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Elecciones en Brasil: ¿qué hay en juego para la Argentina?

En el día de mañana se enfrentan la presidente Dilma Rousseff y el candidato socialdemócrata Aécio Neves, quienes representan visiones antagónicas acerca del Estado y las relaciones con el Mercosur. En esta nota, el ex vicecanciller Andrés Cisneros explica los posibles escenarios.



Las elecciones en Brasil pueden aportar algo más que un cambio de nombres en la Presidencia. Sellarán, también, la continuidad de un régimen o la reaparición de otro. ¿De qué regímenes hablamos? La economía convive dialécticamente con la política, por un lado juega el Mercado y por el otro juega el Estado. Y sus partidos suelen ser a cara de perro. Cuando predomina el Mercado, los gobernantes prefieren la inversión a la distribución, el generar riqueza aunque se retrase el reparto equitativo. Es la hora de la acumulación. Al revés, cuando talla fuerte el Estado, se tiende más a distribuir lo almacenado que a aumentar, o siquiera mantener, el ritmo de la producción de riquezas. Es así como funciona el sistema capitalista, por oleadas, por períodos con ondas crecientes y decrecientes, por poco tiempo continuas. Y eso influye en la política.

Los países que consideramos exitosas han conseguido equilibrar razonablemente el pasaje de un régimen al otro, para que la sociedad pueda continuar funcionando sin situaciones traumáticas. Otros, no.
América Latina registra un extenso historial de trepidaciones por falta de ese equilibrio. Muchos de sus países por largo tiempo padecieron –algunos continuamos haciéndolo- transiciones bruscas de un régimen al otro. Como una reedición de la cigarra y las hormigas, algunos gobiernos generan riquezas y otros vienen a distribuirlas, solo que ambos llevan el péndulo al extremo, al final del cual acechan las convulsiones sociales. Con mucha acumulación, crecen los reclamos de los más desprotegidos, hasta desbordar la convivencia. Y con extrema distribución, la economía colapsa y, con ello, también terminamos en crisis de gobernabilidad.

Varios países continuamos padeciendo los efectos negativos de ese péndulo paranoico, donde se cambia de un proceso al otro recién cuando suenan todas las alarmas, a veces recién cuando se agotaron las pilas de todos los timbres.

Desde hace década y media, América del Sur se encuentra dividida entre productivos y distribucionistas. En parte de ella –Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Bolivia, Argentina misma- gobierna el populismo, hoy en grados diversos de agotamiento de divisas acumuladas por administraciones anteriores o de reservas petroleras cuantiosas o un viento de cola sojero, esquema del cual el declinante chavismo aparece como el anticipo de un colapso anunciado.

En los otros –Chile, Uruguay, Colombia, Perú, el propio Brasil- ese péndulo también funciona, solo que allí no permiten que se llegue a los extremos. De hecho, la Concertación chilena mantuvo la filosofía económica de sus predecesores, y Bachelet hereda hoy sin sobresaltos a Piñera. En Uruguay, el tándem Blancos y Colorados tiende a equilibrarse con el Frente Amplio, y en Brasil, la acumulación de los tiempos de Fernando Henrique alimentó la posterior distribución de Lula + Dilma.

En el caso de Brasil la opción entre esas alternativas resalta evidente. Aecio es promesa de cambio, y Dilma de continuidad, de modelos bien distintos entre sí, pero que se ecualizan sabiamnte en el largo plazo.



A diferencia de Cristina Kirchner, Dilma no arriba al final de su mandato con casi todos los indicadores económicos y sociales en rojo y un horizonte que no exhibe posibilidades de perpetuar su poder. A Dilma aún le queda hilo en el carretel, tanto, que quizá resulte elegida. Pero seguramente toma en cuenta los mensajes de una sociedad que, aunque le renueve el mandato, está exigiendo cambios en dirección a un equilibrio mayor, acentuando las inversiones y la generación de riqueza a partir de una dinamización del Mercado en detrimento de la elefantiasis de un Estado que ha generado aciertos, pero ya está gastando demasiado más de lo que invierte, como abiertamente reclamó Aecio en toda su exitosa campana.

Esto le importa a la Argentina, porque Aecio puede ganar o puede perder, pero seguramente saldrá victorioso en haberle instalado al próximo gobierno la demanda social de un cambio importante: "más de lo mismo" ya no es lo que espera la gente. Y aunque ganara Dilma, uno de los cambios que probablemente traten de llevar adelante tiene que ver con el Mercosur, cuyos compromisos asumieron esperanzados cuando Argentina era una locomotora que traccionaba, en vez del actual vagón de cola al que ya se están cansando de arrastrar.

Al respecto, cunde cierto pánico entre nosotros. Es justificado para quienes hace diez años lucran con una economía estancada, con importantes perforaciones de privilegios, reservas de mercado, excepciones y zonas liberadas de competencia para parientes, amigos y favorecedores. Pero mucho menos preocupante para quienes abrigamos una fundada expectativa en que el próximo gobierno se encuentre en condiciones de sentarse con firmeza a negociar con Brasilia una continuidad superadora de la totalidad de esos compromisos hoy en crisis.

Hace años los brasileños definen su relación de la última década con Argentina como una luenga "paciencia estratégica," y cuentan con estadistas perfectamente capaces de entender que no deben tomar decisiones de largo plazo con un gobierno argentino que ya está de salida.

El mundo, como Brasil, también espera nuestro 2016. Otra vez, las soluciones de la Argentina dependen de los argentinos. Podríamos comenzar abandonando el discurso de que la culpa siempre la tienen los de afuera, y todo lo demás podrá venir por añadidura.

El autor fue vicecanciller de la Nación. Su último libro es Apuntes para una política exterior postkirchnerista (Editorial Planeta).
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