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El regreso de las antinomias

Este articulo salió en el diario "La Nación" el día domingo 30 de marzo, me pareció importante traerselos a ustedes. Estamos opinando tanto con el asunto del campo que sería interesante que reflexionemos el "como" antes de seguir haciendolo y recordar que tanto los "unos" como los "otros" somos argentinos.


Enfrentados otra vez: ¿el regreso de las antinomias?

Entre los reclamos de los piquetes, la dureza presidencial, las cacerolas en la calle, las acusaciones de golpe y las declamaciones de odio de Luis D´ Elía, la crisis del campo pareció despertar viejas postales del pasado. Sociólogos, historiadores y politólogos reflexionan sobre el fantasma de la fracturación social y otros vicios de la cultura política argentina
Por Pablo Mendelevich

Unos cuantos malos recuerdos removió la crisis del campo, la más grave de la era Kirchner. Volvieron los cortes de rutas y alcanzaron cifras récord, volvieron los cacerolazos, reapareció el matonismo paraoficial, retornó el desabastecimiento, el Congreso renovó sus mejores marcas de opacidad, la amenaza de choques violentos entre chacareros disconformes y camioneros conformes se desparramó por todos lados y cierto aroma a país partido al medio hizo que varios abuelos y bisabuelos se acordaran de los años cincuenta.

¿Ha sido ésta una efímera tormenta perfecta de recuerdos indeseables que pronto se disipará? ¿Fue un mero déjà vu pero no se vayan que enseguida llega la vida republicana y habrá diálogo para grandes y chicos? ¿O, por el contrario, existe un riesgo de fractura social, evocativa, cuando menos, de las que hubo otrora? En caso de que la hipótesis del país dividido en dos fuera pertinente, siguiente pregunta: ¿se trata de un diseño planificado o es el producto de fuerzas de la naturaleza? ¿Hace falta aprender a decir sin trabarse, como han sugerido analistas que no sufren para nada de exceso de optimismo, la palabra "venezolanización"?

Estampas ásperas. Algunas, incluso, angustiantes. Como el ruido de las cacerolas y las consideraciones sobre el color de piel de unos y otros. Temiblemente combinadas, se dieron una vuelta esas estampas de añejamiento diverso por la Argentina de las retenciones (en jerga adolescente se entiende mejor: la Argentina de las re tensiones), tiempo, se suponía, de engordar la calidad institucional. Ahora ese engorde está demorado junto con los barcos que llevan soja a China.

Hasta el recién presentado Partido Justicialista puertomaderista, que prometía un restyling europeizante con debate interno incluido, recuperó, como un resorte, sus tradicionales formas verticalistas: orador único, ilustre platea regimentada, bombos automáticos, algarabía de tablón, tribunas obsecuentes.

Obsérvese, en particular, lo que sucedió en el terreno semántico: volvió la palabra oligarquía. En plena transnacionalización dineraria, cuando enormes tierras y grandes industrias pasan con un enter, sin escollos, a manos extranjeras o a fondos de inversión cuya esfinge virtual les impide salir en fotografías, cuando siderales concentraciones se cocinan mucho más en centros financieros del primer mundo que en el Jockey Club de la calle Arroyo, el léxico oficialista baja el adjetivo peyorativo "oligarquía" de la bohardilla, donde juntaba tierra -digamos polvo, para evitar confusiones- junto a los contreras, los vendepatria y la sinarquía internacional, y lo vuelve al servicio activo.

Dice el historiador Luis Alberto Romero que esto supone la apelación a una clásica estructura discursiva del peronismo, la de pueblo-antipueblo. "Responde a la idea de que el peronismo es el pueblo o la Nación y todo lo demás queda afuera." ¿Y funciona? "Mi impresión -responde Romero- es que, salvo para quien esté muy ansioso de tener seguridades, se lo verá como un recurso muy viejo. Los discursos en cierto modo son ficciones, pero tienen que ajustarse a la experiencia. El paro agrario mostró, y mostró literalmente, por televisión, que campo no es oligarquía, sino que refleja un espectro más amplio y un interés parcial y legítimo."

