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El legado de Kirchner

El legado de Kirchner


Su gestión significó un verdadero quiebre respecto de las políticas neoliberales de la Argentina reciente. La primacía de la política y la centralidad de los derechos humanos



Resulta difícil escindir una figura de la otra. Formaron durante décadas una sociedad política y conyugal única en la vida argentina. Cada uno con su personalidad, con sus roles públicos. Pero siempre bajo una única unidad de comando y aunados bajo un mismo proyecto. Por eso, tal vez, cueste personalizar en uno de ellos el legado que forjaron en conjunto. Ese legado que supone una forma particular de entender la política y de construir y ejercer el poder. No obstante, la muerte de Néstor Kirchner amerita el esfuerzo. El ejercicio que se hace a continuación, arbitrario y subjetivo, intenta marcar los puntos de ruptura que su liderazgo significó para la política argentina. Aun cuando muchos de estos rasgos, convertidos en políticas concretas, hayan tenido su génesis en su gobierno y hayan adquirido otra dimensión en el de su compañera, Cristina Fernández de Kirchner.

1. Recuperación de la política como herramienta de cambio. Llegó al gobierno, en mayo de 2003, con una legitimidad de origen menguada por un ballottage trunco y los coletazos del “que se vayan todos”. Tuvo que recuperar la autoridad presidencial erosionada y lo hizo otorgándole a la política la primacía que hacía rato no tenía, luego del reinado tecnocrático y la vulgata neoliberal. A su modo, rompió con la lógica del posibilismo y la larga tradición de renegar al llegar al Ejecutivo con el programa de campaña. Marcó la agenda, resignificó algunos términos, desempolvó otros y no se resignó al encanto de confrontar con quienes querían trocar populismo por antipolítica o republicanismo abstracto. Así, pasó de ser un simple “títere de Duhalde” a un líder “hegemónico y autoritario”. Creativo como pocos, intentó construir mayorías vía trasversalidad, concertación plural o asunción firme del timón justicialista, convencido siempre de la necesidad de no abandonar la iniciativa política. Y lo hizo, incluso, con atajos que lo pusieron más de una vez en apuros.

2. Modificación del rol del Estado. Tomó un Estado quebrado, con déficit estructural y con dificultades serias para brindar los servicios básicos. Lo apuntaló, como pudo. Una ecuación simple, pero hasta entonces irrealizable, se convirtió en premisa: que ingresase a las arcas públicas más dinero del que se erogaba. Déficits gemelos se llamó eso, comercial y fiscal, que mantuvo a lazo firme con sabiduría “de almacenero”, como gustaba decir. Reconstruyó áreas clave de desarrollo que habían quedado diezmadas durante el período anterior y les dio el impulso que necesitaban. Los casos del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y el del Invap, quizá, sean los más notorios, pero no los únicos. Con recobrada heterodoxia se inmiscuyó siempre en la marcha de la economía para asegurar que el Estado interviniese todo cuanto fuese necesario para regular, controlar o promover, según los casos. No hubo profecías de fe a las leyes del mercado ni a sus promesas de autorregulación, sino pragmatismo virtuoso. La acumulación histórica de reservas en el Banco Central (se pasó de tener nueve mil a más de 51 mil millones de dólares) así lo prueba. Las estatizaciones de los servicios de agua potable, de las AFJP, de la aerolínea de bandera y del Correo Argentino, entre otras, también.

3. Límites más claros respecto de los factores de poder. Negoció cuando lo creyó necesario y confrontó cuando quiso torcer el rumbo de alguna política o pretendió cristalizar un nuevo estado de cosas. Algunos hablaron de crispación; otros, de hegemonismo. Lo que sí queda claro es que no se subordinó a ninguna corporación ni cedió a los factores reales de poder. Mal o bien, y eso es lo más importante, le devolvió al sistema político la centralidad que había perdido en las últimas décadas. Dos o tres medidas sintetizan esa nueva relación. Por ejemplo, la Ley de Medios, que promete desmonopolizar el tan concentrado mercado de comunicación y, a su vez, generar mejores condiciones para asegurar la pluralidad de voces. O la Ley de Matrimonio Igualitario, que amplió derechos civiles, muy a pesar del poder de lobby de la Iglesia Católica. O la reedición de los convenios colectivos de trabajo, que generaron más de una mueca de desgano empresario. O los juicios contra la impunidad. Pero, quizá, ninguna política concreta haya tenido tanta importancia, en este sentido (y en otros), como la conformación de un nuevo tribunal supremo de justicia, sin vínculos conocidos con los poderes fácticos.

