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El tipo mas rompe huevos del mundo!!

LA INCREIBLE HISTORIA DE CARLOS QUINZIO,
EL "ROMPE HUEVOS" DE LA FABRICA VIZZOLINI




Pura cáscara:

Dueño de una profesión particular, Carlos Julio Quinzio durante años estuvo abocado a romper los huevos en la fábrica de fideos Vizzolini. Cuentan que verlo desarrollar su oficio era un verdadero espectáculo, sobre todo cuando lo desafiaban a batir records. Llegó a hacer un promedio de 3000 docenas por día, 800 por hora y cerca de 9 por minuto. Cuando tuvo que retirarse del oficio lo reemplazaron con tres personas que no lograron abastecer las máquinas y desde entonces se implementaron los huevos en polvo. En "El Periodista", la increíble historia de un rompe huevos profesional

Un día una censista apareció en la casa de Carlos Julio Quinzio. Necesitaba llenar una planilla con datos de su familia. "¿Profesión?", preguntó como era habitual en su rutina. "Empleado", mencionó él. "Específicamente, ¿cuál es su ocupación?", insistió la censista. "Soy rompe huevos", contestó intuyendo lo que vendría después. Su respuesta encendió el enojo de la mujer que le recriminó que ella estaba trabajando y que tomara la encuesta con la seriedad que correspondía.
Vivencias como esta eran moneda corriente para el rompe huevos de la fábrica de Vizzolini, que sobrellevó siempre con humor las cargadas típicas hacia su oficio. Durante años estuvo abocado a romper los huevos necesarios para la producción de fideos y aquellos que lo conocieron afirman sin dudarlo, que en su profesión era el mejor.
Entró a trabajar en la empresa fideera el 20 de julio de 1980. Antes en Oriente, su pueblo natal, había pasado por las profesiones más diversas: desde peón de albañil, lavacopas, mozo, herrero, camionero y hasta funebrero.
Tenía 30 años cuando consiguió trabajo en Vizzolini y lo destinaron a la máquina de producción de fideos nido. Después acomodó las cargas de los camiones y hacía repartos en la zona, hasta que un infarto lo obligó a hacer tareas más livianas y entonces se adueñó de la habitación donde se rompían los huevos y se convirtió en una sensación para cualquiera que pasara por ahí y sintiera el resquebrajar de las cáscaras que se iban acumulando en un balde.

Toda una técnica
Entraba a trabajar a las 2 de la mañana y ya para entonces tenía una planilla con la cantidad de huevos que debía romper para abastecer a las máquinas productoras de fideos. Se sentaba en una silla y al costado ponía la cantidad de mapples del día, un balde blanco de veinte litros y un fierro T. Al costado derecho tenía un tambor para arrojar las claras y yemas. "Agarraba el huevo con una mano, lo tiraba y lo agarraba con la otra mano, lo quebraba con el fierro y tiraba la cáscara. Era un movimiento mecánico. Después agarraba el balde lo batía y lo daba vuelta en un colador para pasarlo a otro balde por si caía un pedazo de cáscara o algo", contó el hombre que minuciosamente llevaba adelante una tarea en la que cualquier equivocación le valía empezar de cero. "Caía uno malo y se tiraba todo afuera. Un día tiré un huevo asentado en 800 docenas, al otro día vino la química y me dijo "Carlos salió un huevo feo". Ahí me curé y nunca más me pasó, porque si caía uno feo tenía que lavar todo y empezar de vuelta. Si hacía 20 docenas y era el último que caía tenía que tirar todo".
Trabajaba hasta las diez de la mañana con intervalos de veinte minutos, donde descansaba de un trabajo mecánico que le acalambraba los dedos y que a la larga le acarreó secuelas físicas que aun persisten. "El primer mes cuando empecé, se me había gastado más de media uña de pegarle al fierro con el dedo y hasta me lo fisuré".


