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El ruidoso silencio de la Presidenta



El ruidoso silencio de la Presidenta


¿Qué dirá Cristina Kirchner cuando abandone el ruidoso silencio que guarda desde que se enorgulleció, minutos antes de votar, de ser artífice de un país "normal"? Una de las principales novedades del domingo se refiere a la forma en que el kirchnerismo metaboliza las derrotas. Lo habitual es que las niegue. El exitismo mesiánico siempre tiñe su intenso relato. Pero esta vez, con el agravante de que a las elecciones generales les sigue otra campaña, no será tan fácil.

Algunos voceros kirchneristas ya anticiparon el desvelo por mostrar que el oficialismo ganó en la mayoría de las provincias y que Daniel Scioli está más cerca de la mayoría absoluta, una verdad aritmética, a la vez una falacia política. Explicaron, incluso, que la caída de ciertos barones del conurbano, puntales kirchneristas de dudoso lustre, se debió a una cuestión generacional. Todo normal.

Ya en 2013, cuando Sergio Massa emergió como principal vencedor, el Gobierno se jactó de que el Frente para la Victoria había sido en el país la fuerza más votada
. La lista de Massa, distrital, había vencido por más de 12 puntos a la de Martín Insaurralde, aquella promisoria estrella encumbrada por la Presidenta con el slogan "en la vida hay que elegir". Ese hecho tuvo una potencia política neutrónica porque enterró el sueño rereeleccionista de Cristina Kirchner. Lo que viene a cuento es que, si bien la oposición también había ganado en otros cuatro distritos principales, fue lo sucedido en la provincia de Buenos Aires lo que cambió la historia.



El kirchnerismo jamás lo admitió en público. Más aun, con la palabra derrota borrada de su vocabulario
, casi ni dijo que había perdido las elecciones. La admisión sólo llegó este año. La hizo el ministro del Interior Florencio Randazzo cuando vertió en la Biblioteca Nacional el exabrupto sobre Scioli y el proyecto manco. En ese discurso, privado pero registrado por la cámara de un celular, Randazzo blanqueó que su precandidatura presidencial fue lanzada al perderse las elecciones, un resultado que permitió advertir que "Cristina no iba a poder continuar". Que es casi como haber dicho que no es la Constitución la que regula la vida institucional argentina sino lo que sucede a nivel electoral, sobre todo si se trata de la provincia de Buenos Aires.

Con la derrota anterior, la de 2009, el kirchnerismo pareció asesorado por David Copperfield: directamente hizo desaparecer las elecciones.
Tras un acuse de recibo inicial que mezcló ninguneo del impacto con un gesto ampuloso, el Gobierno actuó como si Francisco de Narváez no hubiera vencido a Néstor Kirchner. ¿Dónde? En la provincia de Buenos Aires. Al día siguiente la Presidenta hizo enrevesadas cuentas parlamentarias. Computó, entre otros, a Pino Solanas como oficialista y concluyó que la merma para el FPV sólo sería de tres bancas, algo de poca importancia porque en El Calafate, su lugar en el mundo, dijo, había obtenido el 60 por ciento. El gesto ampuloso lo hizo Néstor Kirchner. Renunció "en forma indeclinable" a la presidencia del Partido Justicialista, que reasumió unos meses después.



Aunque desde el punto de vista argumental será más trabajoso, debe esperarse que el hecho de que el oficialismo perdiera el domingo la provincia -nada menos que la de Buenos Aires- gobernada en los últimos ocho años por el propio candidato presidencial sea descripto en breve como un suceso casi anecdótico. Estaría el recurso de decir que la derrota no es hija de una mala gestión del gobernador Scioli ni mucho menos se debió al carisma de María Eugenia Vidal sino que fue culpa de Aníbal Fernández, el candidato escogido. El problema es que mucha gente sabe a esta altura quién habilitó a Aníbal Fernández como precandidato, le armó la fórmula con Martín Sabbatella y manejó, en fin, el casting, dejando fuera de juego a Randazzo, destratado por encima del considerable umbral de tolerancia que rige la vida del palacio.

Houston, podría decir el kirchnerismo, tenemos dos problemas. Uno es que el relato importa menos porque esta mano es la definitoria y todo va a suceder muy rápido. Y el otro, que ahora no se trata de contar bancas parlamentarias, interpretar impactos o disponer cómo se suman los votos sino de digerir un par de resultados aptos para todo público, como el hecho histórico de que una opositora ganó la provincia de Buenos Aires y un candidato presidencial que tras instalar la idea de que ganaba en primera vuelta consiguió una magra ventaja de dos puntos y medio, para sorpresa, incluso, del principal beneficiario.

Pero tampoco las elecciones del domingo fueron un River Boca carente de matices. La complejidad del fenómeno político ofrece la metáfora de que hayan ocurrido en los extremos del país cosas tan opuestas. En Jujuy fue desalojado el peronismo luego de 32 años en el poder. Un feudalismo desmadrado: hizo metástasis y generó el Estado paralelo regenteado por Milagros Sala. Y en Santa Cruz la familia Kirchner readaptó las reglas al juego circunstancial en beneficio propio, como enseñara Néstor. Expandió la ley de lemas y recuperó el feudo que desde la mudanza del matrimonio a Olivos, hace 12 años y medio, venía siendo atendido por sucesivos delegados de lealtad resbaladiza y eficacia difícil de comprobar.



Ahora el ojo del amo será el de Alicia Kirchner, un rostro identificable a nivel nacional en primer lugar por ser la hermana/cuñada y, en segundo, por haberse encargado durante toda la "década ganada" -salvo un fugaz paso por el Senado- de administrar y repartir los paliativos de la pobreza sin que se conozcan los detalles.

Precisamente esta ministra, cuya voz la mayoría de los argentinos jamás escuchó, fue en los últimos años el principal sostén financiero y político de la Tupac Amaru, o sea del desmadre que el domingo hizo que Jujuy saliera de la lista de media docena de provincias eternamente peronistas. Entre ellas Santiago del Estero, donde los Kirchner acabaron con el caudillismo matrimonial de los Juárez mediante el caudillismo matrimonial de los Zamora; San Luis, donde ahora gobernará de nuevo un Rodríguez Saá, y desde luego, Santa Cruz, cuyo apellido dinástico será repuesto con el mismo aire de emergencia que anima en una compañía familiar la vuelta de uno de los dueños en reemplazo de gerentes que dejaron caer las ventas.

A mitad de camino entre Jujuy y Santa Cruz sucedió la alternancia bonaerense, tal vez el mayor sacudón que hayan sufrido las tendencias hegemónicas del peronismo en toda la democracia a manos de fuerzas no peronistas. Si hoy el presidente en vez de Cristina Kirchner fuera el parco Yrigoyen, a quien no le gustaba hablar en público, tal vez nadie esperaría la palabra señera. Pero la actual presidenta, que llegó a explicar por cadena nacional qué son los lactobacillus, por qué el triptófano es un aminoácido, a qué se debe el aumento de la vicuña bebe y cómo ganó en la Antártida, tal vez pueda ensayar una teoría acerca de por qué el candidato del proyecto marcha maltrecho al alargue que no iba a existir.
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