4. Integración regional y reencuentro con “nuestro destino sudamericano”. Desde el vamos, su gobierno se esforzó por dejar atrás el Consenso de Washington y por encontrar para la Argentina otra inserción en el mundo. Lo hizo acercándose a los gobiernos progresistas de la región, tan disímiles como novedosos. Se decía entonces que a Kirchner poco le importaba la política internacional, por su origen patagónico y algunas deformaciones políticas. El acento que rápidamente le puso a la integración en el Mercosur comenzó a rebatir esos dichos. Y su protagonismo (y firmeza) en la Cumbre de Mar del Plata, de noviembre de 2005, cuando la región le dijo “no” al ALCA, lo reafirmaron. La Argentina, a partir de entonces, empezó a mirar el mundo a partir de América Latina, como pocas veces antes. Lejos de las relaciones carnales, la visión geopolítica del país ahora viraba hacia los entendimientos con el Brasil de Lula o la profundización del comercio con la Venezuela de Hugo Chávez o el Chile de Michelle Bachelet. Es cierto, el conflicto con Uruguay por las pasteras enturbió un poco el mapa, pero nada definitivo. De hecho, el presidente José Mujica fue clave para que llegase a la Secretaría General de la Unasur y, desde allí, cumpliera un papel fundamental en contra del intento de golpe en Ecuador o en los conflictos entre Colombia y Venezuela.

5. Centralidad de las políticas de derechos humanos. Cuando asumió dijo que se sentía “hijo de las Madres de la Plaza” y prometió terminar con la impunidad. Atendió como nunca antes a los organismos de derechos humanos e impulsó la reapertura de los juicios contra los responsables del terrorismo de Estado. Del mismo modo, promovió la derogación definitiva de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, mal llamadas “leyes del perdón”. Pero el punto simbólico más alto fue cuando le ordenó al entonces jefe de las Fuerzas Armadas, Roberto Bendini, que descolgara los cuadros de Jorge Rafael Videla y compañía, en el Colegio Militar. “Proceda”, dijo y comenzó a cerrar un ciclo y muchas heridas. Lo mismo cuando encabezó el acto de repudio al último golpe militar en la ESMA y entregó el predio a los organismos de derechos humanos. Pero eso no fue todo. Con estos hechos concretos y simbólicos, elaboró un nuevo relato histórico que contenía una fuerte resignificación del pasado, lejana de la teoría de los “dos demonios” alfonsinista, pero más aún de la difundida “necesidad” de reconocialición sin justicia y mucha impunidad. El pasado volvió como interrogación y avanzó, incluso, contra los responsables civiles del terror. Los juicios en camino y los por venir así lo prueban. El odio de los sectores más recalcitrantes de la sociedad, también.

6. Reactivación del aparato productivo. El país de los servicios y el eje en la valorización financiera mostró que dejaba a buena parte de la sociedad afuera. Y lo mostró dramáticamente durante la crisis de 2001. La enajenación de los recursos naturales y la desisdustrialización habían acabado con la producción nacional y desarticulado ferozmente el tejido social. Agregar valor fue, entonces, una bandera. Y si el país creció durante años a tasas “chinas” (entre el seis y el nueve por ciento), lo hizo a través de un círculo virtuoso que generaba trabajo y consolidaba una burguesía pequeña y mediana, que acortaba distancia con el establishment de siempre. Reaparecieron los talleres metalúrgicos, se fortalecieron algunas economías regionales, la industria automotriz alcanzó niveles inesperados y la agroindustria pegó verdaderos saltos cualitativos. Cuando acechó la crisis global, no se optó por enfriar la economía o tender hacia el ajuste. Más bien, lo contrario. Se recurrió al impulso del Estado, con más obra pública, inversiones en infraestructura y bienes de capital. Y, claro, con más subsidios a la industria. Se le endilgó destrato con el “campo”, como si fuese un universo único e indiferenciado, pero no se le podrá cuestionar que lo suyo fue un punto de inflexión en términos productivos.