¿Al libro Guinnes?
Cuentan que verlo desarrollar su oficio era un verdadero espectáculo y algunos empleados de la fábrica llevaban especialmente a sus mujeres para que presenciaran la rapidez con la que ejecutaba su trabajo. Hasta hubo alguien que le ofreció llamar al libro Guinnes y él, aunque acostumbrado a que lo desafiaran a batir récord, se negó y hoy se arrepiente. Porque quizás hubiese pasado a la historia como el rompe huevos más veloz del mundo. Es que Quinzio hacía un promedio de 3000 docenas por día, 800 por hora y cerca de 9 docenas por minuto.
"Para mí era todo un desafío. Una vez vino un hombre representante de Vizzolini a conocer la fábrica y yo estaba rompiendo y fueron a verme. Preguntó porqué no hablaban al libro Guinnes y yo no quise. Te podés imaginar que 20 docenas me duraban dos minutos y medio en la mano", contó Quinzio en su departamento de Mar del Plata, donde reside desde hace ocho años.

Tentación de desafíos
Un día llegó hasta el lugar un viajante mendocino y le llamó la atención un ruido que se repetía sin cesar dentro de la sala. Entonces le preguntó al capataz ´¿es una maquinita eso, que hace un ratito y para, un ratito y para?´. El empleado le contestó que era el muchacho que estaba rompiendo los huevos. "Se acercó a ver cuantos rompía por minuto y me dice ´qué romperás... 20 huevos por minuto´, yo le contesté que más de 90 y si me apuraba podía llegar un poco más", recordó uno de los tantos retos.
El mendocino puso el cronómetro, pero a los 35 segundos, cuando vio que había roto 50, dio media vuelta y se fue, sin desconcentrar a Quinzio que seguía enfrascado en su tarea controlando hasta dónde podía llegar. "Yo me quedé hasta terminar, quería ver cuantos hacía". Esa vez, como siempre, en un minuto rompió 107.
Su gusto por los desafíos era tal, que sus compañeros lo ponían a prueba y le apagaban la luz de la habitación para ver si podía hacer la misma cantidad en la oscuridad. "Me dejaban veinte docenas preparadas, me apagaban la luz y al oscuro rompía la misma cantidad en el balde que con la luz prendida. Me acuerdo que eran tres minutos y diez segundos 20 docenas de huevos, 240 huevos, 80 por minuto sin apurarme. Me apagaban la luz y lo hacía más ligero", dijo con el orgullo de saber que era todo un profesional.

Ahora, huevo en polvo
Un día el dueño de la fábrica tuvo la intención de comprar en Mar del Plata una máquina automática que rompía 300 docenas de huevo por hora. "Había que poner los huevos, lavarlos, controlarlos para que nada cayera adentro y cuando me preguntaron a mí yo les dije que eso era la mitad de lo que yo hacía por hora".
Los sábados para él eran los días más aburridos. Porque el trabajo se acababa enseguida. "Los fideos del 75 aniversario que se hacían los sábados, laminados, llevaban 680 docenas de huevos. Era el día que no hacía nada".
De tanto romper los huevos se le fisuró la punta del dedo. Y tiempo después le agarró tenocenobitis, una lesión donde los músculos se quedan sin lubricación y se le cortaron ambos bíceps. De ahí en más no pudo romper más huevos y entonces lo reemplazaron por tres personas que no daban abasto para abastecer las máquinas. "De a tres nunca pudieron hacer la cantidad que hacía yo, por eso dejaron de hacerlo en forma manual y empezaron a usar los huevos en polvo".
Hoy Quinzio está radicado en Mar del Plata y es portero de un edificio. Dice que el de ahora es un trabajo demasiado tranquilo, que extraña su oficio anterior y que si pudiera seguiría rompiendo huevos. Aunque su familia asegura que lo sigue haciendo, ya que no puede dejar a un lado sus años de experiencia que le valieron ser "todo un profesional".

Fuente: http://www.elperiodista3a.com.ar/jul05/nota2.htm
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