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El smog en Santiago de Chile una catástrofe cultural

El smog en Santiago de Chile, una catástrofe cultural


Reveladora y alarmante vista de Santiago de Chile desde una montaña cordillerana.

Cae nuevamente como una nube voraz la densa capa de smog invernal sobre Santiago. Los índices de calidad del aire pasan de bueno a regular y de regular a malo, o a crítico, o a peligroso, o a excesivo, y son habitualmente las comunas de Pudahuel o Cerrillos o Cerro Navia las más castigadas. Pero esta peste es para la ciudad completa. Santiago sufre desde hace décadas, pasivamente, el descontrol de sus propios residuos flotando en la atmósfera.

No podemos echarles la culpa a un volcán o a un terremoto, porque no estamos ante una catástrofe natural. Se trata de una catástrofe cultural, producto de nuestra suciedad, de nuestra imprevisión, y de una visión fatalista de la vida según la cual, cada año, cuando cesan las brisas primaverales o de verano, estamos sometidos al smog. Los costos que generan nuestros tratos con la contaminación urbana van en aumento, si contamos la paralización de industrias, los problemas de salud, la pérdida de atractivo de la ciudad como destino turístico o de negocios, etc.

Para el tema del esmog los santiaguinos no tenemos una autoridad a cargo. Carecemos de un marco institucional operativo, y estamos en aquello típico de las autoridades incompetentes, que se limitan a medir y a comentar el daño, sin hacer nada para remediarlo. Hay por ahí unos vagos "planes de contaminación" en los que nadie cree. Nuestros alcaldes de barrio están en sus cargos para garantizar la inequidad de los diversos grupos socioeconómicos en que se divide la ciudad, dotando de infraestructura urbana europea a los barrios de ricos y de infraestructura tercermundistas a los más pobres. Cuentan con las herramientas para distribuir de manera injusta los recursos de la ciudad, pero no tienen atribuciones ni medios para luchar con los temas transversales de la ciudad, como son el transporte, la seguridad, la vida cultural, la belleza urbana o la contaminación.

Y aunque caiga con mayor virulencia sobre algunas comunas, curiosamente las más pobres, la contaminación del aire es un problema que debe soportar la ciudad entera. Pero la ciudad entera no figura como entidad dentro de nuestro sistema político. Las autoridades metropolitanas son débiles, apenas unos representantes locales del gobierno central, y su misión tradicional ha sido siempre el orden público. El Intendente sólo hace declaraciones cuando hay problemas con las barras bravas en el fútbol o si se produce alguna protesta o marcha no autorizada.

Tal como se hacen cada año diversos estudios acerca de las causas de la contaminación y de las eventuales medidas para acabar con ella, deberíamos quizás encargar un estudio para saber qué sustancia contaminante hay en la cabeza de los santiaguinos que no logramos deshacernos del problema. Llevamos décadas sufriendo, y nada de lo que se hace parece apuntar hacia una solución.

Puede que una causa profunda del smog santiaguino sea la general consideración de que el gobierno de las grandes ciudades no es un problema político, sino meramente administrativo. La política, tal como la entendemos los chilenos, tiene que ver con Pinochet y el pinochetismo, con Allende y el allendismo, con los Frei y el freísmo, pero no con la vida urbana. Y el caso es que si casi un tercio de la población nacional se aglomera en Santiago, la forma y la marcha de la ciudad pasan a ser temas relevantes. Y en una metrópolis se evidencian tanto los viejos temas políticos como los nuevos. Podemos elegir, por cierto, habitar una ciudad limpia o una ciudad sucia: pero cada una de esas opciones tiene un precio. Podemos diseñarnos un entorno verde o un entorno asfáltico y electrónico, tenemos la posibilidad de hacer una ciudad más peatonal o una ciudad más llena de autos y ruidos, o una ciudad más cultural, o utilizar las políticas urbanas para acentuar las inequidades, o para atenuarlas. O podemos también dejar que las cosas fluyan y se acumulen orgánicamente, de manera casual, sin intervenir en ellas. Es lo que ocurre en el caso del smog.

Lo cierto es que para resolver el tema del smog santiaguino parece no haber otra solución más que aceptar que la ciudad es también una entidad política. Ello nos obliga a politizar la vida urbana, y a generar instrumentos modernos para manejar el espacio público a gusto (y no a disgusto) de la población. No cabe duda de que la actual institucionalidad municipal ha quedado obsoleta, y la contaminación es una de las manifestaciones de este fenómeno, como lo son también el tema del transporte público o la degradación del centro urbano.

Pero a los chilenos no nos gusta ahora la política, y eso que en otro tiempo éramos un país muy politizado. Hoy preferimos masticar partículas de monóxido de carbono y ácido nítrico y llenar con ellas nuestros bronquios y pulmones antes que detenernos a considerar la posibilidad de una solución política para estas cosas. Nuestros políticos profesionales están más ocupados de los cupos o de las senaturías o de la carrera presidencial que de menudencias como el gobierno de una ciudad de seis millones de habitantes sin belleza, ni equidad, ni servicios mínimos, un monstruo urbano que navega sin rumbo, hundiéndose cada vez más en su propia nube tóxica.

http://www.us.terra.com/terramagazine/interna/0,,EI9843-OI2974524,00.html
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