7. Reversión del largo ciclo de precarización laboral. El país venía del famoso “escándalo de la Banelco”, una marca de época que cerraba una era de pauperización laboral, retroceso permanente en las condiciones de trabajo y, más aún, en la participación asalariada en el producto nacional. Con Kirchner volvieron las negociaciones paritarias entre los gremios y las empresas y, sobre todo, una serie de medidas y leyes que intentaron extender el universo de trabajadores formales y mitigar la persistente fragmentación del mercado. Y volvió el Consejo del Salario, el mecanismo más democrático existente para establecer nuevos pisos para el salario mínimo, vital y móvil. Existieron conflictos, por supuesto. Pero éstos fueron cambiando de naturaleza, más ligados ahora a la lucha de los trabajadores por quedar encuadrados en tal o cual sindicato con mejor convenio, en obtener una mejor representación en las decisiones gremiales o en recuperar terreno perdido. De hecho, en las últimas semanas, el país estaba discutiendo la pertinencia o no de institucionalizar la participación obrera en las ganancias empresarias, algo verdaderamente imposible de pensar hace unos pocos años.

8. Rescate del sistema previsional. Las AFJP habían nacido, en los noventa, con la promesa de generar un mercado de capitales volcados a la producción, entre otros espejitos de colores. Lo que trajo, se sabe, fue el desfinanciamiento crónico del Estado y mucha incertidumbre respecto del futuro del sistema. El déficit fiscal que atizó la crisis de 2001 fue el gran llamado de atención. Con Kirchner en el poder se fortaleció la Anses y se flexibilizó el esquema, con reivindicación del régimen de reparto incluida. Con Cristina se estatizó el régimen, de raíz y sin medias tintas. Además, se amplió la cobertura para millones de personas en edad de jubilarse que, por razones diversas, siempre ligadas a la falta de aportes necesarios, jamás iban a poder gozar de un haber como pasivos. La sanción de una ley de movilidad jubilatoria, que establece un mecanismo automático para actualizar los haberes dos veces al año, reafirma ese camino y compensa algunas de las viejas ine-quidades y desequilibrios del sistema.

9. Otra mirada sobre el conflicto social. La treintena de muertes de aquel diciembre trágico de 2001 y los asesinatos de Kosteki y Santillán, en junio de 2002, estaban en carne viva cuando asumió Kirchner. Aun así, no eran pocos los sectores del establishment y ciertos sectores medios que pedían “mano dura” para hacer frente a las movilizaciones populares y las miles de protestas abiertas. La postura del Ejecutivo fue clara e inamovible: nunca más un conflicto social debía ser reprimido por las fuerzas del Estado. La decisión de prohibir la portación de armas de fuego a la policía de turno en las manifestaciones fue paradigmática en ese sentido. Tanto como la política más proclive a tender puentes con los distintos movimientos sociales. “Cooptación”, dijeron algunos cuando vieron que esa actitud tenía eco en varios de aquellos protagonistas. Lo que no se puede negar es el cambio de mirada para encarar un problema tan acuciante como complejo. Más aún cuando esto se vio reflejado en una revisión de las políticas focalizadas de protección social y en la implementación de políticas más universales. La asignación por hijo, en ese sentido, quizá, sea el punto más alto de esa evolución.

10. Desendeudamiento y mayor autonomía. En 2003, la deuda externa representaba el 79,2 por ciento del PBI. Siete años después, sólo el 17,6 por ciento. Creció el PBI y se achicó la deuda, hasta convertirse en manejable. Hubo negociación con los holdouts, en 2005 y en 2010. Y hubo una quita por encima del 65 por ciento. Se ganó en autonomía e independencia, más todavía cuando, en una jugada conjunta con el gobierno de Lula, la Argentina canceló la totalidad de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (9.500 millones de dólares). Las viejas recetas del organismo quedaron relegadas a las conferencias de los desacreditados gurúes y los monitoreos invasivos se convirtieron (¿definitivamente?) en un mal recuerdo.

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