País de antinomias

Aunque en la visión del peronismo fueron los antiperonistas que acusaban al surgente coronel Juan Domingo Perón de ser un émulo de Mussolini quienes provocaron en 1945 la gran polarización de la sociedad que duraría alrededor de treinta años, está claro que el líder surgido de la Revolución del 43 potenció el fenómeno. Basta recordar su eficaz slogan electoral "Braden o Perón" con la que Perón inauguraba la estructura discursiva "ellos" y "nosotros", retomada ahora -sobre todo en el primer discurso- por la presidenta Cristina Kirchner. Así como Perón trataba de enemigos, más que de adversarios, a "los contreras" y empaquetaba a opositores pacíficos con golpistas impresentables (una dinámica integradora que, también es cierto, ellos robustecían), la Presidenta sugirió en el segundo discurso de esta semana que quienes protestan contra su gobierno se oponen, en verdad, a su política de derechos humanos, bajo la atmósfera contemporánea una herejía laica. En ese marco le dio entidad a un cartel aislado que, según refirió, propiciaba la vuelta de Videla, algo que ni siquiera tiene forma de consigna atendible entre los sectores más trasnochados del militarismo, pero que ella jerarquizó con el propósito de menoscabar la protesta del campo endosándole rústicas posturas golpistas. Lo curioso es que el mismo Videla, a quien la Presidenta no querrá parecerse, echaba mano, cuando gobernaba, del recurso polarizador a modo de imposición binaria nada amable con los disensos, al pretender que si alguien no estaba alineado en la "lucha contra la subversión apátrida" que llevaban adelante las Fuerzas Armadas era porque estaba del lado de la guerrilla. Sólo que durante la dictadura ésa fue una trampa dialéctica que coadyuvó a irrigar la tragedia de la represión ilegal.

"Para que haya una antinomia tiene que haber un líder de masas -explica el politicólogo Sergio Berensztein- y el kirchnerismo no es un fenómeno de masas. Un partido de masas hubiera llenado la Plaza de Mayo, con 200 o 300 mil personas que hubieran ido a defender al Gobierno; en cambio, hubo una reunión de cuadros políticos que se podría haber hecho en el jardín de mi casa". Según Berensztein, Luis D Elía pelea contra los fantasmas del pasado que están en su imaginación. "No hay tal oligarquía; D Elía tiene un enemigo imaginario."

¿Y los agravios, la virulencia de los discursos, la crispación? "Puede haber discursos encendidos, polarizadores, maniqueos, pero eso es generado por el oficialismo sin que nadie responda del otro lado", dice el director de Poliarquía.

D Elía televisado, espejado por una y otra radio con sus increíbles odios explícitos y sus cuestiones de piel -algo infrecuente en la esfera pública desde que el peronismo dejó de jactarse de ser de los "cabecitas negras" y desde que se extinguieron los antiperonistas que hablaban de "aluvión zoológico"- a su vez podría estar creando la ilusión de que hay un racismo listo para reverdecer, lo que no es tal. Lo suyo es una provocación desnuda, tan desnuda que desconcierta. Y deja a la intemperie su vínculo con el Gobierno, cuyo jefe de Gabinete, Alberto Fernández, no tiene inconvenientes en exhibir la conexión con el rompe actos opositores, por lo demás ratificada en la distribución de asientos de Parque Norte.

Repujar el tablero político, se ve, no es fácil. Varias veces se le atribuyó a Néstor Kirchner el deseo de erigir una gran fuerza de centroizquierda -la suya- y otra de centroderecha. La politicóloga María Matilde Ollier interpreta que ese deseo y la borrosa silueta de una antinomia que a ratos se insinúa en el horizonte político están conectados. "Desde el Gobierno -dice esta profesora de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad de San Martín, autora de Golpe o revolución - hay un intento de polarizar y para ello viene bien el conflicto del campo, más allá del conflicto en sí, porque lo que se busca es ocupar un espacio de centroizquierda y confrontar con otro al que se descalifica con la palabra gorila, que también ha vuelto". Alejandro Horowicz, autor de Los cuatro peronismos , en cambio, duda del puente con el pasado: "El bajísimo nivel de debate político -incapacidad para pensar más allá de la inmediatez- hace que los diferendos entre el primer peronismo y el antiperonismo radical de Arturo Frondizi suenen sinfónicamente. Es preciso reconocer que ambas posturas fracasaron y que se trata de pergeñar otras. Sin embargo, aun con esta pobreza de ideas la crispación social emerge, no por integrar el plan de nadie sino porque está en la naturaleza de las cosas".

