no se condice con su presente.

Viniendo la iniciativa de un gobierno que se ha especializado en adulterar la historia (si no le gusta un monumento: lo baja y, “pensamiento mágico” mediante, enmienda el pasado), no debería haber causado extrañeza si hubiesen incluido a Hebe Pastor de Bonafini entre “las 14” que formaron y se mantuvieron en la “Línea Fundadora” de las Madres de Plaza de Mayo. No se animaron. Dejaron a salvo a esas “Otras Madres”, a las que no se embanderaron con un gobierno ni con un líder partidario, pues: ninguna de “las 14” tiene comportamientos reñidos con el sistema democrático ni con las instituciones de la república; ninguna de ellas celebró la caída de las “Torres Gemelas”; ninguna de ellas se siente dueña de la Plaza de Mayo como para expulsar ciudadanos bolivianos al grito de: “¡váyanse de nuestra plaza, bolitas hijos de puta! ¡Váyanse bolivianos de mierda!”; ninguna de ellas promovió juicios públicos a periodistas; ninguna de ellas arengó frente al Palacio de Justicia llamando “turros” a los jueces del Alto Tribunal; ninguna de ellas se abrazó con Milani. Mas, la mancha más escandalosa que la Sra. de Bonafini estampó en “el pañuelo”, quizá sea la que se ocupó de exhibir la Auditoría General de la Nación, en su informe del 5 de diciembre de 2013 sobre la “Fundación Madres de Plaza de Mayo – Misión Sueños Compartidos”.

Le pese a quien le pese, el organismo de control comprobó que la fundación que preside Pastor de Bonafini se erigió en contratista de la cartera que encabeza De Vido sin atravesar proceso alguno de licitación pública. Asimismo, vaya a saber qué peculiar interpretación de los derechos humanos tendrán que se creyeron con autoridad de no pagar los aportes y contribuciones de la Seguridad Social (según el informe de la AGN, la deuda que registraba la Fundación Madres de Plaza de Mayo ascendía a $ 237.121.264,91). Algún otro detalle, sin duda contario a los derechos fundamentales de las personas y de naturaleza presumiblemente delictiva, da cuenta de documentación con firmas apócrifas, lo que motivó la intervención del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal N°5 – Secretaría N° 9. En la misma línea, de seguro repugna a las prerrogativas inherentes al ser humano la violación de los derechos que la Ley 24.557 reconoce a los trabajadores, razón por la cual la Superintendencia de Riesgos de Trabajo impulsó el cobro judicial de los $ 4.723.250 que la fundación adeudaba. Finalmente, lo más importante: en el destino que Bonafini dio a los fondos recibidos del Estado Nacional se registran pagos a empresas que, según los registros de la AFIP, no se dedican a la construcción y a personas físicas y jurídicas que estaban siendo investigadas en el marco de la causa 6.522/2011, caratulada: “Schoklenderb Sergio y otros, s/ Defraudación contra la Administración Pública, encubrimiento Art. 278 del Código Penal”.

Lo sucintamente refrescado hasta aquí no desautoriza en lo más mínimo la causa de “las 14”. Al contrario. Cuanto antecede es sólo un pequeño raconto de la larga lista de copamientos inescrupulosos que este gobierno ha hecho de uno de los capítulos más dolorosos de la joven democracia argentina. De manera que lo grave no es que hayan querido inmortalizar “el pañuelo”, sino que lo realmente preocupante es qué comprensión tienen de los símbolos y emblemas del acervo nacional.

Los símbolos patrios han tenido la virtud de distinguirnos con el exterior en la lucha por la libertad y de aunarnos en el interior durante la gesta independentista. Bajo esa lógica, el 13 de febrero de 1812 y desde Rosario, Belgrano pidió al gobierno la declaratoria de la Escarapela Nacional, argumentando que los miembros del ejército usaban insignias de distinto color y, más que un símbolo de unión, “era una señal de división cuya sombra, si era posible, debía alejarse”. Y así fue como pasados cinco días después el gobierno decretó que la Escarapela Nacional de las Provincias del Río de la Plata sería de color blanco y azul celeste. Diez días después, el Coronel Belgrano oficiaba al gobierno en estos términos: “Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado; pero ya que V.E. ha determinado la Escarapela Nacional con que nos distinguiremos de ellos y de todas las naciones, me atrevo a decir a V.E. que también se distinguieran aquéllas y que en estas baterías no se viese tremolar sino las que V.E. designe. Abajo, Excmo. Sr., esas señales exteriores que para nada nos han servido, y con que parece aun no hemos roto las cadenas de la esclavitud”.

La obsecuencia de Grosso y Carlotto, la misma que condujo a casi la totalidad de los presentes en la Cámara Baja a plegarse a una inadecuada representación de la realidad, no tiene punto de comparación con la conciencia clara y distinta del Creador de la Bandera. El cortoplacismo de los autores del proyecto desnuda el oportunismo que banaliza los crímenes cometidos en la última dictadura militar: “En 2003, las Madres de Plaza de Mayo descubrieron con entusiasmo que la llegada al poder del Presidente Néstor Kirchner traía aires de Verdad, Memoria y Justicia por la que tanto habían luchado”.

Hebe de Bonafini se inscribe preferencialmente entre los agentes protofascistas de nota, empeñados en dar rienda suelta a inmerecidas ínfulas de gloria; por eso, será recordada por haber quedado expuesta a ridículas apetencias fundacionales de una banda que no distingue entre partido, gobierno y estado. Esa señora enarboló a “el pañuelo” como causa partidaria y expulsó a medio país de la lucha contra el terrorismo de estado, en tanto la “falsa conciencia” que lleva al fundamentalismo kirchnerista a celebrar el “día del montonero” constituye un argumento inmejorable para la teoría de los dos demonios. Tristemente, “el pañuelo” se inscribe ahora como una de las tantas cuentas pendientes de la vida doméstica nacional y no cumple con la doble función de distinguirnos ante los extranjeros ni de hermanarnos con los argentinos. La ex-amiga de Sergio Schoklender tiene una cucarda ganada que ya nadie podrá quitarle: haber mezclado a “el pañuelo” con un montón de “trapitos sucios”; y, los “trapitos sucios”, es sabido, se limpian en casa y no se izan como enseña nacional.
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