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Elige terminar como Alfonsín y no como De la Rúa

Unos cuantos prejuicios acerca del funcionamiento de la economía están en crisis por estos días. Muchos de aquellos en los que creen la presidenta Cristina Kirchner y su ministro Axel Kicillof, por ejemplo. Eso de que con “un poquito de inflación” es más fácil salir de una recesión, por ejemplo. La Argentina tiene una actividad económica en caída libre, mientras el nivel de los precios no deja de ascender como ojalá pudieran hacerlo los cohetes experimentales que pretende usar el Estado para poner satélites en órbita.



También queda más en evidencia que nunca que “un proceso recesivo” no es el medio para controlar la inflación. Una vez más, la economía no para de mostrar retrocesos y, sin embargo, la inflación, la verdadera, no deja de acelerar.

También parece quedar más que claro que es un error o una mentira decir que hace 20 años se podía exportar gas y petróleo porque no había actividad industrial. Las fábricas no dejan de perder mercados y producción, pero el déficit energético no para de crecer. Las explicaciones y, sobre todo, las soluciones a los problemas del país son un poco más complejas que las insostenibles consignas, algunas oficialistas y otras opositoras.

La Argentina, con Cristina Kirchner empecinada en no encontrar una solución próxima a la deuda que según ella estaba resuelta del modo más exitoso de la Historia, está dejando al país sin esperanza alguna de financiamiento externo.

¿Significa eso que el país se encamina a una crisis como la de 2001? El Gobierno dice que no. Y esta vez acierta.
El financiamiento al que está recurriendo es el interno, no por la colocación de bonos domésticos, sino por la emisión enloquecida de moneda. De paso, se cae otro mito: con el gasto público en niveles récord, tampoco se evita la recesión. Hacen falta otras condiciones. La eficiencia sería una, por decir lo menos. El colosal gasto público en trenes y las peores catástrofes ferroviarias en la misma década levantan además razonables sospechas de un nivel inédito de corrupción. Y la presión impositiva récord ahoga a empresas y particulares, pero ni así soluciona el déficit fiscal.

La Argentina parece aproximarse a una crisis más parecida a la de 1989, con recesión e hiperinflación, que a la de 2001, con hiperrecesión y crisis bancaria.

Desde que los Kirchner llegaron al poder, el valor en circulación en billetes y monedas en poder del público y los bancos aumentó casi 1400%. Desde el inicio del año y hasta la semana pasada el incremento fue de 27%.

El Gobierno decidió seguir haciendo crecer el gasto y el déficit. Por lo que el ritmo de emisión deberá continuar. Como el billete más grande cada vez compra menos, cada vez hay que emitir más ejemplares: están a punto de ser uno de cada tres que circulan.

Pero además más de 9 de cada 10 pesos que circulan en billetes están en un billete de $ 100. El total del valor del total de billetes en circulación era al 19 del actual de 297.499 millones de pesos, según el Banco Central. De ellos, 272.940 millones circulan en billetes de $ 100.

El comerciante, la cajera, el taxista, que se quejan de que “no hay plata chica”, tienen razón. Entre los de 100 pesos y los de $ 50 está la suma de casi el 98% de los pesos que circulan en billetes.

Todavía hay que financiar el creciente déficit y el dinero, incluso el que gasta el Estado, compra cada vez menos cosas. Si no aparecen billetes de más denominación, el ritmo de impresión será enloquecido.

La Argentina resistió una recesión desde 1998. El déficit se financió con endeudamiento externo. Los países similares caían como fichas de dominó. La crisis asiática en 1997, la de Rusia en 1998, la de Brasil en 1999.

En 1989, la Argentina tenía que financiar un colosal déficit fiscal sin acceso al mercado externo porque estaba en default. Las cuentas en rojo venían del enorme déficit de las empresas públicas por décadas de desinversión y tarifas políticas ridículamente bajas. La recesión se transformó en estanflación.

Entonces, muchos países similares estaban en condiciones parecidas. Hoy sólo Venezuela y la Argentina construyen meticulosamente su propia ruina.
Entre terminar como De la Rúa, quien no pudo dejar de ser un cadáver político, y hacerlo como Raúl Alfonsín, quien pudo recuperar prestigio e influencia, la Presidenta parece optar por lo segundo.
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