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El secuestrador de los colonos no fue Hamás

Un soldado israelí participa en la operación ‘Margen Protector’ contra la Franja de Gaza. (Foto: Afp)






“Ya nadie se molesta en esconder las atrocidades, ni siquiera en justificarlas o dar excusas” “El secuestrador de los colonos no fue Hamás, sino una célula independiente”

Hace doce años, en julio de 2002, la muerte de 14 civiles -ocho de ellos niños- tras el lanzamiento de una bomba de una tonelada sobre la casa del jefe del ala militar de Hamás, Salah Shehadeh, por parte del Ejército israelí desató la polémica entre el público y entre las mismas filas militares, algunos de cuyos pilotos publicaron una carta en la que criticaban la naturaleza de estas eliminaciones. En la actual operación, denominada Margen Protector, se han arrojado ya más de 100 bombas de una tonelada sobre áreas densamente pobladas de la franja de Gaza. Así lo afirma en un comunicado Yuli Novak, ex oficial de operaciones del ejército israelí y directora ejecutiva de Breaking the Silence, el grupo de soldados veteranos que, con sus testimonios, lleva diez años dando a su gente la posibilidad de conocer qué se hace militarmente en su nombre. “Lo que una vez fue la excepción, hoy es la norma”, asegura.

“Este es el procedimiento estos días: minutos antes de que la bomba caiga, notificamos a un civil de la inminente destrucción de su casa a través de mensajes de móvil o lanzando una pequeña bomba de aviso. En las últimas dos semanas, docenas de civiles han muerto a través de esta práctica”, explica Novak. Entre las filas uniformadas “ya nadie se molesta siquiera en intentar esconder la realidad, ni siquiera en justificarla o en dar excusas”.

Breaking the Silence estuvo presente hace una semana en una manifestación israelí contra el ataque a Gaza en la plaza Rabín de Tel Aviv, a la que acudieron unas mil personas. Portando una pancarta con el lema No más muertes, paz israelí-palestina ahora, los manifestantes corearon cantos como “judíos y árabes rechazan ser enemigos” y escribieron en el suelo “perdonadnos” con 1.043 velas encendidas, en recuerdo de las 1.043 víctimas palestinas e israelíes registradas en ese momento.

Se trata de la primera manifestación medianamente seria contra la guerra de Gaza por parte de la sociedad israelí y, como no podía ser de otra manera, se celebró en “la burbuja”, como se le conoce a Tel Aviv, debido a su vida occidental, laica y abstraída de los nacionalismos y devociones religiosas de otros lugares. Por supuesto, no se libraron de la contra manifestación de unas 300 personas en favor del ataque a Gaza, representación del punto de vista que hasta ahora ha abarcado todos los ámbitos, canales y declaraciones políticas de Israel.

La normalización de la violencia ha alcanzado tal punto que incluso los hay quienes, en los alrededores de Gaza, instalan sofás en las cimas de las lomas para contemplar los bombardeos israelíes a la franja mientras corean las explosiones y beben cerveza. Al que se acerca a preguntar lo echan entre insultos y acusaciones de “izquierdista”.

Donde no existe el menor signo de culpa o vergüenza es entre los líderes de Israel: las muertes de gazatíes superan el millar; hospitales y escuelas de la ONU son bombardeados con total impunidad; los desplazados internos ya triplican los de la operación Plomo Fundido y más de 3.000 casas han sido destruidas; y además ahora resulta, según varios oficiales israelíes, entre ellos el jefe de la policía, Micky Roselfield, que, después de todo, no fue Hamás quien secuestró a los tres colonos sino “una célula simpatizante de Hamás pero que actuaba en solitario.” Aún así, el embajador israelí en Washington, Ron Dremer, se permite afirmar en una entrevista a la agencia Efe que “Israel merece el Nobel de la Paz por su contención”.

Según Yehuda Shaul, director de Breaking the Silence, esta normalización de la violencia comenzó en el ataque a Líbano en 2006. “Aquel conflicto se entendió como una derrota israelí tras la muerte de 116 soldados y 41 civiles y las continuas manifestaciones de los familiares de los reservistas para que el gobierno devolviese a los soldados a casa”. De cara a la operación Plomo Fundido, durante la Navidad de 2008-2009, “la prioridad pasó a ser el mínimo de bajas posibles. Una de las normas no escritas que elevó rápidamente el número de víctimas en Gaza fue la de usar el fuego de cobertura para evitar todo daño a las tropas israelíes”.

Según Shaul, “para facilitar el camino de los soldados, o se bombardeaba o se disparaba con artillería pesada para abrir el camino”. El uso indiscriminado de un arma tan imprecisa como la artillería ha aumentado con cada sucesivo ataque: “Durante la Segunda Intifada en Gaza, en 2002, era necesaria la aprobación del jefe de la división para realizar un disparo de artillería; ya para la operación Plomo Fundido, un operador de tanque de 19 años disparaba 50 veces en dos días”, afirma.

Lo que más inquieta al director de Breaking the Silence es que, de ataque en ataque, “nuestras fronteras morales se vuelven más y más flexibles. El lugar donde dejamos el límite moral la última vez es el punto de partida desde el que se empieza la operación siguiente. Nunca se vuelve atrás”. Novak está de acuerdo y no augura un futuro optimista: “¿Dónde estarán nuestros límites en la próxima operación? ¿Dónde estarán dentro de 10 años?”.

Fuente: Erika Jara, Deia.com
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