Otro observador autorizado, el sociólogo Ricardo Sidicaro, investigador del Conicet y profesor de la UBA, que ha investigado largamente la cultura política del peronismo, no cree que la sociedad se esté dividiendo en mitades como hace sesenta años, cuando "había dos culturas políticas y proyectos antagónicos que podían ser alternativos uno del otro, lo que ahora no ocurre". Para Sidicaro, tanto el peronismo como el antiperonismo eran consistentes, acaso tenían más contenido ideológico que las vertientes más o menos pragmáticas de hoy, donde no en vano circulan los políticos de un partido a otro con una lubricación asombrosa. "Hoy no hay pasiones políticas porque hay fragmentación social. La época de los medios engaña mucho. Uno mira los medios y cree que está en España en 1936."

También la televisión podría estar aportando un espejismo, no porque no refleje hechos reales, claro, sino por la magnitud de esos hechos. El sociólogo Christian Ferrer, titular del Seminario de Informática y Sociedad de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, no piensa que el Gobierno actual fomente o recree una división de la sociedad a la manera de las viejas antinomias argentinas. Dice Ferrer: "Si hiciera eso sería necio y suicida, y no lo es. ¿Dónde está el enfrentamiento? ¿Tres mil percusionistas contra doscientos vocingleros de D Elía? Eso es rimbombancia. Los verdaderos contendientes en el conflicto del campo batallan por el usufructo de la renta".

¿En el espejo de Venezuela?

Tanta fue la crispación de la semana, que algunos analistas llegaron a hablar de un riesgo de "venezolanización" de la Argentina, hipótesis que se trata de una hipótesis poco atractiva para los académicos consultados. La historia política reciente de la Argentina y Venezuela, explica, por ejemplo Ferrer, no se asemeja lo suficiente. "Allá se desplomó la casta política, mientras que acá hay un gobierno tradicional con un partido que tiene sesenta años de experiencia en el poder y que garantiza certeza, en tanto Chávez es el emergente de una situación histórica novedosa, y por serlo, incierta."

La doctora Ollier dice: "¿Qué significa decir que la Argentina se ´venezolanizaría? ¿Más personalismo? Acá el poder político reside en Kirchner y la personalización sería complicada, porque la Presidenta es ella. No creo que el Gobierno quiera ser más autoritario, por más que me preocupa el discurso provocativo de Cristina Kirchner y la posibilidad de que haya viejas antinomias".

El problema, como se ve, alude a la calidad de la democracia, un sistema que, cualquiera lo sabe, requiere de la negociación permanente. Claro, la negociación, la creación de consensos, se repliega cuando los dirigentes pasan a la acción directa y se complica más aun cuando esos dirigentes quieren negociar, pero sus bases no. "La política está para articular los intereses de una manera civilizada", dice Romero. "Mi esperanza es que la crisis con el campo tenga un efecto educativo sobre el Gobierno y nos permita soportar estos cuatro años sin mayores catástrofes, pero es la primera vez que el cuadro creado en la crisis de 2001 deja de tener validez como sustento de una política autoritaria y de monólogo, que decía ´nosotros o la crisis ".

Una luz amarilla, en todo caso, parece encenderse dentro del sistema cuando en la sociedad se cruzan expresiones del tipo "conchetos", "oligarcas", "gorilas", correspondidas por la contraparte con un "negros de mierda", "montoneros vayanse a Cuba" o simplemente "que se vayan", agravios amplificados en los medios con una potencia infinitamente superior a la de un Parlamento disfónico. Si no hubiera también patoterismos entrelazados, dificultades para dialogar y una larga historia de antinomias seguramente no habría de qué preocuparse, sería un asunto menor.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/enfoques/nota.asp?nota_id=999688


http://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-36786450-74-formulas-fabrique-pinturaslatexesmaltesthinnerlaca-_JM
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