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El nuevo "default" es otra señal de la impotencia del gobier

Perdió la pulseada con los "buitres" y se expone a demandas de los bonistas que no cobraron, aunque Griesa acotó la cesación de pagos. El viernes permitió que se giren fondos a los europeos.
Por Sergio Crivelli

La presidenta Cristina Fernández intentó ganar el jueves último por cadena nacional lo que su ministro Axel Kicillof había perdido el día anterior en los tribunales neoyorquinos a manos de los denostados "buitres". Entre los dos llevaron al país a un nuevo "default", a pesar de que disponían de los fondos necesarios para evitarlo.

Pretendieron disimular el fracaso con juegos de palabras y un nacionalismo primitivo sólo apto para militantes. Un discurso burdamente patriótico que no tiene posibilidad de prosperar entre los sectores medios, preocupados por el rumbo de una economía doméstica, la recesión y la inflación y a los que las arengas contra el sistema financiero mundial le importan cero.

En pocas palabras, por impericia, falta de sentido de la realidad, ceguera ideológica o falta de previsión se llegó a una situación extrema. La jefa de Estado y su ministro "estrella" se metieron solos en un callejón sin salida y terminaron tapiando el lugar por el que habían entrado.

Efectos y causas. Entre los efectos más notorios de esta desgraciada estrategia estuvo el absurdo intento de disfrazar la realidad con palabras. En medio de la expectativa creada por el fracaso en el juzgado de Griesa, el insólito Kicillof dijo que llamar "default" al no pago de los bonos emitidos por la Argentina era una "pavada atómica".

Dos días más tarde se activaron en el mercado privado los seguros antidefault de la deuda argentina por mil millones de dólares, una calificadora china consideró al país también en default y el fondo Fitch rebajó la calificación argentina a triple C. Se cree que la decisión de la agencia china puede poner en riesgo los "swaps" recientemente acordados con el gobierno chino y la decisión de Fitch complica las chances de los gobernadores -algunos de ellos peronistas- que quieren tomar deuda para equilibrar sus desbalanceadas cuentas fiscales. No debe extrañar que con el correr de los días aparezcan más hechos que contradigan el discurso oficial. La realidad es terca.

Los efectos reales de la cesación de pagos ignoran el relato, se perfilan claramente y podrán ser comprobados uno a uno en el corto plazo. Pero las causas de por qué Argentina llegó a este punto parecen menos claros. Algunos hechos ponen, sin embargo, en evidencia que el desconcierto del gobierno tuvo una responsabilidad primaria en este desenlace.

En principio anduvo en zigzag confundiendo a todos -incluso a los mercados- con declaraciones como la de la presidenta que prometió pagar al 100% de los acreedores, tirando por la borda aquel famoso "dictum" de que a los buitres, "ni un dólar". H

ubo además movidas engañosas como la del último viaje del ministro Kicillof a Nueva York que daba a entender un acuerdo cercano. ¿Para que molestarse personalmente y viajar tantos kilómetros para dar malas noticias?

En esas circunstancias se lo vio también desconcertado cuando un periodista le avisó en plena conferencia de prensa que el mediador judicial había anticipado el default argentino. Había estado con ese mediador hasta pocos minutos antes.

Después de mucho misterio y medias palabras la presidenta aclaró que no se había llegado a un entendimiento con los buitres por temor a disparar la cláusula RUFO, lo que hubiera habilitado a los tenedores de bonos reestructurados a pleitear contra el país. Nada dijo, en cambio, sobre el peligro también real de que los tenedores de bonos "defaulteados" reclamen ahora el pago inmediato de toda la deuda. En los hechos el gobierno parecía entre la espada y la pared. Lo que nunca explicó es por qué dejó que la situación llegara a ese punto. Por qué no le dio respuesta después del fallo adverso de primera instancia.

Por último y sólo como un "detalle" más: un sector del gobierno dio luz verde a la banca privada para que interviniera en el caso y otro sector -el de Kicillof- lo impidió. No sólo lo impidió, sino que incineró a los banqueros públicamente. La improvisación como estrategia básica.

Pero lo más significativo de todo el episodio no fueron los errores de gestión, sino la impotencia frente al problema. El viernes a última hora Griesa decidió liberar el pago a algunos bonistas a pedido de los bancos. Parece jugar como lo haría un gato con un ratón. Discrecionalmente. Queda claro que el gobierna ya no maneja resortes clave de la economía. Y no lo hará en un período clave: el de la retirada del poder.
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